sábado, 7 de marzo de 2020

Infidelidad

CAPÍTULO 12




La compra de TVXQ’S.

Jaejoong siempre había pensado que había sido Yunho el que proponía comprar aquella empresa, y no al revés.

Yunho asintió, sin saber que Jaejoong estaba asombrado con la nueva visión de los hechos.

-Fue amarga y muy dura -dijo- Y tuve que asumir riesgos que me hacen temblar cuando pienso en ellos, ahora que terminó todo hace tiempo. En otros periodos difíciles, siempre te tuve a ti para encontrar alivio, pero estabas ocupado con Leo y con el sarampión de los mellizos. Sé que suena muy egoísta, pero los envidiaba porque ellos obtenían tus cuidados y yo no. ¡Te necesitaba, Jaejoong, pero no podías ayudarme! Y, que Dios me perdone, HyungJoong sí podía -dijo y suspiró con angustia- Con la brillante ayuda de HyungJoong, gané la batalla de TVXQ’S. Pero sabe Dios por qué razón, me sentí tan aliviado que perdí el control y caí en sus brazos.

-¿Cuánto tiempo?

Yunho lo miró con asombro. -¿Cuánto tiempo  qué?

-¿Cuánto tiempo fuisteis amantes?

Yunho sacudió la cabeza con una extraña expresión. 

-Nunca lo fue, al menos, no en el sentido en que tú lo dices. He intentado decírtelo alguna vez, pero te negabas a escucharme... Dios sabe que no te culpo. Al fin y al cabo, te he sido infiel en todo menos en hacer el amor. Salía con HyungJoong en lugar de volver a casa. Lo invitaba a cenar, a bailar...

-Boa me dijo que te había visto saliendo de su apartamento -dijo  Jaejoong con voz grave.

Yunho asintió.

-Después de la batalla con TVXQ’S me volví un poco loco -dijo sin poder ocultar cierto desprecio por sí mismo- Me quedé sentado aquí bebiendo hasta que no pude volver a casa conduciendo. HyungJoong me recogió y me llevó a su apartamento hasta que estuve sobrio. ¡Oh! -añadió con una sonrisa cínica-, no me entiendas mal. Él sabía lo que estaba haciendo y yo sabía lo que se proponía, pero... no pude. No eras tú y, borracho o no, la idea de acariciarlo me ponía enfermo. Debió darse cuenta, porque salió de la habitación. Yo me quedé dormido y no me desperté hasta la mañana siguiente. No tengo ni idea de dónde durmió él aquella noche, pero entró en la habitación mientras yo trataba de recordar lo que había ocurrido, horrorizado por mi comportamiento incluso antes de que me dijera que no me había portado mal para haber bebido tanto.

Se detuvo para tragar saliva y Jaejoong se puso muy pálido.

-Dejó que me atormentara durante meses antes de decirme la verdad. Fue su forma de vengarse de mí por quitarle la representación de mi empresa y dársela a uno de sus socios. La noche que habló contigo no fue más que un intento de vengarse de mí. Cuando lo llamé, le dije que iba a retirar mis negocios de su esfera. Estoy hablando de mucho dinero, Jaejoong, de una cuenta muy lucrativa. Que la firma perdiera la representación de mis negocios completamente no iba a sentar muy bien a sus socios, que le temen, sobre todo, porque se puede ir de la lengua. Los insultos que cruzamos son tan viles que no quiero repetirlos, pero me dijo que no lo había tocado nunca, lo que me hizo sentirme mucho mejor. Me dijo las peores cosas que se le pueden decir a un hombre, pero a mí me sonaron a música celestial, porque me di cuenta de que estaba diciendo la verdad cuando decía que no lo había tocado.

-Y esa es la verdad desnuda... -dijo mirando a Jaejoong a los ojos- Espero que la creas, pero no te culparé si no quieres hacerlo.

Jaejoong agachó la cabeza, mirándose las manos que tenia apoyadas  sobre el regazo. Quería creerlo, necesitaba creerlo, pero...

-Puedes quedarte con todo mi dinero y todo mi poder -dijo Yunho con voz grave-, a cambio de tu perdón.

-Ya tienes mi perdón -le dijo Jaejoong con irritación, pero las dudas no lo abandonaban.

-Entonces ¿qué más quieres que diga? -dijo Yunho con frustración- ¡No puedo obligarte a que lo olvides! ¡Sólo tú puedes hacerlo!

Jaejoong perdió la paciencia y se levantó. Le ponía furioso que Yunho descargara en él los problemas de su matrimonio. Había revelado mucho de sí mismo, pero aquel  hecho no lo ayudaba.

Tal vez aquel fuera su problema. Él, como Yunho, siempre había ocultado una parte de sí mismo. Sus sueños, tal como él los había llamado. Pero, ¿cómo iba él a saber que su sueño era ser su esposo y la madre de sus hijos, si él no se lo había dicho  nunca?

¿Podría decírselo en aquellos momentos? Con toda la tristeza y el dolor que había llevado a sus espaldas en los últimos meses, ¿podría ser tan sincero con como él lo había sido? ¿Podría serlo con el fin de salvar su matrimonio?

El silencio era espeso. Entonces, al verlos colgados sobre la pared, detrás de donde Yunho se encontraba, le dio un vuelco el corazón...

Hiro, Jiji, Leo y él. Sus propios dibujos enmarcados y colgados en el despacho de Yunho.

-Los robé -dijo poniéndose en pie mientras Jaejoong se acercaba a ellos.

-Quería verlos cada vez que lo necesitaba... ¿Te molesta?

Jaejoong se sorprendió de no haberlos echado de menos. Entonces, recordó el desorden que reinaba en su casa con los preparativos de la mudanza y sonrió.

-Has quitado las rayas -advirtió observando su retrato y sintiéndose un poco expuesto por lo mucho que revelaba de sí mismo- Yo no soy así -dijo a pesar de lo que sus ojos le decían.

-Sí lo eres -dijo Yunho con un orgullo que no le pasó desapercibido a Jaejoong-. Es una galería familiar. 

-Pero faltas tú.

-Sí -dijo Yunho, y la sonrisa desapareció de su semblante-. ¿Por qué Jaejoong? ¿Por qué no había un retrato mío en ninguno de tus cuadernos?

¿Los había hojeado todos? Vaciló un momento y luego, le dijo la verdad, era la hora de la verdad.

-Todos me quieren -le dijo mirando los retratos de sus tres hijos- Yo creía que tú ya no me querías. Traté de dibujarte -añadió-, pero no lograba recordar tus rasgos, así que lo dejé.

-¿Los ha visto Park?

-¿Qué? -la hosquedad de su voz lo sorprendió y tuvo que pensar por un momento antes de recordar quién era Park-. ¡Oh!, no. Nadie los había visto. 

-¿Fue muy serio lo que ocurrió entre vosotros?

-En absoluto.

-Lo besaste. Os vi.

-¿Un beso apresurado en un coche? -dijo Jaejoong burlándose de los celos de Yunho-. No fue nada, nada en absoluto.

Pero Yunho no se convenció y lo agarró por los hombros. Jaejoong suspiró. Yunho lo había hecho de nuevo, había descargado las culpas sobre él de modo que tenía que defenderse de algo que ni siquiera había hecho. Sonrió al pensar en lo absurdo que era todo.

-Vuelves a parecerte a ese diablo -dijo-. Ya sabes, el que se ducha con fuego.

-Voy a besarte -gruñó Yunho.

-¿Qué? ¿Aquí en tu despacho? Te equivocas de escenario, cariño, yo pertenezco a tu otro mundo, ¿recuerdas?

Yunho lo besó apasionadamente, hasta que Jaejoong se rindió entre sus brazos. Lo besó hasta que él le echó los brazos al cuello y le acarició la nuca, hasta que sus lenguas se entrelazaron. Los pezones de Jaejoong se erizaron, al tiempo que sentía la urgencia del deseo de Yunho contra el vientre.

-Te quiero, Jaejoong -susurró Yunho.

-Lo sé -dijo Jaejoong besándole suavemente en el cuello-. Creo que puedo creerte otra vez.

Yunho suspiró con alivió y volvió a besarlo, esta vez  dulcemente.

Uno de los teléfonos empezó a sonar. Yunho lo miró con un brillo de ira en la mirada. Luego agarró a Jaejoong y lo llevó hasta su mesa.

-No te muevas -dijo separándose un poco de él para alcanzar el teléfono.

Fue increíble cómo pasó de ser un amante apasionado a ser un frío hombre de negocios, pensó Jaejoong mientras miraba a Yunho aunque sin oír nada de lo que decía. Parecía más delgado, con los rasgos más duros, como si se hubieran alterado para corresponderse con el hombre que era en aquellos momentos. Su mirada era fría, a pesar de que no dejaba de mirarlo, y tenía los labios apretados, perdiendo toda la sensualidad que tenían al besarlo.

Jaejoong sonrió y Yunho frunció el ceño al verlo, sin distraer la atención de la conversación que estaba manteniendo. Un diablillo en el interior de Jaejoong hizo que le dieran ganas de hacer cosquillas sobre la armadura de aquel magnate de las finanzas y  le acarició un muslo.

Yunho casi se atragantó. Agarró la mano de Jaejoong para detenerlo, un brillo cruzó por sus ojos y le tembló la voz. Jaejoong se rió.

-Te llamaré más tarde -gruñó Yunho y colgó--... ¡Era un cliente muy importante! ¡Lo has hecho a propósito! -lo acusó atrayéndolo hacia  sí.

-Te quiero, Yunho -le dijo suavemente.

Yunho se puso pálido y tragó saliva. 

-Dilo otra vez.

Jaejoong lo besó en la boca con ternura.

-Te quiero -repitió, dándose cuenta de lo fácil que le resultaba decirlo después de haberlo dicho una vez.

Yunho respiró profundamente, casi como si estuviera oliendo el aroma de aquellas palabras.

-Echaba de menos que me lo dijeras -dijo, y volvió a respirar profundamente- He echado de menos la luz de tu cara cuando me lo dices -dijo acariciándole la mejilla.

-Te quise cuando era un niño de diecisiete años -le dijo Jaejoong con dulzura- Y, desde entonces, nunca he dejado de amarte. Sólo que, a veces, me olvidaba.

-Y ocultaste tus sentimientos, convirtiendo las noches en un infierno -dijo Yunho con un profundo suspiro- Todas esas noches silenciosas y oscuras. Eran como  un castigo.

-Vámonos a casa -murmuró Jaejoong que deseaba abrazarlo desnudo en la luz de su dormitorio- ¿No nos podemos ir?

