sábado, 7 de marzo de 2020

Infidelidad

CAPÍTULO 11





Tranquilo Jaejoong se dijo a sí mismo en el momento en que se dio cuenta de que se habían ido. La semana había transcurrido con una tensión insoportable. Yunho se comportó de un modo frío y distante, sin preocuparse de ocultar su enfado con Jaejoong, así que, todos suspiraron aliviados cuando se marchó por un par de  días.

Pero no se trataba sólo de eso. Era Semana Santa y los niños estaban de vacaciones, así que pasaban todo el día en casa. Su excitación ante el inminente cambio de casa no ayudaba a que Jaejoong estuviera tranquilo. Muchas veces se entrometían en su trabajo y él no tenía la paciencia suficiente. Acabó por darles algunos cachetes que no merecían.

Estaba cansado de guardar cosas en cajas cuando oyó el teléfono. Profirió un juramento y se dirigió a contestarlo, pero dejó de sonar.

Volvió a su tarea sin dejar de maldecir.

Todavía estaba jurando entre dientes, cuando los mellizos entraron en la habitación.

-Era papá -dijo Hiro con el semblante muy  serio.

No había olvidado la bronca que le echara Jaejoong por tirar su zumo de naranja sobre el suelo de la cocina. Para Hiro había sido una injusticia, porque lo había tirado cuando lo tomó para Leo, de modo que su intención había sido ayudar a su madre, pero Jaejoong vio el pequeño accidente y perdió los nervios.

-Ha dicho que te diga que está volviendo -dijo el pequeño con frialdad- Y que primero irá a la oficina, así que llegará tarde.

«Al cuerno con él», pensó Jaejoong. Que se quedara en su oficina mientras se encargaba de la mudanza. «¿Haciendo el papel de mártir, Jaejoong?», oyó que le decía la voz de Yunho en el interior de su cabeza.

-Le dije que viniera a jugar con nosotros -intervino Jiji.

-Y supongo que él colgó enseguida, muerto de miedo -dijo Jaejoong con sarcasmo.

Los mellizos no fueron ajenos a la crudeza de aquella expresión. Jiji se puso roja de ira.

-¡No, no dijo eso! -exclamó- ¡Dijo que prefería jugar con nosotros a trabajar! ¡Y tú no eres una buena mamá!

Jaejoong vio que a Jiji se le llenaban los ojos de lágrimas antes de salir corriendo de la habitación y bajar las escaleras como un rayo seguida de Hiro.

Suspirando, apoyó una mano sobre su vientre hinchado y la otra en la frente. Reconociendo que, probablemente, merecía las palabras de Jiji, se dirigió al piso de abajo. Los mellizos lo ignoraron, fingiendo estar concentrados en la televisión.

Levantó a Leo del suelo, donde había estado jugando alegremente con su juego de construcción y miró a Hiro y a Jiji, con la esperanza de que le devolvieran la mirada para poder decirles que lo sentía. Pero pensó que, tal vez, aquello aumentaría su irritación y salió del salón con el pequeño.

Una hora más tarde estaba a punto de volverse loco.

Los buscó por todas partes, pero los mellizos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Fue en coche hasta el parque, pensando que podrían estar en los columpios. Fue a la casa de la madre de Yunho, sabiendo que Hyori estaba fuera visitando a unos amigos, pero pensando que los mellizos no lo sabrían y que habrían podido dirigirse allí. Inspeccionó la casa de arriba abajo por dos veces, buscó en el jardín, y llegó a llamar a la nueva casa pensando que podrían haber ido hasta allí de alguna manera. Pero no había sido así. Se disponía a llamar a la policía cuando sonó el  teléfono.

Contestó al instante. Estaba temblando de tal manera que le costaba apoyar el auricular en la oreja.

-¿Señorito Jung?

-Sí -respondió con un susurro.

-Señorito Jung, soy la secretaria de su marido...

Le dio un vuelco el corazón. -¿Está Yunho ahí?  -preguntó.

