CAPÍTULO 5
La madre de Yunho empezó a pasar más tiempo con Jaejoong. No mencionaba el domingo que su nuero había pasado en Seúl, pero el hecho estaba allí, aguardando tras sus cuidadosos gestos, tras la cautela con que abordaba ciertas conversaciones.
Hyori estaba orgullosa de su hijo. Era un hombre, que se había hecho a sí mismo, que había triunfado a pesar de las dificultades. Pero no estaba ciega ante lo que la tentación podía suponer para un hombre del calibre de Yunho. Era un hombre perspicaz, inteligente y lleno de vida. Con treinta y dos años, ya era respetado en la comunidad de ejecutivos.
La profunda mirada de sus ojos grises y su habilidad para hacer dinero donde no lo había, lo hacían muy interesante para las mujeres y los donceles. Y, aunque nadie le había dicho nada de por qué el matrimonio de su hijo atravesaba por tiempos difíciles, no era tonta y tenía una idea bastante acertada de la verdad. Así que decidió pasar más tiempo con Jaejoong, para ofrecerle su apoyo moral. Jaejoong, se lo agradecía, porque había llegado a la dolorosa conclusión de que, en el mundo extraño en el que había empezado a vivir, ella era su única amiga.
Se sentía decepcionado consigo mismo por haberse dejado llevar hasta convertirse en una persona vacía. Su hogar, que antaño era su orgullo y su gozo, se había convertido en continuo objeto de sus críticas. Podía ser un buen lugar para él, pero no para Yunho. Su avance en la vida merecía una casa mayor, una que reflejara sus éxitos. Jaejoong no dejaba de atormentarse recordando las muchas veces que Yunho le había comentado que quería mudarse a una casa más grande, mejor. Tal como había empezado a considerarlo últimamente, lo comprendía perfectamente. No había duda de por qué no había llevado a aquella casa a ninguno de sus amigos: debía avergonzarse de su hogar.
Pero Jaejoong también se sentía furioso con su marido por no abrirle las puertas de su mundo. Tal vez fuera culpable por permanecer ciego a lo mucho que él había cambiado, pero él tenía parte de culpa por esconderlo, como si fuera un incómodo secreto que no convenía a su imagen de triunfador.
La ira se convirtió en resentimiento y el resentimiento en una inquietud que lo hacía irritable e impaciente, hasta el punto de que hasta sus hijos estaban alerta para evitar sus reacciones intempestivas.
«¿Quién eres, Jaejoong?», se preguntó una noche que Yunho volvía tarde del trabajo, después de muchas semanas en que había vuelto a las seis y media en punto. La tardanza de su marido aumentaba su inquietud. Necesitaba que Yunho estuviera allí para experimentar cierta paz.
«No puedes echarle a Yunho la culpa de todo», se decía. «Has vivido en una nube, tan encerrado en tu pequeño mundo que ni siquiera te has preguntado cómo era el de tu marido. Sabías que acudía a muchas comidas de negocios, que tenía que moverse en ciertos círculos si quería estar al día, pero no te preguntaste si debías preocuparte por entrar con él en ese mundo, ni siquiera te preocupaste de escucharlo y apoyarlo.»
Se dio cuenta de que ni siquiera sabía que la compra de TVXQ'S se había consumado hasta que Boa se lo dijo. Aún más, sólo se enteró de que quería comprar TVXQ'S cuando la madre de Yunho salió en su defensa una noche que él se quejaba de que volvía demasiado tarde a casa.
-¡Está ocupado con la compra de TVXQ’S! -había exclamado molesta- ¿No te das cuenta de que es muy importante que consiga ese negocio?
La verdad era que no podía darse cuenta, porque no sabía de su existencia, pero lo más triste era que todavía no se había preocupado de averiguarlo. ¿Qué futuro tenía un matrimonio que no compartía más que una casa, una cama y tres hijos?
-Ni siquiera soy guapo -dijo con un suspiro, mirándose al espejo una mañana.