-¡Claro que podemos! -dijo Yunho levantándose de la mesa- Soy el jefe, esto es mío.

-Mmm, ya me había olvidado de que eres multimillonario -dijo Jaejoong, mirándolo reflexivamente- Eso significa que, si nos divorciamos, la mitad de tus propiedades son mías. Me pregunto si merecerá la pena...

Yunho lo agarró por los hombros y lo condujo hacia la puerta.

-Vámonos a casa. A la nueva. Le dejaremos los niños al ama de llaves e inauguraremos una de las habitaciones, así podré enseñarte la más valiosa de mis propiedades.

-Parece interesante -musitó Jaejoong.

-Será algo más que eso.

-Estoy en una condición muy delicada, ya lo sabes.

-Lo que no ha supuesto ningún problema hasta ahora. De hecho, te recuerdo que sueles ser más sensible cuando estás así.

En aquel momento, se abrió la puerta del despacho y los niños entraron corriendo.

Yunho agarró a Leo, que estaba muerto de sueño.

El niño apoyó la cabeza en el hombro de su padre, y Jaejoong no pudo evitar una sonrisa al ver la escena.

Bajaron en ascensor y se dirigieron al aparcamiento.

Yunho llevaba a Leo en un brazo y con el otro rodeaba los hombros de Jaejoong. Hiro se había convertido en un piloto de caza que amenazaba con atacarlos según avanzaban y Jiji iba agarrada con fuerza de la mano de su  madre.

-Nunca volveré a hacerlo, mamá -le había dicho hacía unos instantes. Y Jaejoong sabía que cumpliría su promesa.

 


Era un día soleado y la mitad de los empleados estaban asomados a las ventanas para ver a la familia del dueño de la empresa.

-No puedo creerlo -dijo un hombre- Sabía que estaba casado, ¡pero cuatro  hijos!

-Llevo años trabajando para él -puntualizó otro- Y no sabía que estaba casado. Siempre ha sido demasiado duro, no sé cómo una criatura como ésa puede haberse casado con un hombre así.

-Ahora no parece tan duro -señaló el primero-. Al revés, tiene un aspecto muy amable. Puede que en su casa sea diferente.

-Puede que él no sea tan dulce como parece -dijo el segundo-. Después de todo, si tienen cuatro hijos, significa que...


-¿Y mi coche? -preguntó Jaejoong.

-Haré que lo lleven esta tarde.

-No mientras tenga las llaves aquí mismo -dijo Jaejoong con un aplomo muy delicado.

Yunho murmuró algo entre dientes, cambió al pequeño Leo por las llaves del coche de Jaejoong, y después de abrir el coche les dijo a los mellizos que se metieran en el asiento de atrás. Abrió la puerta del acompañante y ayudó a Jaejoong a entrar.

Los empleados que miraban desde las ventanas, lo vieron volver al edificio y aparecer al cabo de unos segundos con Junsu, del departamento de ventas, el joven que había acompañado a Jaejoong hasta su despacho.

Yunho le dio las llaves y señaló el coche blanco.

Yunho montó en el BMW y, un momento después, salió para abrir la puerta de atrás. Los niños salieron a toda velocidad y él fue a abrir la puerta del acompañante. Recogió a Leo y todos juntos se dirigieron hacia el Escort. Yunho cruzó unas palabras con Junsu y se intercambiaron las llaves. La razón del cambio de coche quedó clara cuando sentaron a Leo en su sillita. Junsu se dirigía al BMW cuando Jiji lo detuvo. La niña miró a su padre, que a su vez miró a Junsu, quien se encogió de hombros, sonrió y la agarró de la mano. Los dos se dirigieron al BMW y los demás al Escort.

-Santo Dios -dijo alguien- ¡Lo tienen en el bote! Me pregunto cómo lo hacen. Saberlo puede valer una fortuna.

-Ojos azules, pelo rubio y un cuerpo delicioso, aunque esté embarazado, ésa es la fórmula.

-Yo creía que tenía una aventura con HyungJoong Kim -murmuró otro.

-¡HyungJoong Kim!

-Perdón. Es verdad, es una idea muy estúpida.

-Qué niños tan guapos -dijo alguien.

-Qué doncel tan guapo -dijo otro.

-Qué coche tan bonito -dijo riendo el  siguiente.

-¿Su casa es bonita?

-Su negocio es bonito -dijo algún bromista.

-Bonito panorama. Venga, todos a trabajar -gritó un jefe.


-Recuérdame que compre una sillita para mi coche -dijo Yunho.

-¿Qué? ¿Y echar a perder tu imagen de despiadado hombre de negocios?

-¿Qué imagen de despiadado hombre de negocios? ¿Te has molestado en mirar a las ventanas del edificio? 

-No, ¿por qué? -dijo Jaejoong, volviéndose a mirar en aquellos instantes y observando a los curiosos- ¿Te van a gastar bromas sobre nosotros?

-En mi cara, no, si tienen un mínimo instinto de supervivencia. Aunque sabe Dios lo que dirán a mis espaldas.

-No importa -dijo Jaejoong, apoyando una mano sobre la pierna de Yunho-. Despiadado o no, todos te queremos.

-Deja la mano donde está y dirán que soy un maníaco sexual.

-¿Qué es un maníaco sexual? -preguntó Hiro. Jaejoong profirió una risita y apartó la mano. Yunho miró al cielo y  suspiro.

-Cuando seas mayor, hijo -dijo- Te lo explicaré cuando seas mayor.

-¿Me lo vas a explicar a mi también cuando sea mayor? -dijo Jaejoong. Yunho le dirigió una ardiente mirada.

-Haré algo mejor que eso. Te haré una demostración en cuanto estemos a solas.

-Con la luz encendida, para que pueda...

-¡Jaejoong! -exclamó Yunho, cerrando los ojos- No sabes cuánto deseo hacerlo.

-Sí que lo sé -le dijo Jaejoong, y su mirada le dijo por qué. La mirada de Yunho se ensombreció.

-Sigue pensando lo que estás pensando -dijo, y  aceleró.




FIN
(MICHELLE REID- UN MARIDO INFIEL)

Infidelidad

CAPÍTULO 11





Tranquilo Jaejoong se dijo a sí mismo en el momento en que se dio cuenta de que se habían ido. La semana había transcurrido con una tensión insoportable. Yunho se comportó de un modo frío y distante, sin preocuparse de ocultar su enfado con Jaejoong, así que, todos suspiraron aliviados cuando se marchó por un par de  días.

Pero no se trataba sólo de eso. Era Semana Santa y los niños estaban de vacaciones, así que pasaban todo el día en casa. Su excitación ante el inminente cambio de casa no ayudaba a que Jaejoong estuviera tranquilo. Muchas veces se entrometían en su trabajo y él no tenía la paciencia suficiente. Acabó por darles algunos cachetes que no merecían.

Estaba cansado de guardar cosas en cajas cuando oyó el teléfono. Profirió un juramento y se dirigió a contestarlo, pero dejó de sonar.

Volvió a su tarea sin dejar de maldecir.

Todavía estaba jurando entre dientes, cuando los mellizos entraron en la habitación.

-Era papá -dijo Hiro con el semblante muy  serio.

No había olvidado la bronca que le echara Jaejoong por tirar su zumo de naranja sobre el suelo de la cocina. Para Hiro había sido una injusticia, porque lo había tirado cuando lo tomó para Leo, de modo que su intención había sido ayudar a su madre, pero Jaejoong vio el pequeño accidente y perdió los nervios.

-Ha dicho que te diga que está volviendo -dijo el pequeño con frialdad- Y que primero irá a la oficina, así que llegará tarde.

«Al cuerno con él», pensó Jaejoong. Que se quedara en su oficina mientras se encargaba de la mudanza. «¿Haciendo el papel de mártir, Jaejoong?», oyó que le decía la voz de Yunho en el interior de su cabeza.

-Le dije que viniera a jugar con nosotros -intervino Jiji.

-Y supongo que él colgó enseguida, muerto de miedo -dijo Jaejoong con sarcasmo.

Los mellizos no fueron ajenos a la crudeza de aquella expresión. Jiji se puso roja de ira.

-¡No, no dijo eso! -exclamó- ¡Dijo que prefería jugar con nosotros a trabajar! ¡Y tú no eres una buena mamá!

Jaejoong vio que a Jiji se le llenaban los ojos de lágrimas antes de salir corriendo de la habitación y bajar las escaleras como un rayo seguida de Hiro.

Suspirando, apoyó una mano sobre su vientre hinchado y la otra en la frente. Reconociendo que, probablemente, merecía las palabras de Jiji, se dirigió al piso de abajo. Los mellizos lo ignoraron, fingiendo estar concentrados en la televisión.

Levantó a Leo del suelo, donde había estado jugando alegremente con su juego de construcción y miró a Hiro y a Jiji, con la esperanza de que le devolvieran la mirada para poder decirles que lo sentía. Pero pensó que, tal vez, aquello aumentaría su irritación y salió del salón con el pequeño.

Una hora más tarde estaba a punto de volverse loco.

Los buscó por todas partes, pero los mellizos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Fue en coche hasta el parque, pensando que podrían estar en los columpios. Fue a la casa de la madre de Yunho, sabiendo que Hyori estaba fuera visitando a unos amigos, pero pensando que los mellizos no lo sabrían y que habrían podido dirigirse allí. Inspeccionó la casa de arriba abajo por dos veces, buscó en el jardín, y llegó a llamar a la nueva casa pensando que podrían haber ido hasta allí de alguna manera. Pero no había sido así. Se disponía a llamar a la policía cuando sonó el  teléfono.

Contestó al instante. Estaba temblando de tal manera que le costaba apoyar el auricular en la oreja.

-¿Señorito Jung?

-Sí -respondió con un susurro.

-Señorito Jung, soy la secretaria de su marido...

Le dio un vuelco el corazón. -¿Está Yunho ahí?  -preguntó.

-No, todavía no ha llegado -respondió la mujer- Pero sus hijos acaban de aparecer preguntando por él y he pensado que...

-¿Están ahí?

-Sí -dijo la secretaria amablemente, dándose cuenta de la preocupación de Jaejoong-. Sí, están aquí.

-¡Oh, Dios mío! -exclamó Jaejoong, tapándose la boca con la mano, conteniendo un torrente de lágrimas- ¿Están bien?

-Sí, están bien.

