sábado, 7 de marzo de 2020

Infidelidad

CAPÍTULO 9




Jaejoong seguía mirando fijamente el teléfono cuando Yunho llegó unos minutos más tarde. Él lo vio nada más entrar y se detuvo al instante. 

-¿Qué ocurre? -le preguntó con impaciencia, dándose cuenta de que Jaejoong sufría una especie de conmoción.

Jaejoong se llevó la mano a la mejilla. La tenía helada. -HyungJoong acaba de llamar -le dijo-. Quiere que lo llames.

Sin dejar de mirar a Yunho, se preguntó si se desmayaría o se echaría a llorar. Yunho se sonrojó y dio un suspiro. Pocas veces había visto Jaejoong tanta emoción en sus ojos.

Yunho dejó caer la cartera y suspiró con los dientes apretados.

Luego se acercó a un paralizado Jaejoong, lo apartó de su camino y se dirigió a su estudio. Entró y cerró la puerta. Jaejoong se quedó mirándolo, haciéndose preguntas acerca de lo que acababa de ocurrir entre ellos, además del holocausto que tenía lugar en su interior.

¿Yunho reaccionaba así ante la simple mención del nombre de HyungJoong? Jaejoong contuvo un sollozo, negándose a dejarse llevar por lo que ocurría en su interior.

¡Al saber que HyungJoong acababa de llamar, Yunho había corrido al teléfono como un poseso!

Estaba con Leo en el salón cuando Yunho entró buscándolo. Estaba pálido, y, aunque de sus rasgos había desaparecido todo rastro de emoción, podía ver huellas de la conmoción que sentía en sus ojos. Jiji corrío hacia él para abrazarlo, como de costumbre, pero sólo recibió una caricia en el pelo. Hiro estaba viendo la televisión y Leo estaba cansado, así que se limitó a dirigir una mirada a su padre antes de volver a sumergirse en el cálido abrazo de su madre.

Yunho miraba fijamente a Jaejoong.

-Lo siento -dijo con voz grave- Le dije que no llamara aquí nunca.

-No importa.

-¡Claro que importa! -exclamó Yunho violentamente. Los niños se dieron la vuelta para mirarlo. Se pasó la mano por el pelo, tratando de tranquilizarse. -Hiro... Jiji. Quedaos con Leo un momento mientras yo hablo con mamá.

Sin dar lugar a una respuesta, levantó a Leo y lo dejó sobre la moqueta, entre las piernas de Hiro. Luego dirigió a sus tres sorprendidos hijos una mirada tranquilizadora.

Se dio la vuelta y agarró a Jaejoong de la mano. Al llegar a su estudio, lo  soltó.

-Le dije que no debía llamar aquí -repitió- ¡Le dije que si era muy urgente, le dijera a la señora de la limpieza que me llamara en su lugar! ¡Pero que él no llamara nunca!

-Ya te he dicho que no importa.

-¡Pero sí importa! -estalló Yunho ferozmente- ¡Te ha hecho sufrir, y no quiero que eso ocurra! -Entonces, lo que tenías que haber hecho… -Jaejoong se interrumpió porque no quería insultarlo y, encogiéndose de hombros, se acercó a su mesa. -¿Cómo es que sigue trabajando para ti? -le preguntó entre dientes- Si decías que todo había terminado.

-No trabaja para mi -dijo Yunho-. Trabaja para mi bufete de abogados. Hace meses que le pasé todos mis asuntos a uno de sus  compañeros.

Jaejoong no lo creía. Tenía grabada la expresión de su cara cuando le dijo que  HyungJoong acababa de llamar. Todavía recordaba cómo la había apartado para correr a llamarlo.

-Entonces, ¿por qué te ha llamado?

Yunho suspiró. Jaejoong estaba seguro de que trataba de controlar las emociones que le había provocado la llamada de HyungJoong.

-Era el único que estaba en la oficina cuando llegó una información  muy importante por fax -le explicó Yunho-. Lo bastante importante como para que yo lo supiera inmediatamente. Y no había nadie más en el  bufete.

-Ah -exclamó Jaejoong, que no podía pensar en algo más que decir- Bueno, pues asegúrate de que no vuelva a llamar -añadió fríamente, para acabar con el asunto.

Pero el incómodo silencio que se hizo a continuación, le decía que aún no había concluido.

-El caso es que -dijo Yunho con prudencia:- tengo que marcharme. Ha surgido un problema legal con el negocio de Taiwán y tengo que volver a la oficina para solucionarlo personalmente.

La compra de TVXQ’S y el negocio de Taiwán, ¿dónde estaba la  diferencia?