«Al menos, no en el sentido clásico, supongo», se dijo sin dejar de mirarse al espejo. «Mi figura no está mal, sobre todo, teniendo en cuenta que he tenido tres hijos. Tengo unas piernas bonitas, pero no tengo una cara que llame la atención. No es la cara que se espera del doncel de Yunho Jung. Tengo los ojos demasiado grandes y la nariz demasiado pequeña, la boca no está mal, pero mi mirada es demasiado vulnerable.»
Hizo una mueca de disgusto.
«¡Y mira qué pelo!», se dijo acariciando su larga melena dorada. «¡No he cambiado de peinado desde que tenía la edad de Jiji! ¡Incluso la ropa que me pongo es demasiado juvenil!»
«Pues haz algo para cambiar», le dijo con impaciencia una voz interior.
-¿Por qué no? -susurró con un impulso desafiante- Voy a decirte una cosa, Leo -dijo dándose la vuelta y hablando a su hijo pequeño, que jugaba en la moqueta- ¡Me voy de compras! Vamos a ver si la abuela puede cuidar de ti, y si no puede, pues... pues llamaremos a papá y que se ocupe él, por un día no le va a pasar nada -dijo y se mordió el labio, exactamente igual que hacía su hija Jiji cuando tomaba una decisión.
Pero la madre de Yunho aceptó cuidar a su nieto con alegría, lo que en cierto modo contrarió a Jaejoong. De alguna manera, le atraía la idea de entrar en el ultra moderno edificio de oficinas donde Yunho tenía el despacho y dejarle a Leo en brazos. «Aunque, sin embargo», pensaba mientras se dirigía en taxi al centro de Seúl, «una cosa es imaginarlo y otra muy distinta hacerlo».
Se sentía feliz y esperaba que aquella sensación le durara algún tiempo.
¿Era tan malo no tener otra ambición que ser una buena madre y esposo? Siempre había amado su trabajo, que consistía en cuidar de sus tres hijos, escucharlos, jugar con ellos o, simplemente, disfrutar de ellos.
Y de Yunho. Yunho podía ser un león en la jungla de los negocios, pero Jaejoong sabía que la tensión desaparecía de su cuerpo en cuanto llegaba a su casa y encontraba a su pequeña familia con sus pequeños problemas, esperando que él los solucionara.
Muchas noches llegaba agotado y con el semblante serio, con el rostro de un cazador implacable, pensó Jaejoong en aquellos momentos-, pero en menos de media hora, estaba tumbado en el suelo jugando con los gemelos o viendo la televisión. Se compenetraba absolutamente con ellos y podía llegar a pelearse con Hiro por un juego de ordenador, y no tenía la menor señal de tensión ni de pesadumbre, tan sólo aquella sonrisa infantil igual a la de su hijo, que decía que había abandonado el mundo de los negocios para sumergirse en el feliz alivio que le ofrecía su familia.
Jaejoong se preguntaba si el mismo proceso funcionaba a la inversa, ¿le era tan fácil desprenderse de su papel de padre y esposo cada vez que salía para irse a trabajar? ¿Era un alivio para él volver a aquel otro mundo mucho más excitante, ser el gran hombre con poder sobre otros y verse tratado de forma especial? ¿Se convertían su pequeño doncel y sus tres hijos en poco más que nada una vez que volvía a aquel escenario sofisticado lleno de gente inteligente y sofisticada, con ropa sofisticada y sofisticadas conversaciones?
Sofisticado, se repitió por enésima vez, en eso se había convertido Yunho, en un hombre maduro y sofisticado. Mientras, él se había estancado.
Se odió a sí mismo por haber dejado que ocurriera y odió a Yunho por obligarlo a ver sus propios defectos, porque eso significaba que él tenía que asumir parte de culpa por lo que les estaba ocurriendo.
Jaejoong sintió un inexplicable alivio al no ver el BMW negro de Yunho cuando el taxi lo dejó en casa a las seis en punto de la tarde.
Iba tan cargado con bolsas y paquetes que tuvo que llamar al timbre con el codo.