Jaejoong se sentó en la escalera, invadido por una sensación de alivio. Pero se puso en pie casi al instante. -¿Puede decirles que se queden ahí, por favor?-dijo casi en un susurro- Voy enseguida, voy enseguida...

Colgó el teléfono, profirió una pequeña risa nerviosa y se apresuró a preparar a Leo.

Jaejoong llegó al edificio justo cuando finalizaba la hora de descanso para comer. El moderno vestíbulo estaba repleto de gente que volvía a sus respectivas oficinas.

Tenía las mejillas sonrosadas por el sofoco de la prisa y, en su expresión, se veía que había sufrido un gran disgusto. Iba vestido con un pantalón blanco ajustado, que se ponía para estar en casa, y con una camisa vieja de Yunho. Se detuvo en la entrada y miró con asombro a su alrededor.

No podía ver a los niños. Sintió una punzada en el corazón y avanzó hacia el mostrador de recepción que había al otro lado del amplio vestíbulo, donde una chica coqueteaba con un joven que estaba apoyado en su mesa.

-Perdóneme -dijo Jaejoong sin aliento- Soy Jaejoong Jung. Mis hijos. Yo...

-¡Señorito Jung! -exclamó la chica, poniéndose en pie y observando a Jaejoong como si no pudiera creer lo que veía. Jaejoong no la culpaba, sabía que su aspecto era horrible. Pero no le importaba, lo único que quería era ver a Hiro y a Jiji, necesitaba verlos.

-Mis hijos -repitió- ¿Dónde están? -preguntó sin darse cuenta de que la exclamación de la recepcionista se había oído en todo el vestíbulo y todo el mundo lo estaba mirando.

-Oh, el señor Jung ha llegado hace diez minutos -le dijo la chica- Los ha llevado a su despacho y ha dicho que usted...

-La acompañaré a su despacho, si quiere -dijo el Joven. Jaejoong lo miró distraídamente y asintió.

-Gracias -susurró y lo siguió a los ascensores, demasiado turbado para darse cuenta de las miradas curiosas.

El ascensor los llevó muchos pisos más arriba y los dejó en una planta cuyo suelo estaba cubierto por una gruesa moqueta gris que amortiguaba el sonido de sus pasos. Se acercaron a un par de puertas de color gris mate. Jaejoong aminoró el paso, sintiéndose extraño, débil. El joven golpeó la puerta con los nudillos, esperó unos instantes y abrió. Luego se apartó para dejar paso a Jaejoong.

Jaejoong se detuvo en el umbral y miró a Yunho con cautela. Estaba apoyado en una gran mesa de despacho, con los brazos cruzados. Los niños estaban sentados, muy juntos, en un gran sofá de cuero. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Dejó a Leo en el suelo, tragó saliva y exclamó:

-¡Oh, Hiro, Jiji!

y se desmayó al instante.

Cuando volvió en sí, estaba echado en el sofá y tenía algo frío y húmedo sobre la frente. Cuatro rostros con reconocible parecido entre ellos lo miraban con preocupación. Sonrió débilmente y recibió cuatro sonrisas en respuesta.

Yunho estaba de rodillas a su lado y agarraba a Leo con un brazo. Con una mano, agarraba la de Jaejoong. Hiro y Jiji estaban a su lado, cada uno apoyado en uno de los hombros de su padre. Era una imagen muy dulce y deseó tener papel y lápiz para poder inmortalizarla.

-¿Cómo estás? -le preguntó Yunho.

-Mareado -dijo Jaejoong, luego miró a sus hijos mayores-. Lo siento -dijo con un susurro y recibió dos sollozos como respuesta.

Aquel sollozo expresaba su arrepentimiento, sus disculpas, su amor y su miedo al vero desmayarse. Luego, le contaron su aventura atropelladamente: habían llamado a un taxi, reunido sus ahorros para pagarlo, y habían llegado a la oficina de su padre antes de que él llegara, con la consiguiente preocupación para todos los empleados.

-y metiendo el miedo en el cuerpo a vuestra madre -dijo Yunho, y se quedaron callados.

Dirigió una seria mirada a Jaejoong, que agachó los  ojos.

-Lo planearon todo muy concienzudamente -añadió- Llamaron a la compañía de taxis a la que tú llamas cuando yo estoy de viaje. Dijeron que estabas enfermo y que querías que los llevaran a mi oficina. Incluso le entregaron al taxista una  de mis tarjetas de visita para que todo fuera más creíble.

-Oh, Jiji -dijo Jaejoong, recordando lo importante que se sentía la niña cuando le encargaba que llamara a un taxi para llevarlos al colegio cuando Yunho no estaba.

La pobre niña agachó la cabeza.

-Yo pensé en usar la tarjeta de papá -intervino Hiro, compartiendo valientemente las culpas con su hermana.

Aunque todos sabían que el cerebro de aquella operación había sido la revoltosa Jiji.

-Lo siento -susurró la pequeña, y Jaejoong vio con una punzada en el corazón cómo se limpiaba las lágrimas con su pequeña manita.

El hecho de que no se acercara a su padre para buscar su reconfortante abrazo, le decía a Jaejoong que, antes de su llegada, Yunho los había reprendido severamente por su aventura.

Jaejoong observó a Yunho. Estaba pálido y tenía los labios fruncidos, signo de una rabia contenida. Sostenía a Leo, abrazándolo como si necesitara el calor de su cuerpecito para consolarse de lo que realmente deseaba... abrazar a los mellizos. Se dio cuenta de que Jaejoong lo estaba observando y frunció el  ceño.

-Mi secretaria está haciendo café -dijo- En cuanto venga, le diré que baje con los niños a la cafetería para que coman algo. Tenemos que  hablar.

Aquello sonaba como una amenaza. Jaejoong agachó la vista y se incorporó. En ese momento, llegó una joven de rostro muy agradable con una bandeja  llena.

Sin dejar a Leo, Yunho se levantó y se acercó a ella. Mientras dejaba la bandeja en la mesa, le dijo algo en voz baja y llamó a los mellizos. Los niños le obedecieron con tal presteza que se vieron confirmadas las sospechas de Jaejoong de que les había estado regañando.

Un momento después, Leo reposaba confiadamente en los brazos de la joven, que salió de la habitación dejando paso a los mellizos. Yunho sirvió el café.

No dijo nada hasta que le ofreció una taza a Jaejoong, sentándose a su lado para comprobar que la apuraba hasta el último  sorbo.

-Bueno, ¿qué ha pasado? -le preguntó entonces. Jaejoong reconoció sus  culpas.

-He sido muy impaciente con ellos -admitió-. Más de lo normal. Supongo que se han ofendido, así que se han ido a buscar consuelo a otra parte -dijo y dejó la taza en el suelo. Estaba a punto de llorar otra vez- Pensé que habían ido a casa de tu madre... los he buscado por todas partes... Pero no se me ocurrió que fueran a venir aquí.

-Está bien -dijo Yunho, agarrándole las manos- No te atormentes más. Están bien, ya lo has visto.

Jaejoong asintió, tratando de tranquilizarse. 

-Lo siento -dijo al cabo de un rato.

-¿Por qué?

-Por no ser una buena madre para tus hijos -dijo-. Por... venir aquí.

-Algunas veces, Jaejoong -dijo Yunho, perdiendo la paciencia-, me pregunto qué pasa por esa cabeza tuya.

-¿Les has  pegado?

Yunho frunció el ceño.

-No, me contuve -dijo secamente- ¡Pero los he regañado muy seriamente! Lo que han hecho ha sido estúpido y peligroso, y además, no había razón para hacerlo -dijo sacudiendo la cabeza- Hiro ha encajado bien la bronca, pero Jiji estaba consternada. Creo que nunca le había gritado así.

-Te perdonará -le aseguró Jaejoong. Jiji adoraba a su padre.

-No, si es como su madre, no lo hará -dijo Yunho, y Jaejoong agachó la  mirada.

-No se trata de... perdonar -murmuró- Lo que me pasa es que no puedo olvidar. Has ensombrecido mi mundo, Yunho.

-Lo sé -dijo Yunho, observando con tristeza sus manos entrelazadas- Y el mío también. No es que importe, pero yo me lo merezco, tú no.

-Entonces, ¿por qué lo hiciste?

Yunho suspiró profundamente y soltó la mano de Jaejoong para pasársela por la cabeza.

-Porque él estaba allí -respondió de manera brutal, y frunció el ceño al ver que Jaejoong se sobresaltaba.

-Debes haberle hecho mucho daño.

-¿Sí? -dijo Yunho-. No es como tú, Jaejoong. Los donceles como HyungJoong tienen la piel curtida, no se les hace daño tan fácilmente.

-Y con eso te justificas, ¿no?

-No -dijo Yunho y se apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando al suelo sobriamente- Pero no puedo sentirme culpable por sus sentimientos cuando no ha tenido en cuenta los míos.

Jaejoong frunció el ceño, sin entender a qué se refería. Yunho lo vio y  suspiró.

-Si trato de explicártelo todo, ¿me escucharás? -dijo. ¿Lo escucharía? ¿Quería saberlo todo? ¿Podría aceptar la verdad?  Apartó los ojos de él. Le temblaban los labios y estaba lleno de incertidumbre.

Yunho le agarró la mano y la estrechó.

-Por favor -le pidió de nuevo- Eras y sigues siendo el único doncel al que he amado, Jaejoong. Si no puedes oír nada más, por favor, oye eso, porque es la verdad.

-Entonces, ¿por qué te acostaste con  HyungJoong?

Yunho se irguió y frunció los labios. Retiró la mano y la dejó caer entre sus rodillas.

-Porque, por un corto periodo de tiempo, perdí el control. No sólo con lo que estaba ocurriendo entre tú y yo, sino también aquí, en este despacho. HyungJoong fue una válvula de escape. Así de simple -dijo mirando a Jaejoong con pesadumbre-. Estaba bajo mucha presión y, sinceramente, lo utilicé para librarme de alguna de esa  presión.

¿Y eso qué significaba para él?, se preguntaba Jaejoong, sintiendo que la ira se agitaba en su interior.

-Y ahora, yo tengo que perdonar y olvidar -dijo- Y sentarme a esperar la próxima vez que estés bajo presión y sientas la necesidad de encontrar otra válvula de escape.

-No -dijo Yunho con tranquilidad-, porque no volverá a ocurrir. Jaejoong lo miró con escepticismo.

-No volverá a ocurrir -repitió Yunho-, porque la primera vez no  funcionó.

Observó el rostro de Jaejoong para ver si entendía lo que quería decir. Sonrió al comprobar que no era así.