-Claro que sí. Tú tienes que irte -dijo con tal acidez que fue como una bofetada en la cara-, y yo tengo que meter a los niños en la cama.

Lo empujó con la intención de abandonar el estudio. Pero Yunho lo  detuvo.

-No -exclamó-. Voy a mi oficina, no a la de HyungJoong. No voy a verlo. No quiero verlo. Estaré en la otro País,  ¿lo entiendes?

¿Entender? Sí, por supuesto, Jaejoong lo entendía todo.

Le estaba pidiendo que confiara en él. Pero no podía. Tal vez nunca volviera a confiar en él.

-Tengo que acostar a Leo -murmuró y le empujó para salir de la habitación. Aquello ocurrió un viernes. Al lunes siguiente, Yunho se marchó a Taiwán para atar los cabos sueltos del contrato antes de las vacaciones de Navidad. Y después de un horrible fin de semana, durante el cual los dos se comportaron con exquisita cortesía, Jaejoong sintió alivio al verlo partir.

Pero hicieron el amor el domingo por la noche. Y, en medio de sus desesperados intentos por conseguir algún nivel de mutua satisfacción, Yunho rompió una de las estrictas reglas que se habían instituido entre ellos y le habló. Le pidió que le perdonara. Jaejoong le dijo que se callara, para no estropear más las cosas. Yunho se mordió la lengua, pero, cuando lo penetró, lo hizo con una ansiedad tal que rayaba en el tormento. Al terminar se separó de él y hundió el rostro en la almohada. Jaejoong sintió entonces la desesperada necesidad de consolarlo, pero no pudo, porque habría sido concederle algo demasiado importante.

El problema era que ya no sabía qué era aquello tan importante, porque había empezado a perder la noción de las causas que los  separaban.

«HyungJoong», recordó, «HyungJoong».

Pero incluso aquel nombre empezaba a perder el poder de hacerle tanto daño como antes.

Los días siguientes, Jaejoong se sumergió en los apresurados preparativos de las fiestas de Navidad. Ignoró las frecuentes molestias de su estómago y se dispuso a limpiar y reordenar las habitaciones. La noche que volvía Yunho, consideró seriamente si no sería mejor meterse en la cama y descansar.

Estaban todos en el salón, tratando de poner en pie el enorme árbol de Navidad que acababan de traer, cuando se abrió la puerta y entró Yunho. Una sonrisa suavizó sus duros rasgos al ver los esfuerzos de su doncel y sus hijos para sostener el  árbol.

-Veo que para algunas pequeñas tareas todavía hago falta -dijo en broma, atrayendo la atención de sus hijos.

Los niños abandonaron a Jaejoong y corrieron hacia Yunho. Él, fingiendo terror, cayó en la moqueta mientras Jiji y Hiro se abalanzaban sobre él gritando y riendo. El tercer miembro del trío gateó como pudo hasta alcanzar los pies de su padre.

Jaejoong observó la escena embobado, mientras las agujas del pino se le clavaban en la palma de las manos.

Fue en aquel preciso instante, al sentir una sensación de dulzura y afecto que jamás había experimentado, cuando se dio cuenta del valor que tenía su vida.

Amaba a su familia. Amaba el amor de su  familia.

Un amor sencillo que extendía sus lazos de unos a otros y que los unía hasta tal punto que, cuando un eslabón se rompía amenazando con romper la cadena, los demás volvían a unirse para formarlo otra vez.

El Yunho de aquella escena era el viejo Yunho. No el que estaba tan cansado que no tenía tiempo de echarse en el suelo para jugar con sus hijos, para disfrutar  de ellos.

Leo estaba sentado sobre él, golpeándole el pecho con los puños.

-Me rindo, me rindo -decía Yunho, mientras Hiro le sujetaba por los brazos para que Jiji pudiera hacerle cosquillas sin piedad. Los dos niños sabían que Yunho no podía hacer ningún movimiento para salvarse mientras tenía a Leo sentado sobre él- ¡Ayúdame, Jaejoong! ¡Necesito ayuda!

Jaejoong soltó el árbol, asegurándose de que no caería sobre ellos antes de ir a agarrar a Leo con un brazo y atacar a Jiji con sus propias armas, dejando que Yunho se las entendiera con Hiro. Al cabo de unos segundos, el padre había doblado el brazo de su hijo mayor sobre su espalda y no dejaba de darle besos.

-¡Puaj! -protestaba Hiro, pero, en realidad, disfrutando y riéndose como un loco.