-No, todavía no ha llegado -respondió la mujer- Pero sus hijos acaban de aparecer preguntando por él y he pensado que...

-¿Están ahí?

-Sí -dijo la secretaria amablemente, dándose cuenta de la preocupación de Jaejoong-. Sí, están aquí.

-¡Oh, Dios mío! -exclamó Jaejoong, tapándose la boca con la mano, conteniendo un torrente de lágrimas- ¿Están bien?

-Sí, están bien.

Jaejoong se sentó en la escalera, invadido por una sensación de alivio. Pero se puso en pie casi al instante. -¿Puede decirles que se queden ahí, por favor?-dijo casi en un susurro- Voy enseguida, voy enseguida...

Colgó el teléfono, profirió una pequeña risa nerviosa y se apresuró a preparar a Leo.

Jaejoong llegó al edificio justo cuando finalizaba la hora de descanso para comer. El moderno vestíbulo estaba repleto de gente que volvía a sus respectivas oficinas.

Tenía las mejillas sonrosadas por el sofoco de la prisa y, en su expresión, se veía que había sufrido un gran disgusto. Iba vestido con un pantalón blanco ajustado, que se ponía para estar en casa, y con una camisa vieja de Yunho. Se detuvo en la entrada y miró con asombro a su alrededor.

No podía ver a los niños. Sintió una punzada en el corazón y avanzó hacia el mostrador de recepción que había al otro lado del amplio vestíbulo, donde una chica coqueteaba con un joven que estaba apoyado en su mesa.

-Perdóneme -dijo Jaejoong sin aliento- Soy Jaejoong Jung. Mis hijos. Yo...

-¡Señorito Jung! -exclamó la chica, poniéndose en pie y observando a Jaejoong como si no pudiera creer lo que veía. Jaejoong no la culpaba, sabía que su aspecto era horrible. Pero no le importaba, lo único que quería era ver a Hiro y a Jiji, necesitaba verlos.

-Mis hijos -repitió- ¿Dónde están? -preguntó sin darse cuenta de que la exclamación de la recepcionista se había oído en todo el vestíbulo y todo el mundo lo estaba mirando.

-Oh, el señor Jung ha llegado hace diez minutos -le dijo la chica- Los ha llevado a su despacho y ha dicho que usted...

-La acompañaré a su despacho, si quiere -dijo el Joven. Jaejoong lo miró distraídamente y asintió.

-Gracias -susurró y lo siguió a los ascensores, demasiado turbado para darse cuenta de las miradas curiosas.

El ascensor los llevó muchos pisos más arriba y los dejó en una planta cuyo suelo estaba cubierto por una gruesa moqueta gris que amortiguaba el sonido de sus pasos. Se acercaron a un par de puertas de color gris mate. Jaejoong aminoró el paso, sintiéndose extraño, débil. El joven golpeó la puerta con los nudillos, esperó unos instantes y abrió. Luego se apartó para dejar paso a Jaejoong.

Jaejoong se detuvo en el umbral y miró a Yunho con cautela. Estaba apoyado en una gran mesa de despacho, con los brazos cruzados. Los niños estaban sentados, muy juntos, en un gran sofá de cuero. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Dejó a Leo en el suelo, tragó saliva y exclamó:

-¡Oh, Hiro, Jiji!

y se desmayó al instante.

Cuando volvió en sí, estaba echado en el sofá y tenía algo frío y húmedo sobre la frente. Cuatro rostros con reconocible parecido entre ellos lo miraban con preocupación. Sonrió débilmente y recibió cuatro sonrisas en respuesta.

Yunho estaba de rodillas a su lado y agarraba a Leo con un brazo. Con una mano, agarraba la de Jaejoong. Hiro y Jiji estaban a su lado, cada uno apoyado en uno de los hombros de su padre. Era una imagen muy dulce y deseó tener papel y lápiz para poder inmortalizarla.

-¿Cómo estás? -le preguntó Yunho.