-Tú y tu eterna inocencia -murmuró secamente. 

-Dejé de ser inocente, Yunho, a los diecisiete años. ¡Tú me quitaste la inocencia!

-Tú me la diste, Jaejoong. Me la diste libremente. 

Jaejoong se sonrojó. Yunho tenía razón. No solamente se la había dado, sino que se la había entregado  alegremente.

-Y, lo creas o no -continuó Yunho-, la acepté cuando no tenía  intención de hacerlo. No... no pienses mal. Te deseaba. ¡Dios mío, siempre te he deseado! Tenía veinticuatro años y cierta experiencia. Sabía que debía apartarme de ti y marcharme antes de que las cosas llegaran a ser demasiado serias. Pero no pude, así que decidí que lleváramos una relación inocente, pero tampoco pude conseguirlo -dijo apretando la mandíbula- Al final, estaba tan obsesionado contigo que mi trabajo se resintió. Y el tuyo también. Tenías sobresaliente en todo hasta que aparecí yo. Pero, en lugar de sumergirte en los estudios, que era lo que debías hacer, empezaste a salir conmigo. Y tus padres hablaron conmigo...

Jaejoong se  quedó muy sorprendido ante aquella noticia. Siempre había pensado que sus padres se habían limitado a saludar a Yunho con una sonrisa cuando iba a recogerlo a casa.

-No querían que saliéramos. Y tenían razón, yo ponía en peligro tus estudios. Y por ti, yo pospuse los grandes planes que tenía para mi futuro.

-¿Esto? -preguntó Jaejoong, refiriéndose al despacho en el que estaban.

-Algo como esto -asintió Yunho.

-Así que al final alcanzaste tu sueño, a pesar de mí -dijo Jaejoong amargamente.

-Pero a expensas del tuyo -dijo Yunho.

-¿Los míos? ¿Cómo sabes cuáles eran mis sueños si nunca te molestaste en preguntar?

-Estudiar Arte primero y luego, ganarte la vida como artista. En publicidad, tal vez, o en diseño. No pensabas en otra cosa.

-¿Ah no? -dijo Jaejoong, burlándose de la excesiva confianza de Yunho-. Eso demuestra lo poco que me conoces.

Un brillo cruzó la mirada de Yunho.

-Entonces, ¿qué querías? -preguntó Yunho con cierta incomodidad, como si no quisiera escuchar la respuesta.

Jaejoong le dirigió una mirada desafiante. «A ti», quería decirle, «todo lo que he querido en la vida eres tú». 

-Digamos que he obtenido lo que merecía -dijo, y se dio cuenta de que a Yunho le dolieron aquellas  palabras.

-Estuve a punto de desaparecer de tu vida hace ocho años, cuando me dijiste que estabas embarazado -dijo Yunho, y Jaejoong cerró los ojos, aceptando que le correspondía a él hacerle daño- Pasé aquella noche aquí, en Seúl, pero lo que no sabes es que tuve varias entrevistas en las que me ofrecieron irme a trabajar al extranjero.

Jaejoong lo había sospechado. Desde que supo su aventura con HyungJoong, sospechó que Yunho se había visto atrapado por su embarazo. Yunho no se habría casado con él, pero no tuvo elección.

-No... -dijo Yunho agarrándole las manos otra vez... estás confundiendo mis razones. ¡No quería dejarte! Pero estaba preparado para salir de tu vida por tu propio bien. Eras demasiado joven como para decidir tu vida tan pronto. Aquellas ofertas de trabajo eran una encrucijada. Acepté una de ellas, porque creía que era lo mejor para los dos. Pero no era una decisión fácil y me sentía muy mal, ensayando un montón de adioses.

Se detuvo, recordando.

-Y allí estabas tú -murmuró--, de pie delante de mí, mirándome con esa... con esa -dijo, cubriendo con una mano los ojos de Jaejoong por un instante- Y allí estaba yo, muriéndome por dentro porque tendría que abandonarte. Y lo que ocurrió a continuación... -dijo tragando saliva- fue que hicimos el amor cuando no debimos hacerlo, porque, ¿cómo le dices al doncel que amas que vas a dejarlo? -dijo, tan perdido en sus propios recuerdos que no se daba cuenta de que Jaejoong estaba pálido y quieto- Entonces, cuando trataba de decirte que me iba, apoyaste la cabeza en mis rodillas y dijiste: «Estoy embarazado, Yunho, ¿qué vamos a  hacer?».

Rió ligeramente, sacudiendo la cabeza.

-Fue como la anulación de una condena a muerte cuando el verdugo está a punto de ponerte la soga al cuello. Me sentí libre, vivo. Tan vivo que lo único que pude hacer fue quedarme allí sentado y dejarme invadir por la alegría. No tenía que dejarte marchar porque me necesitabas. ¡Me necesitabas! Podía dejar de pensar en tus estudios, en lo joven que eras. Y podía hacer lo que más deseaba, que era casarme contigo y cuidarte y guardarte, para que nadie supiera el maravilloso tesoro que tenía.

Respiró profundamente y luego, dejó escapar el aire muy despacio.

-Entonces, nos casamos -continuó con menos emoción-. Y nos vinimos a vivir en aquel piso tan pequeño. No teníamos dinero ni propiedades, pero creo que no he sido más feliz en mi vida. Entonces, llegaron los mellizos y empecé a hacer algo que siempre había pensado, empecé a jugar en la bolsa. Compré acciones, y un día, un paquete me dio un gran resultado. Podía hacer dos cosas: comprar una casa para ti o reinvertirlo todo. Lo invertí todo -confesó--, y me sentí como si hubiera cometido un pecado mortal.

A Jaejoong le habría gustado que, al menos, consultara con él lo que debía hacer. Pero, pensó, tal vez, Yunho no habría llegado a ser el que era si hubiera tenido que consultar a otros cada vez que tomaba una decisión arriesgada.

-Pasé un año sintiéndome culpable cuando se hizo tan difícil vivir en aquel piso con los dos niños. Pero entonces, las acciones empezaron a dar dividendos y alcanzaron un precio tan alto que las vendí para invertir otra vez. Y después de aquello, nunca tuve que mirar atrás. Compramos la casa y fundé mi propia empresa, que ha crecido hasta llegar a convertirse en lo que es hoy. Aunque todo eso, no sin sacrificios. Cuanto más crece la empresa, más tiempo tengo que pasar trabajando. Y la naturaleza de mi negocio supone que tengo que moverme por ciertos círculos sociales para enterarme de lo que pasa en el mundo de los negocios. Pero, cuanto más conozco ese mundo, más decidido estoy a que no te toque ninguna de sus bajezas. Tú has sido el jardín de rosas en medio de la jungla urbana en la que me desenvuelvo. Tú has sido la única constante de mi vida. Siempre que vuelvo a casa, veo al chico de diecisiete años de quien me enamoré y sé que sería capaz de luchar contra el mismo diablo para conservarte así.

De nuevo, respiró profundamente. Miró a Jaejoong con alguna timidez, porque le estaba revelando demasiado del hombre que normalmente guardaba escondido en su interior, el hombre que Jaejoong siempre había querido conocer, pero que nunca parecía estar lo bastante cerca de él.

-Creo que allí arriba, alguien debía pensar que era demasiado  feliz, porque tuviste un embarazo y un parto muy difícil con Leo, y uno de mis últimos negocios se vio metido en un escándalo de fraude, que llevó meses resolver. Pasé más tiempo fuera que en casa, que era donde debía estar, ayudándote. Porque muchas veces eres demasiado terco, Jaejoong. Teníamos más dinero del que podíamos gastar y te negaste a contratar una asistenta.

Jaejoong se irguió.

-Puede que tú no puedas dirigir este lugar tú sólo, pero yo sí puedo ocuparme de una casa y tres niños.

Yunho suspiró.

-Pero todos tenemos un límite de resistencia -señaló-. Tú casi alcanzaste el tuyo cuando nació Leo y nos dio cuatro meses de  tormento.

-Y me enteré de tu aventura con HyungJoong -añadió Jaejoong con frialdad. Pero Yunho negó con la cabeza.

-No. Ése fue el resultado de sobrepasar mi límite de resistencia, Jaejoong. Casi lo pierdo todo en la compra más difícil en la que he estado metido. TVXQ’S, un grupo de empresas más grande que el mío, decidió que quería quitarme de la circulación y me atacó con todas sus armas. Incluida una acusación de fraude.

Infidelidad


CAPÍTULO 10




Eran las dos en punto de la tarde de un miércoles. Yunho estaba en su despacho, recogiendo los documentos en los que había estado trabajando para preparar su próxima reunión cuando sonó el teléfono.

-Una señora le llama por teléfono, señor Jung, dice que es la señora Jung.

A Yunho le dieron escalofríos. Jaejoong nunca lo llamaba al despacho. ¿Habría ocurrido algún accidente?, se preguntó con alarma. ¿Le habría ocurrido algo  a sus hijos?

-Pásemela -le pidió a su secretaria.

Cuando recibió la llamada, había considerado tantas posibilidades que se desconcertó cuando no oyó la voz de Jaejoong sino la de su madre.

Sacudió la cabeza y dijo:

-Empieza otra vez, mamá. Me temo que no he entendido una sola palabra.

Al cabo de unos minutos, estaba en su coche, pisando el acelerador en dirección a su casa. Su madre le abrió la puerta.

-Está ahí dentro -le dijo Hyori con gesto de preocupación y con signos de haber llorado-. Está muy enfadado, Yunho-añadió susurrando.

Yunho hizo un gesto de dolor al abrir la puerta del salón y ver a Jaejoong sentado en una esquina del sofá. Tenía el rostro enterrado en un cojín y no paraba de sollozar. Se acercó a él con cuidado. Se quitó la corbata antes de intentar tocarlo, le temblaron las manos.

-Jaejoong-susurró agachándose y apoyando la mano en su hombro.

-Vete -dijo él sin dejar de sollozar.

Yunho frunció el ceño, desconcertado y temeroso.

Nunca lo había visto así, tan destrozado que ni siquiera podía decirle lo que le ocurría. Permaneció allí, acariciándole los hombros con ternura mientras se preguntaba qué podía haberlo llevado a aquel estado. Pensó en Yoochun Park y se le hizo un nudo en el estómago. Si aquel canalla había hecho daño a Jaejoong cuando se estaba recuperando del daño que él mismo le había ocasionado...

-Jaejoong... -dijo aproximándose y acariciándole el pelo. Se sorprendió  al comprobar que estaba húmedo. ¿Cuánto tiempo llevaba así?-. Por Dios Santo. Háblame, dime qué ocurre.