No hay muchas formas de darle a un niño de seis años los besos que necesita, pero que no se deja dar. Yunho estaba empleando el mejor truco, porque se los daba jugando. Cuando dejó al niño en el suelo, estaba loco de felicidad, aunque sin dejar de hacer gestos de asco. Luego se moría de risa cuando su padre persiguió a Jiji, que no paraba de chillar, pero que, en realidad, estaba deseando que Yunho la abrazara y la cubriera de besos.

Leo observaba con una sonrisa de felicidad y Jaejoong se abrazó a él. El cálido cuerpo de su hijo lo reconfortó, aunque en realidad, lo que más deseaba era esperar a que le llegara el turno de que Yunho lo persiguiera también a él, como había hecho en  el pasado.

Que Yunho estaba pensando lo mismo quedó claro cuando dejó a Jiji en el suelo y miró a Jaejoong con incertidumbre. Él sintió una repentina timidez y le ofreció a Leo, agachando la mirada mientras Yunho se tumbaba en el suelo jugando con su hijo pequeño.

Precisamente en aquel instante, el árbol de Navidad comenzó a inclinarse. Jaejoong  lo atrapó a tiempo, pero se le echó encima. Otra mano, más grande y fuerte que la suya apareció de repente para sostener el árbol, volviendo a ponerlo recto con gran facilidad.

-Te ha arañado en la cara -dijo Yunho, tomándolo entre sus brazos y besándolo en la comisura de los labios y acariciándolo con la lengua- Hola -murmuró suavemente.

Jaejoong se sonrojó.

-Hola -respondió con voz grave.

Yunho lo besó de nuevo, con intensidad, ternura e intimidad. Fue un beso cálido y lleno de vida. Jaejoong cerró los ojos y se abandonó al abrazo de aquel cuerpo que conocía tan bien.

El sonido del timbre de la puerta los separó. Sus hijos se apresuraron a abrir, porque a aquella hora esperaban a Hyori.

-Tu madre va a llevarlos a oír villancicos -dijo  Jaejoong.

-¿Sí? -replicó Yunho distraídamente, sin dejar de mirar a Jaejoong intensamente- Mejor -añadió con un murmullo y lo besó de nuevo, suavemente. No se separó de él ni cuando su madre entró en la habitación.

Jaejoong ni siquiera la oyó. El amor que creía perdido para siempre palpitaba en el fondo de su ser, alimentando una deliciosa calidez en cada rincón de su cuerpo. Con un suspiro, que fue como el suave murmullo de una brisa, le acarició los brazos y enterró los dedos en sus cabellos.

Estaban sin respiración cuando se separaron. Yunho se volvió para saludar a su madre con una sonrisa. Hyori sonreía nerviosamente, pero la expresión de esperanza escrita en sus ojos, era inequívoca.

Al poner los anoraks a los niños, mientras Yunho estaba fijando la posición del árbol, Jaejoong recordó los cambios que había hecho en el piso de arriba. Se mordió el labio preguntándose cómo se lo diría, y pospuso el momento hasta que no tuviera más remedio.

Se despidieron de los niños y de su abuela desde la puerta. Yunho lo agarraba por la cintura mientras Hyori salía por la puerta del jardín empujando el cochecito de Leo y con los mellizos correteando a su lado y sin parar de hablar.

Yunho cerró la puerta. Después del alboroto anterior, el silencio parecía muy extraño.

-Ven conmigo mientras me cambio -dijo Yunho, ofreciéndole la mano a Jaejoong.

Jaejoong la agarró dócilmente y se dejó llevar escaleras arriba hasta su dormitorio. Allí, Yunho se separó de él con un suspiro y comenzó a desanudarse la corbata.

Jaejoong lo miraba desde el umbral de la puerta, retorciéndose las manos nerviosamente. 

-Yunho...

Él, que no lo oía, se dirigió al baño.

-Pero qué... -dijo saliendo disparado y mirándolo con asombro.

-Tenía que poner a mis padres en alguna parte -dijo Jaejoong, poniéndose a la defensiva-, y ésta era la única solución -dijo señalando la cama.

Había quitado del baño todos sus objetos personales y vaciado uno de  los armarios y había puesto su ropa con la de Yunho. Casi no había cabido, la había metido con tanta presión que tendría que plancharla otra vez antes de ponérsela, pero...

-¿Y dónde vamos a dormir tú y yo?

Jaejoong señaló las otras habitaciones con un gesto vago.

-He comprado dos camas. Una la he puesto en la habitación de Hiro y otra en la de Jiji. Tu madre puede dormir con Jiji.