-Mareado -dijo Jaejoong, luego miró a sus hijos mayores-. Lo siento -dijo con un susurro y recibió dos sollozos como respuesta.

Aquel sollozo expresaba su arrepentimiento, sus disculpas, su amor y su miedo al vero desmayarse. Luego, le contaron su aventura atropelladamente: habían llamado a un taxi, reunido sus ahorros para pagarlo, y habían llegado a la oficina de su padre antes de que él llegara, con la consiguiente preocupación para todos los empleados.

-y metiendo el miedo en el cuerpo a vuestra madre -dijo Yunho, y se quedaron callados.

Dirigió una seria mirada a Jaejoong, que agachó los  ojos.

-Lo planearon todo muy concienzudamente -añadió- Llamaron a la compañía de taxis a la que tú llamas cuando yo estoy de viaje. Dijeron que estabas enfermo y que querías que los llevaran a mi oficina. Incluso le entregaron al taxista una  de mis tarjetas de visita para que todo fuera más creíble.

-Oh, Jiji -dijo Jaejoong, recordando lo importante que se sentía la niña cuando le encargaba que llamara a un taxi para llevarlos al colegio cuando Yunho no estaba.

La pobre niña agachó la cabeza.

-Yo pensé en usar la tarjeta de papá -intervino Hiro, compartiendo valientemente las culpas con su hermana.

Aunque todos sabían que el cerebro de aquella operación había sido la revoltosa Jiji.

-Lo siento -susurró la pequeña, y Jaejoong vio con una punzada en el corazón cómo se limpiaba las lágrimas con su pequeña manita.

El hecho de que no se acercara a su padre para buscar su reconfortante abrazo, le decía a Jaejoong que, antes de su llegada, Yunho los había reprendido severamente por su aventura.

Jaejoong observó a Yunho. Estaba pálido y tenía los labios fruncidos, signo de una rabia contenida. Sostenía a Leo, abrazándolo como si necesitara el calor de su cuerpecito para consolarse de lo que realmente deseaba... abrazar a los mellizos. Se dio cuenta de que Jaejoong lo estaba observando y frunció el  ceño.

-Mi secretaria está haciendo café -dijo- En cuanto venga, le diré que baje con los niños a la cafetería para que coman algo. Tenemos que  hablar.

Aquello sonaba como una amenaza. Jaejoong agachó la vista y se incorporó. En ese momento, llegó una joven de rostro muy agradable con una bandeja  llena.

Sin dejar a Leo, Yunho se levantó y se acercó a ella. Mientras dejaba la bandeja en la mesa, le dijo algo en voz baja y llamó a los mellizos. Los niños le obedecieron con tal presteza que se vieron confirmadas las sospechas de Jaejoong de que les había estado regañando.

Un momento después, Leo reposaba confiadamente en los brazos de la joven, que salió de la habitación dejando paso a los mellizos. Yunho sirvió el café.

No dijo nada hasta que le ofreció una taza a Jaejoong, sentándose a su lado para comprobar que la apuraba hasta el último  sorbo.

-Bueno, ¿qué ha pasado? -le preguntó entonces. Jaejoong reconoció sus  culpas.

-He sido muy impaciente con ellos -admitió-. Más de lo normal. Supongo que se han ofendido, así que se han ido a buscar consuelo a otra parte -dijo y dejó la taza en el suelo. Estaba a punto de llorar otra vez- Pensé que habían ido a casa de tu madre... los he buscado por todas partes... Pero no se me ocurrió que fueran a venir aquí.

-Está bien -dijo Yunho, agarrándole las manos- No te atormentes más. Están bien, ya lo has visto.

Jaejoong asintió, tratando de tranquilizarse. 

-Lo siento -dijo al cabo de un rato.

-¿Por qué?

-Por no ser una buena madre para tus hijos -dijo-. Por... venir aquí.

-Algunas veces, Jaejoong -dijo Yunho, perdiendo la paciencia-, me pregunto qué pasa por esa cabeza tuya.