Jaejoong sacudió la cabeza. Yunho tragó saliva sin saber qué hacer. Luego, con resolución, se levantó para estrecharlo entre sus brazos y volvió a sentarse con él hecho un ovillo sobre su regazo, con cojín y todo.

Al menos, no trataba de separarse de él, advirtió Yunho que permanecía impotente escuchando los sollozos de Jaejoong.

-Tú tienes la culpa -dijo él por fin.

Yunho suspiró, recordando los últimos días, tratando de averiguar si había hecho algo que pudiera causarle a Jaejoong tanto dolor. En realidad, había sido muy cuidadoso.   Ni siquiera había dicho una palabra sobre su maldita clase de dibujo. Tampoco habían hecho el amor.

-Se suponía que eras tú el que iba a tener cuidado -añadió Jaejoong con aquella voz rota que le partía el corazón.

Acarició su pelo con la mejilla. -¿Tener cuidado de qué? -le preguntó.

Jaejoong sollozó todavía más, amenazando con ahogarse si no se calmaba. Yunho lo agarró por los hombros y lo sentó, tirando el cojín lejos de allí.

-Cálmate -le dijo con firmeza, muy preocupado por su estado.

Pero, gracias a aquella firmeza, Jaejoong trató de tranquilizarse y quiso contener las lágrimas. Yunho tomó un pañuelo, apartó las manos de Jaejoong de su rostro y le secó las mejillas. Estaba tan caliente que le quitó el jersey de lana que llevaba. Jaejoong se estremeció al quedarse sólo con la camisa y sentir algo de  frío.

-Ahora -dijo Yunho-, cuéntame qué ocurre. Has dicho que era algo que yo he hecho.

Jaejoong lo miró. Tenía los ojos bañados en lágrimas e hizo un puchero con la boca. A Yunho casi le dieron ganas de sonreír, porque Jaejoong era la viva imagen de Jiji. Pero era Jaejoong, no su pequeña hija, y Jaejoong era fuerte, a pesar del aire de fragilidad que lo rodeaba.

-No llores -murmuró, al ver que Jaejoong volvía a llorar- Jaejoong, por el amor de Dios, tienes que decirme qué te pasa para que pueda ayudarte.

-¡No  puedes  ayudarme!  ¡Nadie puede ayudarme! ¡Estoy embarazado, Yunho! ¡Embarazada! -dijo Jaejoong sin dejar de sollozar y luego tragó saliva- ¡Dijiste que ibas a tener cuidado!

FuebYunho el que debió tener cuidado cuando se quedó embarazado de los mellizos, a partir de ese momento fue Jaejoong quien se ocupó de todo. Hasta que la píldora le produjo una reacción, así que Yunho volvió a ocuparse de todo, y entonces, nació Leo.

-¡Eres un inútil! ¡Puede que sepas dirigir un millón de empresas, pero en todo lo demás eres un inútil! ¡Sólo tengo veinticinco años, por el amor de Dios! -dijo balbuciendo- A este paso me vas a enterrar antes de llegar a los  treinta.

Yunho no pudo evitar una sonrisa, pero apretó la cabeza de Jaejoong contra su  pecho para que no pudiera verla.

-Chist -dijo- Todavía estoy intentando asumirlo. 

Pero Jaejoong estaba enfadado y se irguió, para decirle todo lo que llevaba atormentándolo durante tanto  tiempo.

-¡Me he convertido en una fábrica de niños! -gruñó-. Ahora me explico por qué me tienes aquí encerrado. Tus amigos, esos grandes hombres, se quedarían boquiabiertos cuando descubrieran que también has montado una fábrica en casa. Apuesto a que... si consultamos a un sindicato, te denunciaría por abuso de contrato.

-¡Cállate, Jaejoong! -dijo Yunho, que ya no pudo contener la risa por más tiempo- ¡No puedo pensar si me lanzas todas esas acusaciones!

-¡Piensa sólo en que estoy embarazadas y no quiero estarlo!

«¡Piensa en eso todo lo que quieras!», se dijo Jaejoong con amargura.

-¿De cuánto? -le preguntó Yunho, después de una larga pausa. Tenía un nudo en la garganta y estaba pálido.

-De tres meses -le respondió él, sintiéndose  estúpido.

-Tres meses -repitió Yunho, relajándose- ¡Dios Santo! -exclamó tan sorprendido como Jaejoong aquella mañana cuando había visto al médico-. Eso significa...  

-Sí.

Significaba que debió ser la primera vez que dejó que se acercara a él, después de enterarse de lo de HyungJoong.

-Dios mió, ahora me acuerdo de que no se me ocurrió pensar en... 

Se hizo el silencio, mientras los dos  reflexionaban.

Jaejoong seguía sentado sobre las rodillas de Yunho que le acariciaba el pelo distraídamente. De repente, se acordó de aquella vez en que él le acarició el pelo de aquella manera, mientras trataba, también, de asumir una noticia semejante.

No estaba furioso en aquella ocasión y no lo estaba entonces.

-Bueno, pues que así sea -dijo Yunho por fin, y le dio a Jaejoong un beso en la boca- Ahora sí que tendremos que comprar una casa más grande.

Con su primer embarazo había ocurrido lo mismo.

Yunho había hecho un comentario semejante para aceptar la situación...

«Tendremos que casamos», había dicho.

Jaejoong no volvió a sus clases de dibujo. Fue una decisión enteramente suya. Había recuperado el amor por el dibujo, pero el sentido común le decía que no debía volver a las clases si Yoochun estaba allí. Pero no dejó de dibujar, y sus caricaturas de los niños se podían encontrar por toda la casa.

Sin que mediara ningún acuerdo entre ellos, Yunho empezó a invitarlo a salir   todos los miércoles, como si quisiera compensarlo por todo lo que había perdido...

También salían a buscar casa. Les llevó mucho tiempo encontrar una que les convenciera a todos.

-¡Así nunca vamos a encontrar casa! -le dijo secamente a Yunho después de pasar un fin de semana examinando todas las propiedades en venta de los alrededores y comprobar que nunca coincidían en la elección.

-¿Para qué quieres una casa tan grande? -se quejó una vez después de ver una mansión demasiado grande como para que se pudiera vivir cómodamente en ella- Puede que necesitemos una casa más grande que ésta, pero no tanto. No será para que tengamos habitaciones libres para tus amigos,  ¿no?

-La verdad es que aquí no podemos invitar a nadie -replicó Yunho, desafiante- Y creo, Jaejoong, que, después de todo lo que he trabajado para que podamos comprar casi lo que queramos, deberías darme el placer de comprar algo especial.

Al cabo de algún tiempo, encontraron algo que les gustaba a los dos. Una vieja casa solariega de ladrillo rojo con grandes ventanales y techos altos. Estaba en una pequeña finca delimitada por un alto muro de ladrillo y árboles, para resguardar la intimidad del lugar. El lugar tenía el prestigio que Yunho buscaba y era lo bastante acogedor para convertirse en el hogar que quería construir Jaejoong. A los mellizos les gustaba porque tenía piscina cubierta y establos. Además, tenía una pequeña casa para huéspedes ideal para la madre de Yunho, que se enamoró del lugar en cuanto lo vio.

En las habitaciones del piso de abajo, vivía una pareja mayor que llevaba cuidando de la propiedad más de veinte años y que estaban muy preocupados por su futuro después de que la casa se vendiera. El buen corazón de Jaejoong le impidió despedirlos, y Yunho se alegró porque así tendrían una asistenta permanente, que liberaría a Jaejoong  de muchos trabajos, y un jardinero y chofer para llevar y traer a los niños de la escuela.

Jaejoong se sumergió en la deliciosa tarea de redecorar su nuevo hogar,  y descubrió, para su sorpresa, que tenía un gran gusto para hacerlo.

Llevaba el embarazo mejor que el de Leo y, mientras el invierno dejaba paso a la primavera, la casa empezaba a estar lo bastante bien acondicionada como para que consideraran la idea de mudarse.

Yunho estaba metido hasta el cuello en otro negocio, la compra de una pequeña empresa de construcción que había trabajado para él en el pasado y que atravesaba dificultades financieras, así que pasaba más tiempo en el norte del país que en Seúl, mientras Jaejoong trataba de concluir los preparativos de la mudanza antes de que su embarazo se lo impidiera.

HyungJoong se había disuelto de sus pensamientos a medida que habían ido pasando los meses y no había vuelto a atormentarlo mientras hacían el amor, aunque Jaejoong seguía necesitando hacer el amor a oscuras. Pero, al menos, había logrado superar una infidelidad que había estado a punto de echar a perder su matrimonio.

La crisis de los siete años, se decía íntimamente. Si no ocurría nada semejante sino al cabo de otros siete años, podría soportarlo. Porque se había dado cuenta de que nunca dejaría a Yunho. Sus vidas estaban demasiado unidas por el amor que sentían por los hijos que ya tenían y por el que pronto nacería. ¿Los amaría a él?, se preguntó. Desechó aquella idea como un sueño que pertenecía a los sueños del niño que había sido. Pero se había convertido en un doncel maduro, que había aprendido a dominar sus emociones para salvaguardar su matrimonio.

Una tarde que estaba en su dormitorio, Yunho llegó inesperadamente. Estaba sentado en el suelo separando ropa que quería conservar de otra de la que quería deshacerse.

Yunho tenía aspecto de estar muy cansado. Por su mirada, Jaejoong se dio cuenta de que le molestaba que estuviera haciendo aquello.

-¿Por qué no contratas a una asistenta? -dijo Yunho con impaciencia, quitándose la chaqueta y la corbata y dirigiéndose al baño con cuidado de no pisar la ropa.

-¡No quiero que ninguna extraña husmee en nuestros objetos personales! -exclamó Jaejoong-. Y además, ¿cómo iban a saber qué tenían que tirar y qué no? ¡Tengo que hacerla yo!

Yunho no se molestó en contestar, pero dio un portazo al cerrar la puerta del baño. Al cabo de un instante, Jaejoong se levantó y tomó su bloc de dibujo. Cuando Yunho salió del baño, recién duchado y con una toalla alrededor de la cintura, estaba echado en la cama y dibujando afanosamente.

-¿Qué haces? -dijo Yunho, tendiéndose a su lado.

-¡Serás brujo! -exclamó al ver el dibujo y soltó una  carcajada.

Se reconoció a sí mismo en el diablo con cuernos y una horca que estaba tomando una ducha. Pero, en lugar de agua, de la ducha caían  llamas.