La madre de Yunho siempre se quedaba a dormir con ellos la Nochebuena porque le gustaba ver a sus nietos abriendo los regalos el día de Navidad.

-Yo dormiré con Leo y tú con Hiro. Sólo son dos noches, Yunho -dijo apelando a su comprensión cuando lo vio a punto de explotar- Sabes que no podemos poner juntos a los mellizos o no se dormirán nunca. Están muy excitados y...

-¡Maldita sea! -exclamó Yunho-. ¿Qué te ocurre, Jaejoong? ¿Por qué tengo que dejarle mi cama a tus padres? ¿Por qué no pueden dormir en otra cama? ¿O haces esto porque quieres seguir vengándote de mí? Porque, si es eso, te aviso: creo que ya he sufrido bastante.

Jaejoong se indignó ante tal injusticia.

-¿Desde cuándo han sido mis padres un problema para ti? ¡Sólo vienen una vez al año! ¡Ten algo de consideración con ellos, por amor del Cielo! Saldrán para acá en cuanto cierren la tienda y harán el camino de un tirón. Empiezan a ser mayores, y no creo que sea muy cómodo para ellos dormir con los niños.

-¡No puedo creer que estés haciendo esto! -exclamó Yunho, demasiado enfadado como para atender a razones-. Vuelvo a casa después de una semana entera en Taiwán... ¡En Taiwán, por Dios Santo! -dijo como si se tratara del fin de la Tierra-. Buscando un poco de tranquilidad en mi propia casa. ¡En mi propia casa! Y me encuentro con que me ha echado de mi habitación mi propio doncel, un doncel vengativo que no encuentra bastantes maneras de... ¡No pasaría nada...! -continuó observando a un pálido Jaejoong-. No pasaría nada si la maldita casa fuera lo bastante grande para perderme en ella si me daba la gana. Pero como tú te negaste a mudarnos a una más grande, yo tengo que pagar las consecuencias. ¡Yo! Un maldito millonario viviendo en una casita de juguete con tres mocosos que no paran de hacer ruido y un doncel que...

Se interrumpió dirigiendo a Jaejoong, que estaba completamente pálido, una mirada furiosa.

-¡Maldita sea! -exclamó-. ¡Maldita sea! ¡Maldita  sea!

-¿Por qué no te vas a casa de HyungJoong? -le sugirió Jaejoong con voz temblorosa- ¡Puede que él te trate mejor!

Giró sobre sus talones y salió del dormitorio antes que Yunho pudiera decir algo más. ¿Creía que era vengativo? ¿Qué vivía en una casa de juguete? ¡Y a los niños! ¡Había llamado mocosos a sus hijos!

Recogió los platos donde habían cenado los niños y se dispuso a lavarlos. Podría haberlos metido en el lavavajillas, pero aquella actividad le daba la oportunidad de descargar su rabia.

Yunho apareció a sus espaldas y lo apretó contra el  fregadero.

-Lo siento -dijo besándolo en la nuca- No quería decir eso.

Jaejoong suspiró, restregando un plato de tal modo que el dibujo corría el riesgo de desgastarse.

-Entonces ¿por qué lo has dicho?

-Porque... -dijo Yunho, pero se interrumpió para seguir besando a Jaejoong en el cuello. -¿Porque qué? -insistió Jaejoong.

-Porque estaba decepcionado -dijo Yunho-. Porque he pasado toda la semana sin pensar en otra cosa que en esa maldita cama. Porque me sentía culpable por haber olvidado el problema de tus padres. Porque -dijo y se detuvo para dar un suspiro-, no quiero dormir con Hiro. Quiero dormir contigo. Quiero despertarme la mañana de Navidad y ver tu cara sobre la almohada. Porque... maldita sea, hay un millón de porqués. Pero todos desembocan en una sola causa. Me he puesto así porque me has quitado el único sitio donde me siento cerca de ti. Necesito esa cama, Jaejoong, la necesito.

Con un repentino sollozo, Jaejoong dejó caer el plato que estaba fregando y se dio la vuelta para apoyarse en el pecho de  Yunho.

-Oh, Yunho –susurró-. Estoy tan triste.

-Lo sé -dijo Yunho con un suspiro abrazándolo y acariciando su espalda. Apoyó su cabeza en la de Jaejoong y, una vez más, su cuerpo se convirtió en su refugio.

Finalmente, Jaejoong consiguió calmarse y Yunho lo agarró por la barbilla para examinar su rostro. Él lo dejó, tan silencioso y petulante como Jiji.

-Mi madre me va a matar si te ve así -dijo Yunho sonriendo- una mirada y me acusará sin escucharme.