-¿Les has  pegado?

Yunho frunció el ceño.

-No, me contuve -dijo secamente- ¡Pero los he regañado muy seriamente! Lo que han hecho ha sido estúpido y peligroso, y además, no había razón para hacerlo -dijo sacudiendo la cabeza- Hiro ha encajado bien la bronca, pero Jiji estaba consternada. Creo que nunca le había gritado así.

-Te perdonará -le aseguró Jaejoong. Jiji adoraba a su padre.

-No, si es como su madre, no lo hará -dijo Yunho, y Jaejoong agachó la  mirada.

-No se trata de... perdonar -murmuró- Lo que me pasa es que no puedo olvidar. Has ensombrecido mi mundo, Yunho.

-Lo sé -dijo Yunho, observando con tristeza sus manos entrelazadas- Y el mío también. No es que importe, pero yo me lo merezco, tú no.

-Entonces, ¿por qué lo hiciste?

Yunho suspiró profundamente y soltó la mano de Jaejoong para pasársela por la cabeza.

-Porque él estaba allí -respondió de manera brutal, y frunció el ceño al ver que Jaejoong se sobresaltaba.

-Debes haberle hecho mucho daño.

-¿Sí? -dijo Yunho-. No es como tú, Jaejoong. Los donceles como HyungJoong tienen la piel curtida, no se les hace daño tan fácilmente.

-Y con eso te justificas, ¿no?

-No -dijo Yunho y se apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando al suelo sobriamente- Pero no puedo sentirme culpable por sus sentimientos cuando no ha tenido en cuenta los míos.

Jaejoong frunció el ceño, sin entender a qué se refería. Yunho lo vio y  suspiró.

-Si trato de explicártelo todo, ¿me escucharás? -dijo. ¿Lo escucharía? ¿Quería saberlo todo? ¿Podría aceptar la verdad?  Apartó los ojos de él. Le temblaban los labios y estaba lleno de incertidumbre.

Yunho le agarró la mano y la estrechó.

-Por favor -le pidió de nuevo- Eras y sigues siendo el único doncel al que he amado, Jaejoong. Si no puedes oír nada más, por favor, oye eso, porque es la verdad.

-Entonces, ¿por qué te acostaste con  HyungJoong?

Yunho se irguió y frunció los labios. Retiró la mano y la dejó caer entre sus rodillas.

-Porque, por un corto periodo de tiempo, perdí el control. No sólo con lo que estaba ocurriendo entre tú y yo, sino también aquí, en este despacho. HyungJoong fue una válvula de escape. Así de simple -dijo mirando a Jaejoong con pesadumbre-. Estaba bajo mucha presión y, sinceramente, lo utilicé para librarme de alguna de esa  presión.

¿Y eso qué significaba para él?, se preguntaba Jaejoong, sintiendo que la ira se agitaba en su interior.

-Y ahora, yo tengo que perdonar y olvidar -dijo- Y sentarme a esperar la próxima vez que estés bajo presión y sientas la necesidad de encontrar otra válvula de escape.

-No -dijo Yunho con tranquilidad-, porque no volverá a ocurrir. Jaejoong lo miró con escepticismo.

-No volverá a ocurrir -repitió Yunho-, porque la primera vez no  funcionó.

Observó el rostro de Jaejoong para ver si entendía lo que quería decir. Sonrió al comprobar que no era así.

-Tú y tu eterna inocencia -murmuró secamente. 

-Dejé de ser inocente, Yunho, a los diecisiete años. ¡Tú me quitaste la inocencia!

-Tú me la diste, Jaejoong. Me la diste libremente. 

Jaejoong se sonrojó. Yunho tenía razón. No solamente se la había dado, sino que se la había entregado  alegremente.