-¡Pequeño brujo! -dijo quitándole el bloc.

Jaejoong fue a agarrarlo, pero Yunho se tumbó de espaldas y lo agarró por su hinchada cintura mientras con la otra mano echaba un vistazo a las demás páginas del bloc.

Jaejoong se quedó muy quieto. Le palpitaba el corazón mientras observaba la reacción de Yunho al ver sus dibujos. Aquel no era el bloc donde tenía las caricaturas, la que le acababa de hacer era la única de todo el cuaderno. No, aquel era su trabajo más serio, y nadie lo había visto hasta aquel momento.

Había un retrato de Hiro, con el ceño fruncido y una mirada solemne. Era igual que Yunho, tanto, que a Jaejoong le dio un vuelco el corazón al comparar el retrato con él.

Jiji parecía satisfecha de sí misma. Su pelo rubio era como un halo alrededor de su cara. Tenía una mirada traviesa la misma con que había recibido la noticia de que su padre iba a comprarle un pony, y sus rasgos expresaban que era independiente y extrovertida. Se parecía a Jaejoong, pero no era Jaejoong. En aquel aspecto, se parecía más a su padre.

Había más retratos de Leo, porque Jaejoong pasaba más tiempo con él. En uno estaba durmiendo, boca abajo, con el culito en pompa y abrazado a su osito. Había otro dibujo en el que estaba riendo, y sus pequeños dientes asomaban en un rostro lleno de luz. En otro estaba muy serio, concentrado en dar sus primeros  pasos.

-Son buenos -dijo Yunho. Jaejoong suspiró.

-Gracias -dijo e hizo ademán de tomar el bloc antes de que Yunho volviera la hoja- Disfruto al hacerlos.

Yunho no le devolvió el bloc. Al volver la siguiente página, se quedó muy  quieto.

Esperaba ver algún dibujo de él mismo, pensó Jaejoong más tarde. Era la conclusión lógica después de ver dibujos de todos los miembros de la familia. Pero no  había ningún retrato suyo.

Era un autorretrato. El retrato de un doncel joven, con el pelo corto y el rostro terso. Un doncel que había cambiado poco a lo largo de los años. Su boca era pequeña y suave y tenía la nariz delicadamente recta. Pero sus ojos, los  miraban con una tristeza que conmovía el alma. Para él, fue como mirar a un extraño. Había odiado aquel retrato nada más terminarlo. Por eso lo había tachado con dos rayas de esquina a esquina de la página.

-¿Por qué lo has tachado? -preguntó Yunho con seriedad, siguiendo una de las rayas con un dedo y deteniéndose en la boca.

Jaejoong se aparto un poco de él. 

-No soy yo, no me gusta.

Yunho no hizo ningún comentario, pero se quedó mirando el dibujo durante largo tiempo. Jaejoong se levantó de la cama y trató de concentrarse en la ropa que tenía extendida sobre el suelo de la habitación.

-De mi no has hecho ningún dibujo -dijo Yunho, cuando acabó de examinar el cuaderno.

Jaejoong le dirigió una sonrisa forzada.

-¿Cómo que no? -dijo- ¿Y ese diablo? Así es como yo te veo.

No podía explicar por qué no había intentado dibujarlo. Sabía las razones, pero no habría sabido decirlas con palabras. Yunho era distinto. Era y no era de la familia. Los demás rostros del bloc eran parte de él. Yunho lo había sido, su parte más importante, pero ya no lo era. Se había alejado, se había convertido en una imagen borrosa.

No lo quería tanto como a sus hijos. Él era el eslabón roto de la cadena. Se estiró para agarrar el cuaderno. Yunho se lo dio, observando en silencio cómo lo guardaba en el último cajón del armario y cerrando la puerta antes de mirarlo a de nuevo.

Él seguía tumbado en la cama, cubierto sólo por la  toalla.

-¿Dónde está Leo? -preguntó suavemente.

-En casa de tu madre.

Cruzaron una mirada y el tiempo se detuvo. La mirada de Yunho no dejaba lugar a dudas, lo deseaba. Jaejoong estaba a un metro de él, nervioso, inseguro. Se  sonrojó sintiendo que el deseo también se apoderaba de él.

Se fijó en la mata de vello rizado que cubría el pecho de Yunho y que descendía en forma de flecha, perdiéndose por debajo de su cintura. Yunho era alto, esbelto y muy masculino. Sus piernas eran poderosas y con unos muslos  bien formados, y estaban cubiertas de vello. Jaejoong casi podía sentir el roce de aquel vello sobre su piel suave y delicada.

La pálida luz del sol entraba por la ventana, y se dio cuenta, con un pequeño sobresalto, que hacía muchos meses que no miraba a Yunho tan abiertamente. La necesidad de hacer el amor a oscuras le había privado de aquel placer. Y también del placer el ver arder el deseo en los ojos de Yunho.

Yunho estiró el brazo, invitándolo a tenderse a su lado. Jaejoong le dio la mano en silencio, llevado por una fuerza contra la que era imposible luchar. Yunho entrelazó los dedos con él, con cuidado de no romper el hipnótico contacto de sus miradas. Se  sentó muy despacio y separó las piernas para que Jaejoong se deslizara entre ellas. Jaejoong sólo llevaba una camiseta muy ancha y la ropa interior. Yunho lo agarró por la cintura y le acarició la cadera y las piernas hasta alcanzar el borde de la camiseta.

Jaejoong contuvo la respiración y dio un  respingo.

Yunho se detuvo y lo miró para comprobar el significado de aquel gesto. Jaejoong dejó escapar el aire de sus pulmones lentamente y cerró los párpados inclinándose para besar a Yunho en la boca.

Yunho se echó hacia atrás y Jaejoong se echó con él.

Sin dejar de besarlo, Yunho le quitó la camiseta. Al instante, se perdieron el uno en el otro, hambrientos, ansiosos, llenos de deseo, sumergiéndose en una cascada de sensualidad y de caricias, sin dejar nunca de besarse.

Jaejoong estaba preparado para recibirlo, y sus sentidos se ahogaron en un dulce pozo de deseo. Yunho se colocó encima de él y Jaejoong lo agarró por la cadera para que lo penetrara.

Entonces, ocurrió. Amándolo con cada poro de su piel, con cada uno de sus sentidos, abrió los ojos muy despacio y miró el hermoso rostro de Yunho, su pelo rizado, bañado por la tenue luz del sol, y vio la ferocidad de su pasión en el brillo fulminante de sus ojos. Entonces, el fantasma de su infierno volvió para atemorizarlo y cerró los ojos, gimoteando con frustración y poniéndose completamente rígido.

-¡No! -exclamó Yunho con violencia, porque se daba cuenta de lo que le estaba ocurriendo a Jaejoong- ¡No, maldita sea, Jaejoong, no!

Jaejoong luchó con todas sus fuerzas, apretándose a él y sin dejar de jadear.

-¡Mírame! -le exigió Yunho-. ¡Por lo que más quieras,  mírame!

Jaejoong abrió los ojos lentamente. Yunho tenía los párpados entrecerrados, con una evidente expresión de deseo. Tal vez Yunho no lo amara, pero lo deseaba apasionadamente a pesar de que llevaban ocho años casados, a pesar de que su embarazo era evidente, a pesar de todo lo que había ocurrido entre ellos en durante los últimos meses. Yunho todavía lo deseaba con una gran intensidad, y, tal vez, eso fuera suficiente 

-¡No! -exclamó Yunho al ver que Jaejoong cerraba los ojos otra vez- ¡No, esta vez no me puedes dejar así, Jaejoong!

Tomó el rostro de Jaejoong entre sus manos y le apretó el rostro hasta conseguir que abriera los ojos.

-Me deseas -dijo con violencia-, pero no me tendrás a no ser que abras los ojos y aceptes a quien deseas. ¡A mí! -exclamó- ¡A mí, Jaejoong! ¡A mí, el hombre que yo era  antes de hacerte daño y el hombre que soy ahora!

-¿Y si no puedo? -susurró Jaejoong, desconsoladamente- ¿Y si no puedo superar lo que nos hiciste?

-Entonces, nunca me tendrás otra vez -respondió Yunho con pesar- Porque sé que no puedo seguir haciendo el amor con un doncel que tiene que cerrar los ojos para hacer el amor conmigo.

Lo apartó de su lado, mientras Jaejoong trataba de asumir sus palabras. Yunho le había dado un ultimátum, se dijo mientras le observaba dirigirse al baño. Le había dicho que ya había pagado su infidelidad. Le había dicho, en definitiva, que tenía que volver a confiar en él o tendría que olvidarse de sus relaciones sexuales.

No podía creerlo, no podía creer cómo se las había arreglado Yunho para darle la vuelta a las cosas. Parecía ser él el que tenía que hacer concesiones si quería que tuvieran una relación normal en el futuro.

El resentimiento se apoderó de él, aunque se preguntó si Yunho no tenía razón y él tendría que aceptarlo tal como era, con sus culpas, si quería salvar su matrimonio. Pero aquello sólo añadió confusión a sus pensamientos.

Seguía buscando una respuesta cuando sucedió algo que hizo que olvidara todos sus problemas.

Los mellizos desaparecieron.

Infidelidad

CAPÍTULO 9




Jaejoong seguía mirando fijamente el teléfono cuando Yunho llegó unos minutos más tarde. Él lo vio nada más entrar y se detuvo al instante. 

-¿Qué ocurre? -le preguntó con impaciencia, dándose cuenta de que Jaejoong sufría una especie de conmoción.

Jaejoong se llevó la mano a la mejilla. La tenía helada. -HyungJoong acaba de llamar -le dijo-. Quiere que lo llames.

Sin dejar de mirar a Yunho, se preguntó si se desmayaría o se echaría a llorar. Yunho se sonrojó y dio un suspiro. Pocas veces había visto Jaejoong tanta emoción en sus ojos.

Yunho dejó caer la cartera y suspiró con los dientes apretados.

Luego se acercó a un paralizado Jaejoong, lo apartó de su camino y se dirigió a su estudio. Entró y cerró la puerta. Jaejoong se quedó mirándolo, haciéndose preguntas acerca de lo que acababa de ocurrir entre ellos, además del holocausto que tenía lugar en su interior.

¿Yunho reaccionaba así ante la simple mención del nombre de HyungJoong? Jaejoong contuvo un sollozo, negándose a dejarse llevar por lo que ocurría en su interior.

¡Al saber que HyungJoong acababa de llamar, Yunho había corrido al teléfono como un poseso!