Jaejoong, a su pesar, le devolvió la sonrisa. Pero Yunho tenía razón. Hyori siempre  se ponía de su lado cuando discutían, tuviera razón o no.

-¿Me perdonas? -le preguntó Yunho, apartándole el pelo de la cara- Vamos a firmar una tregua, Jaejoong. Vamos a ser felices estas Navidades. Incluso cederé nuestra maldita cama si eso te hace feliz.

-¿Quién ha dicho que me haga feliz? -objetó Jaejoong, metiendo las manos en el pantalón de Yunho para buscar un pañuelo. Rozó con los dedos sus genitales y Yunho dio un respingo.

-No me provoques, pequeño -lo acusó Yunho asombrado, porque sabía cuál era su intención. Y sonrió al comprobar que allí estaba el viejo Jaejoong, el que pensó que había perdido para siempre- Vamos a firmar una tregua, Jaejoong -le rogó con voz ronca- Por favor.

-¡Has llamado mocosos a los niños!

-¿He  dicho eso?  -dijo Yunho,  y parecía sinceramente sorprendido.  

-¡Y mucho más!

-Me pregunto por qué no me has tirado nada -murmuró Yunho-. ¿Me perdonas? Jaejoong consideró la propuesta, complacido por el modo en que Yunho le acariciaba el cuello y las mejillas. -¿De verdad eres millonario? -le  preguntó.

-¿También he dicho eso? Debo haberme vuelto loco.

-¿Lo eres? -insistió Jaejoong.

-Si te digo que sí, ¿voy a ganar un poco más de respeto en esta casa? -dijo Yunho con una sonrisa. 

-Tal vez. 

-Entonces, sí. Tienes a un millonario delante de ti. Tal vez a un multimillonario, añadiré, sólo para conseguir un poco más de respetabilidad, ya sabes -dijo con buen humor.

Jaejoong se sintió dolido porque sabía que le estaba diciendo la verdad. Yunho era un hombre muy rico y él ni siquiera lo había sabido. Para él no era más que Yunho, el hombre al que llevaba amando toda su vida.

-¿Una tregua? -le preguntó Yunho, rozando su boca con los labios.

-Sí -murmuró Jaejoong y cerró los ojos.

-¿Por mis millones?

-Por supuesto -dijo Jaejoong sonriendo-. ¿Por qué otra cosa iba a ceder?

Yunho se rió, porque, si conocía en algo a Jaejoong, sabía que no era interesado. Lo besó en la frente y se dio la vuelta agarrándolo de la mano.

-Entonces, ven y charla conmigo mientras me cambio -le  dijo.

La habitación estaba bañada, como de costumbre por una tenue luz anaranjada.

-Esta noche, por supuesto, podemos dormir en nuestra cama -comentó Jaejoong distraídamente, y recibió una palmadita en las nalgas.

Entraron en el cuarto de baño riendo.

Fueron unas Navidades felices, tranquilas, alegres, pero terminaron enseguida. Llegó el momento en que Jaejoong tuvo que decidir si iba a volver a las clases de Yoochun. Yunho no hizo ningún comentario, pero Jaejoong no tuvo la menor duda de su opinión al ver su cara cuando lo sorprendió con su bloc de dibujo. Además, él se negó a comentárselo porque quería que fuera una decisión exclusivamente  suya.

Muy lentamente, volvieron a ser dos extraños que vivían bajo el mismo techo. Jaejoong pensaba que el noventa por ciento de la culpa la tenía el hecho de que no había conseguido una relación satisfactoria en la cama. Yunho era un hombre muy sensual y su propia y continua incapacidad para entregarse por completo debía desafiar su virilidad. Odiaba las restricciones que imponía: la oscuridad, el silencio, su reticencia a dejarse llevar por sus sensaciones. Jaejoong temía que, si no podía solucionarlo, una vez más, él se fuera en busca de la satisfacción a alguna otra parte.

¿Lo abandonaría alguna vez aquel miedo? Se  preguntó una mañana, después de una noche especialmente desastrosa.

Yunho había sufrido tanto como él después de su aventura con HyungJoong, pero saber que podía volver a caer en la tentación cuando la presión fuera demasiado fuerte, acababa con la confianza que Jaejoong necesitaba para volver  a sentirse seguro con él.

Jaejoong era presa de una terrible inseguridad, una inseguridad que lo mantenía continuamente irritado. Volvió a tener dolores de estómago, unos dolores que ya duraban meses.

Y, cuando pensaba en aquellos meses, se le helaba la sangre en las venas.

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