-Y, lo creas o no -continuó Yunho-, la acepté cuando no tenía  intención de hacerlo. No... no pienses mal. Te deseaba. ¡Dios mío, siempre te he deseado! Tenía veinticuatro años y cierta experiencia. Sabía que debía apartarme de ti y marcharme antes de que las cosas llegaran a ser demasiado serias. Pero no pude, así que decidí que lleváramos una relación inocente, pero tampoco pude conseguirlo -dijo apretando la mandíbula- Al final, estaba tan obsesionado contigo que mi trabajo se resintió. Y el tuyo también. Tenías sobresaliente en todo hasta que aparecí yo. Pero, en lugar de sumergirte en los estudios, que era lo que debías hacer, empezaste a salir conmigo. Y tus padres hablaron conmigo...

Jaejoong se  quedó muy sorprendido ante aquella noticia. Siempre había pensado que sus padres se habían limitado a saludar a Yunho con una sonrisa cuando iba a recogerlo a casa.

-No querían que saliéramos. Y tenían razón, yo ponía en peligro tus estudios. Y por ti, yo pospuse los grandes planes que tenía para mi futuro.

-¿Esto? -preguntó Jaejoong, refiriéndose al despacho en el que estaban.

-Algo como esto -asintió Yunho.

-Así que al final alcanzaste tu sueño, a pesar de mí -dijo Jaejoong amargamente.

-Pero a expensas del tuyo -dijo Yunho.

-¿Los míos? ¿Cómo sabes cuáles eran mis sueños si nunca te molestaste en preguntar?

-Estudiar Arte primero y luego, ganarte la vida como artista. En publicidad, tal vez, o en diseño. No pensabas en otra cosa.

-¿Ah no? -dijo Jaejoong, burlándose de la excesiva confianza de Yunho-. Eso demuestra lo poco que me conoces.

Un brillo cruzó la mirada de Yunho.

-Entonces, ¿qué querías? -preguntó Yunho con cierta incomodidad, como si no quisiera escuchar la respuesta.

Jaejoong le dirigió una mirada desafiante. «A ti», quería decirle, «todo lo que he querido en la vida eres tú». 

-Digamos que he obtenido lo que merecía -dijo, y se dio cuenta de que a Yunho le dolieron aquellas  palabras.

-Estuve a punto de desaparecer de tu vida hace ocho años, cuando me dijiste que estabas embarazado -dijo Yunho, y Jaejoong cerró los ojos, aceptando que le correspondía a él hacerle daño- Pasé aquella noche aquí, en Seúl, pero lo que no sabes es que tuve varias entrevistas en las que me ofrecieron irme a trabajar al extranjero.

Jaejoong lo había sospechado. Desde que supo su aventura con HyungJoong, sospechó que Yunho se había visto atrapado por su embarazo. Yunho no se habría casado con él, pero no tuvo elección.

-No... -dijo Yunho agarrándole las manos otra vez... estás confundiendo mis razones. ¡No quería dejarte! Pero estaba preparado para salir de tu vida por tu propio bien. Eras demasiado joven como para decidir tu vida tan pronto. Aquellas ofertas de trabajo eran una encrucijada. Acepté una de ellas, porque creía que era lo mejor para los dos. Pero no era una decisión fácil y me sentía muy mal, ensayando un montón de adioses.

Se detuvo, recordando.

-Y allí estabas tú -murmuró--, de pie delante de mí, mirándome con esa... con esa -dijo, cubriendo con una mano los ojos de Jaejoong por un instante- Y allí estaba yo, muriéndome por dentro porque tendría que abandonarte. Y lo que ocurrió a continuación... -dijo tragando saliva- fue que hicimos el amor cuando no debimos hacerlo, porque, ¿cómo le dices al doncel que amas que vas a dejarlo? -dijo, tan perdido en sus propios recuerdos que no se daba cuenta de que Jaejoong estaba pálido y quieto- Entonces, cuando trataba de decirte que me iba, apoyaste la cabeza en mis rodillas y dijiste: «Estoy embarazado, Yunho, ¿qué vamos a  hacer?».

Rió ligeramente, sacudiendo la cabeza.