Estaba con Leo en el salón cuando Yunho entró buscándolo. Estaba pálido, y, aunque de sus rasgos había desaparecido todo rastro de emoción, podía ver huellas de la conmoción que sentía en sus ojos. Jiji corrío hacia él para abrazarlo, como de costumbre, pero sólo recibió una caricia en el pelo. Hiro estaba viendo la televisión y Leo estaba cansado, así que se limitó a dirigir una mirada a su padre antes de volver a sumergirse en el cálido abrazo de su madre.

Yunho miraba fijamente a Jaejoong.

-Lo siento -dijo con voz grave- Le dije que no llamara aquí nunca.

-No importa.

-¡Claro que importa! -exclamó Yunho violentamente. Los niños se dieron la vuelta para mirarlo. Se pasó la mano por el pelo, tratando de tranquilizarse. -Hiro... Jiji. Quedaos con Leo un momento mientras yo hablo con mamá.

Sin dar lugar a una respuesta, levantó a Leo y lo dejó sobre la moqueta, entre las piernas de Hiro. Luego dirigió a sus tres sorprendidos hijos una mirada tranquilizadora.

Se dio la vuelta y agarró a Jaejoong de la mano. Al llegar a su estudio, lo  soltó.

-Le dije que no debía llamar aquí -repitió- ¡Le dije que si era muy urgente, le dijera a la señora de la limpieza que me llamara en su lugar! ¡Pero que él no llamara nunca!

-Ya te he dicho que no importa.

-¡Pero sí importa! -estalló Yunho ferozmente- ¡Te ha hecho sufrir, y no quiero que eso ocurra! -Entonces, lo que tenías que haber hecho… -Jaejoong se interrumpió porque no quería insultarlo y, encogiéndose de hombros, se acercó a su mesa. -¿Cómo es que sigue trabajando para ti? -le preguntó entre dientes- Si decías que todo había terminado.

-No trabaja para mi -dijo Yunho-. Trabaja para mi bufete de abogados. Hace meses que le pasé todos mis asuntos a uno de sus  compañeros.

Jaejoong no lo creía. Tenía grabada la expresión de su cara cuando le dijo que  HyungJoong acababa de llamar. Todavía recordaba cómo la había apartado para correr a llamarlo.

-Entonces, ¿por qué te ha llamado?

Yunho suspiró. Jaejoong estaba seguro de que trataba de controlar las emociones que le había provocado la llamada de HyungJoong.

-Era el único que estaba en la oficina cuando llegó una información  muy importante por fax -le explicó Yunho-. Lo bastante importante como para que yo lo supiera inmediatamente. Y no había nadie más en el  bufete.

-Ah -exclamó Jaejoong, que no podía pensar en algo más que decir- Bueno, pues asegúrate de que no vuelva a llamar -añadió fríamente, para acabar con el asunto.

Pero el incómodo silencio que se hizo a continuación, le decía que aún no había concluido.

-El caso es que -dijo Yunho con prudencia:- tengo que marcharme. Ha surgido un problema legal con el negocio de Taiwán y tengo que volver a la oficina para solucionarlo personalmente.

La compra de TVXQ’S y el negocio de Taiwán, ¿dónde estaba la  diferencia?

-Claro que sí. Tú tienes que irte -dijo con tal acidez que fue como una bofetada en la cara-, y yo tengo que meter a los niños en la cama.

Lo empujó con la intención de abandonar el estudio. Pero Yunho lo  detuvo.

-No -exclamó-. Voy a mi oficina, no a la de HyungJoong. No voy a verlo. No quiero verlo. Estaré en la otro País,  ¿lo entiendes?

¿Entender? Sí, por supuesto, Jaejoong lo entendía todo.

Le estaba pidiendo que confiara en él. Pero no podía. Tal vez nunca volviera a confiar en él.

-Tengo que acostar a Leo -murmuró y le empujó para salir de la habitación. Aquello ocurrió un viernes. Al lunes siguiente, Yunho se marchó a Taiwán para atar los cabos sueltos del contrato antes de las vacaciones de Navidad. Y después de un horrible fin de semana, durante el cual los dos se comportaron con exquisita cortesía, Jaejoong sintió alivio al verlo partir.

Pero hicieron el amor el domingo por la noche. Y, en medio de sus desesperados intentos por conseguir algún nivel de mutua satisfacción, Yunho rompió una de las estrictas reglas que se habían instituido entre ellos y le habló. Le pidió que le perdonara. Jaejoong le dijo que se callara, para no estropear más las cosas. Yunho se mordió la lengua, pero, cuando lo penetró, lo hizo con una ansiedad tal que rayaba en el tormento. Al terminar se separó de él y hundió el rostro en la almohada. Jaejoong sintió entonces la desesperada necesidad de consolarlo, pero no pudo, porque habría sido concederle algo demasiado importante.

El problema era que ya no sabía qué era aquello tan importante, porque había empezado a perder la noción de las causas que los  separaban.

«HyungJoong», recordó, «HyungJoong».

Pero incluso aquel nombre empezaba a perder el poder de hacerle tanto daño como antes.

Los días siguientes, Jaejoong se sumergió en los apresurados preparativos de las fiestas de Navidad. Ignoró las frecuentes molestias de su estómago y se dispuso a limpiar y reordenar las habitaciones. La noche que volvía Yunho, consideró seriamente si no sería mejor meterse en la cama y descansar.

Estaban todos en el salón, tratando de poner en pie el enorme árbol de Navidad que acababan de traer, cuando se abrió la puerta y entró Yunho. Una sonrisa suavizó sus duros rasgos al ver los esfuerzos de su doncel y sus hijos para sostener el  árbol.

-Veo que para algunas pequeñas tareas todavía hago falta -dijo en broma, atrayendo la atención de sus hijos.

Los niños abandonaron a Jaejoong y corrieron hacia Yunho. Él, fingiendo terror, cayó en la moqueta mientras Jiji y Hiro se abalanzaban sobre él gritando y riendo. El tercer miembro del trío gateó como pudo hasta alcanzar los pies de su padre.

Jaejoong observó la escena embobado, mientras las agujas del pino se le clavaban en la palma de las manos.

Fue en aquel preciso instante, al sentir una sensación de dulzura y afecto que jamás había experimentado, cuando se dio cuenta del valor que tenía su vida.

Amaba a su familia. Amaba el amor de su  familia.

Un amor sencillo que extendía sus lazos de unos a otros y que los unía hasta tal punto que, cuando un eslabón se rompía amenazando con romper la cadena, los demás volvían a unirse para formarlo otra vez.

El Yunho de aquella escena era el viejo Yunho. No el que estaba tan cansado que no tenía tiempo de echarse en el suelo para jugar con sus hijos, para disfrutar  de ellos.

Leo estaba sentado sobre él, golpeándole el pecho con los puños.

-Me rindo, me rindo -decía Yunho, mientras Hiro le sujetaba por los brazos para que Jiji pudiera hacerle cosquillas sin piedad. Los dos niños sabían que Yunho no podía hacer ningún movimiento para salvarse mientras tenía a Leo sentado sobre él- ¡Ayúdame, Jaejoong! ¡Necesito ayuda!

Jaejoong soltó el árbol, asegurándose de que no caería sobre ellos antes de ir a agarrar a Leo con un brazo y atacar a Jiji con sus propias armas, dejando que Yunho se las entendiera con Hiro. Al cabo de unos segundos, el padre había doblado el brazo de su hijo mayor sobre su espalda y no dejaba de darle besos.

-¡Puaj! -protestaba Hiro, pero, en realidad, disfrutando y riéndose como un loco.

No hay muchas formas de darle a un niño de seis años los besos que necesita, pero que no se deja dar. Yunho estaba empleando el mejor truco, porque se los daba jugando. Cuando dejó al niño en el suelo, estaba loco de felicidad, aunque sin dejar de hacer gestos de asco. Luego se moría de risa cuando su padre persiguió a Jiji, que no paraba de chillar, pero que, en realidad, estaba deseando que Yunho la abrazara y la cubriera de besos.

Leo observaba con una sonrisa de felicidad y Jaejoong se abrazó a él. El cálido cuerpo de su hijo lo reconfortó, aunque en realidad, lo que más deseaba era esperar a que le llegara el turno de que Yunho lo persiguiera también a él, como había hecho en  el pasado.

Que Yunho estaba pensando lo mismo quedó claro cuando dejó a Jiji en el suelo y miró a Jaejoong con incertidumbre. Él sintió una repentina timidez y le ofreció a Leo, agachando la mirada mientras Yunho se tumbaba en el suelo jugando con su hijo pequeño.

Precisamente en aquel instante, el árbol de Navidad comenzó a inclinarse. Jaejoong  lo atrapó a tiempo, pero se le echó encima. Otra mano, más grande y fuerte que la suya apareció de repente para sostener el árbol, volviendo a ponerlo recto con gran facilidad.

-Te ha arañado en la cara -dijo Yunho, tomándolo entre sus brazos y besándolo en la comisura de los labios y acariciándolo con la lengua- Hola -murmuró suavemente.

Jaejoong se sonrojó.

-Hola -respondió con voz grave.

Yunho lo besó de nuevo, con intensidad, ternura e intimidad. Fue un beso cálido y lleno de vida. Jaejoong cerró los ojos y se abandonó al abrazo de aquel cuerpo que conocía tan bien.

El sonido del timbre de la puerta los separó. Sus hijos se apresuraron a abrir, porque a aquella hora esperaban a Hyori.

-Tu madre va a llevarlos a oír villancicos -dijo  Jaejoong.

-¿Sí? -replicó Yunho distraídamente, sin dejar de mirar a Jaejoong intensamente- Mejor -añadió con un murmullo y lo besó de nuevo, suavemente. No se separó de él ni cuando su madre entró en la habitación.

Jaejoong ni siquiera la oyó. El amor que creía perdido para siempre palpitaba en el fondo de su ser, alimentando una deliciosa calidez en cada rincón de su cuerpo. Con un suspiro, que fue como el suave murmullo de una brisa, le acarició los brazos y enterró los dedos en sus cabellos.

Estaban sin respiración cuando se separaron. Yunho se volvió para saludar a su madre con una sonrisa. Hyori sonreía nerviosamente, pero la expresión de esperanza escrita en sus ojos, era inequívoca.

Al poner los anoraks a los niños, mientras Yunho estaba fijando la posición del árbol, Jaejoong recordó los cambios que había hecho en el piso de arriba. Se mordió el labio preguntándose cómo se lo diría, y pospuso el momento hasta que no tuviera más remedio.

Se despidieron de los niños y de su abuela desde la puerta. Yunho lo agarraba por la cintura mientras Hyori salía por la puerta del jardín empujando el cochecito de Leo y con los mellizos correteando a su lado y sin parar de hablar.

Yunho cerró la puerta. Después del alboroto anterior, el silencio parecía muy extraño.

-Ven conmigo mientras me cambio -dijo Yunho, ofreciéndole la mano a Jaejoong.

Jaejoong la agarró dócilmente y se dejó llevar escaleras arriba hasta su dormitorio. Allí, Yunho se separó de él con un suspiro y comenzó a desanudarse la corbata.

Jaejoong lo miraba desde el umbral de la puerta, retorciéndose las manos nerviosamente. 

-Yunho...

Él, que no lo oía, se dirigió al baño.

-Pero qué... -dijo saliendo disparado y mirándolo con asombro.

-Tenía que poner a mis padres en alguna parte -dijo Jaejoong, poniéndose a la defensiva-, y ésta era la única solución -dijo señalando la cama.

Había quitado del baño todos sus objetos personales y vaciado uno de  los armarios y había puesto su ropa con la de Yunho. Casi no había cabido, la había metido con tanta presión que tendría que plancharla otra vez antes de ponérsela, pero...

-¿Y dónde vamos a dormir tú y yo?

Jaejoong señaló las otras habitaciones con un gesto vago.

-He comprado dos camas. Una la he puesto en la habitación de Hiro y otra en la de Jiji. Tu madre puede dormir con Jiji.

La madre de Yunho siempre se quedaba a dormir con ellos la Nochebuena porque le gustaba ver a sus nietos abriendo los regalos el día de Navidad.

-Yo dormiré con Leo y tú con Hiro. Sólo son dos noches, Yunho -dijo apelando a su comprensión cuando lo vio a punto de explotar- Sabes que no podemos poner juntos a los mellizos o no se dormirán nunca. Están muy excitados y...

-¡Maldita sea! -exclamó Yunho-. ¿Qué te ocurre, Jaejoong? ¿Por qué tengo que dejarle mi cama a tus padres? ¿Por qué no pueden dormir en otra cama? ¿O haces esto porque quieres seguir vengándote de mí? Porque, si es eso, te aviso: creo que ya he sufrido bastante.

Jaejoong se indignó ante tal injusticia.

-¿Desde cuándo han sido mis padres un problema para ti? ¡Sólo vienen una vez al año! ¡Ten algo de consideración con ellos, por amor del Cielo! Saldrán para acá en cuanto cierren la tienda y harán el camino de un tirón. Empiezan a ser mayores, y no creo que sea muy cómodo para ellos dormir con los niños.

-¡No puedo creer que estés haciendo esto! -exclamó Yunho, demasiado enfadado como para atender a razones-. Vuelvo a casa después de una semana entera en Taiwán... ¡En Taiwán, por Dios Santo! -dijo como si se tratara del fin de la Tierra-. Buscando un poco de tranquilidad en mi propia casa. ¡En mi propia casa! Y me encuentro con que me ha echado de mi habitación mi propio doncel, un doncel vengativo que no encuentra bastantes maneras de... ¡No pasaría nada...! -continuó observando a un pálido Jaejoong-. No pasaría nada si la maldita casa fuera lo bastante grande para perderme en ella si me daba la gana. Pero como tú te negaste a mudarnos a una más grande, yo tengo que pagar las consecuencias. ¡Yo! Un maldito millonario viviendo en una casita de juguete con tres mocosos que no paran de hacer ruido y un doncel que...

Se interrumpió dirigiendo a Jaejoong, que estaba completamente pálido, una mirada furiosa.

-¡Maldita sea! -exclamó-. ¡Maldita sea! ¡Maldita  sea!

-¿Por qué no te vas a casa de HyungJoong? -le sugirió Jaejoong con voz temblorosa- ¡Puede que él te trate mejor!

Giró sobre sus talones y salió del dormitorio antes que Yunho pudiera decir algo más. ¿Creía que era vengativo? ¿Qué vivía en una casa de juguete? ¡Y a los niños! ¡Había llamado mocosos a sus hijos!

Recogió los platos donde habían cenado los niños y se dispuso a lavarlos. Podría haberlos metido en el lavavajillas, pero aquella actividad le daba la oportunidad de descargar su rabia.

Yunho apareció a sus espaldas y lo apretó contra el  fregadero.

-Lo siento -dijo besándolo en la nuca- No quería decir eso.

Jaejoong suspiró, restregando un plato de tal modo que el dibujo corría el riesgo de desgastarse.

-Entonces ¿por qué lo has dicho?

-Porque... -dijo Yunho, pero se interrumpió para seguir besando a Jaejoong en el cuello. -¿Porque qué? -insistió Jaejoong.

-Porque estaba decepcionado -dijo Yunho-. Porque he pasado toda la semana sin pensar en otra cosa que en esa maldita cama. Porque me sentía culpable por haber olvidado el problema de tus padres. Porque -dijo y se detuvo para dar un suspiro-, no quiero dormir con Hiro. Quiero dormir contigo. Quiero despertarme la mañana de Navidad y ver tu cara sobre la almohada. Porque... maldita sea, hay un millón de porqués. Pero todos desembocan en una sola causa. Me he puesto así porque me has quitado el único sitio donde me siento cerca de ti. Necesito esa cama, Jaejoong, la necesito.

Con un repentino sollozo, Jaejoong dejó caer el plato que estaba fregando y se dio la vuelta para apoyarse en el pecho de  Yunho.

-Oh, Yunho –susurró-. Estoy tan triste.

-Lo sé -dijo Yunho con un suspiro abrazándolo y acariciando su espalda. Apoyó su cabeza en la de Jaejoong y, una vez más, su cuerpo se convirtió en su refugio.

Finalmente, Jaejoong consiguió calmarse y Yunho lo agarró por la barbilla para examinar su rostro. Él lo dejó, tan silencioso y petulante como Jiji.

-Mi madre me va a matar si te ve así -dijo Yunho sonriendo- una mirada y me acusará sin escucharme.

Jaejoong, a su pesar, le devolvió la sonrisa. Pero Yunho tenía razón. Hyori siempre  se ponía de su lado cuando discutían, tuviera razón o no.

-¿Me perdonas? -le preguntó Yunho, apartándole el pelo de la cara- Vamos a firmar una tregua, Jaejoong. Vamos a ser felices estas Navidades. Incluso cederé nuestra maldita cama si eso te hace feliz.

-¿Quién ha dicho que me haga feliz? -objetó Jaejoong, metiendo las manos en el pantalón de Yunho para buscar un pañuelo. Rozó con los dedos sus genitales y Yunho dio un respingo.

-No me provoques, pequeño -lo acusó Yunho asombrado, porque sabía cuál era su intención. Y sonrió al comprobar que allí estaba el viejo Jaejoong, el que pensó que había perdido para siempre- Vamos a firmar una tregua, Jaejoong -le rogó con voz ronca- Por favor.

-¡Has llamado mocosos a los niños!

-¿He  dicho eso?  -dijo Yunho,  y parecía sinceramente sorprendido.  

-¡Y mucho más!

-Me pregunto por qué no me has tirado nada -murmuró Yunho-. ¿Me perdonas? Jaejoong consideró la propuesta, complacido por el modo en que Yunho le acariciaba el cuello y las mejillas. -¿De verdad eres millonario? -le  preguntó.

-¿También he dicho eso? Debo haberme vuelto loco.

-¿Lo eres? -insistió Jaejoong.

-Si te digo que sí, ¿voy a ganar un poco más de respeto en esta casa? -dijo Yunho con una sonrisa. 

-Tal vez. 

-Entonces, sí. Tienes a un millonario delante de ti. Tal vez a un multimillonario, añadiré, sólo para conseguir un poco más de respetabilidad, ya sabes -dijo con buen humor.

Jaejoong se sintió dolido porque sabía que le estaba diciendo la verdad. Yunho era un hombre muy rico y él ni siquiera lo había sabido. Para él no era más que Yunho, el hombre al que llevaba amando toda su vida.

-¿Una tregua? -le preguntó Yunho, rozando su boca con los labios.

-Sí -murmuró Jaejoong y cerró los ojos.

-¿Por mis millones?

-Por supuesto -dijo Jaejoong sonriendo-. ¿Por qué otra cosa iba a ceder?

Yunho se rió, porque, si conocía en algo a Jaejoong, sabía que no era interesado. Lo besó en la frente y se dio la vuelta agarrándolo de la mano.

-Entonces, ven y charla conmigo mientras me cambio -le  dijo.

La habitación estaba bañada, como de costumbre por una tenue luz anaranjada.

-Esta noche, por supuesto, podemos dormir en nuestra cama -comentó Jaejoong distraídamente, y recibió una palmadita en las nalgas.

Entraron en el cuarto de baño riendo.

Fueron unas Navidades felices, tranquilas, alegres, pero terminaron enseguida. Llegó el momento en que Jaejoong tuvo que decidir si iba a volver a las clases de Yoochun. Yunho no hizo ningún comentario, pero Jaejoong no tuvo la menor duda de su opinión al ver su cara cuando lo sorprendió con su bloc de dibujo. Además, él se negó a comentárselo porque quería que fuera una decisión exclusivamente  suya.

Muy lentamente, volvieron a ser dos extraños que vivían bajo el mismo techo. Jaejoong pensaba que el noventa por ciento de la culpa la tenía el hecho de que no había conseguido una relación satisfactoria en la cama. Yunho era un hombre muy sensual y su propia y continua incapacidad para entregarse por completo debía desafiar su virilidad. Odiaba las restricciones que imponía: la oscuridad, el silencio, su reticencia a dejarse llevar por sus sensaciones. Jaejoong temía que, si no podía solucionarlo, una vez más, él se fuera en busca de la satisfacción a alguna otra parte.

¿Lo abandonaría alguna vez aquel miedo? Se  preguntó una mañana, después de una noche especialmente desastrosa.

Yunho había sufrido tanto como él después de su aventura con HyungJoong, pero saber que podía volver a caer en la tentación cuando la presión fuera demasiado fuerte, acababa con la confianza que Jaejoong necesitaba para volver  a sentirse seguro con él.

Jaejoong era presa de una terrible inseguridad, una inseguridad que lo mantenía continuamente irritado. Volvió a tener dolores de estómago, unos dolores que ya duraban meses.

Y, cuando pensaba en aquellos meses, se le helaba la sangre en las venas.