-Fue como la anulación de una condena a muerte cuando el verdugo está a punto de ponerte la soga al cuello. Me sentí libre, vivo. Tan vivo que lo único que pude hacer fue quedarme allí sentado y dejarme invadir por la alegría. No tenía que dejarte marchar porque me necesitabas. ¡Me necesitabas! Podía dejar de pensar en tus estudios, en lo joven que eras. Y podía hacer lo que más deseaba, que era casarme contigo y cuidarte y guardarte, para que nadie supiera el maravilloso tesoro que tenía.

Respiró profundamente y luego, dejó escapar el aire muy despacio.

-Entonces, nos casamos -continuó con menos emoción-. Y nos vinimos a vivir en aquel piso tan pequeño. No teníamos dinero ni propiedades, pero creo que no he sido más feliz en mi vida. Entonces, llegaron los mellizos y empecé a hacer algo que siempre había pensado, empecé a jugar en la bolsa. Compré acciones, y un día, un paquete me dio un gran resultado. Podía hacer dos cosas: comprar una casa para ti o reinvertirlo todo. Lo invertí todo -confesó--, y me sentí como si hubiera cometido un pecado mortal.

A Jaejoong le habría gustado que, al menos, consultara con él lo que debía hacer. Pero, pensó, tal vez, Yunho no habría llegado a ser el que era si hubiera tenido que consultar a otros cada vez que tomaba una decisión arriesgada.

-Pasé un año sintiéndome culpable cuando se hizo tan difícil vivir en aquel piso con los dos niños. Pero entonces, las acciones empezaron a dar dividendos y alcanzaron un precio tan alto que las vendí para invertir otra vez. Y después de aquello, nunca tuve que mirar atrás. Compramos la casa y fundé mi propia empresa, que ha crecido hasta llegar a convertirse en lo que es hoy. Aunque todo eso, no sin sacrificios. Cuanto más crece la empresa, más tiempo tengo que pasar trabajando. Y la naturaleza de mi negocio supone que tengo que moverme por ciertos círculos sociales para enterarme de lo que pasa en el mundo de los negocios. Pero, cuanto más conozco ese mundo, más decidido estoy a que no te toque ninguna de sus bajezas. Tú has sido el jardín de rosas en medio de la jungla urbana en la que me desenvuelvo. Tú has sido la única constante de mi vida. Siempre que vuelvo a casa, veo al chico de diecisiete años de quien me enamoré y sé que sería capaz de luchar contra el mismo diablo para conservarte así.

De nuevo, respiró profundamente. Miró a Jaejoong con alguna timidez, porque le estaba revelando demasiado del hombre que normalmente guardaba escondido en su interior, el hombre que Jaejoong siempre había querido conocer, pero que nunca parecía estar lo bastante cerca de él.

-Creo que allí arriba, alguien debía pensar que era demasiado  feliz, porque tuviste un embarazo y un parto muy difícil con Leo, y uno de mis últimos negocios se vio metido en un escándalo de fraude, que llevó meses resolver. Pasé más tiempo fuera que en casa, que era donde debía estar, ayudándote. Porque muchas veces eres demasiado terco, Jaejoong. Teníamos más dinero del que podíamos gastar y te negaste a contratar una asistenta.

Jaejoong se irguió.

-Puede que tú no puedas dirigir este lugar tú sólo, pero yo sí puedo ocuparme de una casa y tres niños.

Yunho suspiró.

-Pero todos tenemos un límite de resistencia -señaló-. Tú casi alcanzaste el tuyo cuando nació Leo y nos dio cuatro meses de  tormento.

-Y me enteré de tu aventura con HyungJoong -añadió Jaejoong con frialdad. Pero Yunho negó con la cabeza.

-No. Ése fue el resultado de sobrepasar mi límite de resistencia, Jaejoong. Casi lo pierdo todo en la compra más difícil en la que he estado metido. TVXQ’S, un grupo de empresas más grande que el mío, decidió que quería quitarme de la circulación y me atacó con todas sus armas. Incluida una acusación de fraude.

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