-¡Cielo Santo! -exclamó la madre de Yunho, abriendo la puerta y mirando a su nuero con asombro.
Jaejoong siguió hacia el interior sin detenerse.
-¡Cielo Santo! -volvió a exclamar cuando, una vez en el interior de la casa, Jaejoong dejó caer los paquetes a sus pies.
-¿Qué te parece? --preguntó Jaejoong con incertidumbre.
El Jaejoong que había abandonado su hogar una hora después que su marido no era el mismo que estaba ante su suegra.
Se había cortado el pelo en un óvalo alrededor de la cara, hasta la altura de la barbilla. Lo habían maquillado de modo que quedaran realzados los hermosos rasgos que él no creía tener. Tenia un aspecto tan natural que era imposible decir cómo le habían arreglado los ojos y la boca para que, de repente, llamaran tanto la atención.
Pero aquello no era todo. Ya no llevaba el abrigo de lana azul pálido y los vaqueros con que había salido aquella mañana. En su lugar, llevaba el traje de chaqueta de lana más exquisitamente cortado que Hyori había visto. Era de color marrón pálido y se ajustaba perfectamente a su figura. Se abrochaba con dos filas de botones de un marrón más oscuro en la pechera y estaba adornado con tres botones en cada puño. También llevaba unas botas de ante por debajo del tobillo y un bolso a juego.
-Creo -dijo Hyori- que lo mejor será que preparemos una bebida fuerte para cuando mi hijo vuelva a casa.
Hyori no podía saberlo, pero había dado la respuesta que más podía satisfacer a Jaejoong, que había ido adquiriendo una actitud más desafiante a medida que pasaba el día.
Se abrió la puerta y entró Hiro.
-¡Uauh! -exclamó, y Jaejoong sonrió de oreja a oreja como un idiota. El tiempo que había empleado preocupándose por la reacción de sus hijos ante el nuevo aspecto de su madre, había sido tiempo perdido.
-¿Qué hay en los paquetes? -preguntó Hiro, despreocupándose de Jaejoong como si fuera el mismo de siempre.
Al cabo de diez minutos, el suelo del cuarto de estar estaba cubierto de paquetes medio abiertos y Jiji no paraba de corretear luciendo un collar de cuentas rojas que su madre le había comprado. A Leo le había traído un juego de piezas de construcción, pero lo que más le gustaba era la caja de cartón, que estaba destrozando poco a poco. Para Hiro había comprado un nuevo juego de ordenador, y ya estaba jugando con él en su habitación cuando llegó Yunho.
Yunho se detuvo en el umbral de la puerta y se quedó mirando. La actividad en el cuarto de estar se detuvo. Jiji dejó de corretear para observar su reacción y su madre dejó de recoger los envoltorios, mientras Jaejoong se ponía en pie incómodamente y lo miraba con una mezcla de desafío y súplica.
Fue Hyori quien rompió la tensión del momento.
Recogió a Leo de la moqueta y agarró a Jiji de la mano.
Pero Jaejoong no prestaba atención a sus hijos, estaba pendiente de Yunho, que lo observaba con una inescrutable expresión.
Una tenue sonrisa se dibujó por fin en el rostro de Yunho. Jaejoong se quedó muy sorprendido, porque era la misma sonrisa con que se había acercado a él la noche que se conocieron, una sonrisa ambigua. Jaejoong se irguió con una expresión definitivamente desafiante.
-Vaya, vaya -dijo Yunho-, ya veo que ha comenzado la segunda etapa.
¿La segunda etapa? ¿De qué diablos estaba hablando? Se preguntó Jaejoong.
-¿Vas a salir? -preguntó Yunho-. Vas a tener que perdonarme, Jaejoong, pero, si me has dicho que tenías planes para salir esta noche, creo que me he olvidado por completo.
Jaejoong frunció el ceño. Sabía que Yunho no decía nada al azar, y se preguntaba qué quería decir con aquel «¿vas a salir?» y el «segunda etapa», cuando sabía muy bien que no iba a ninguna parte.
Le quedó claro que no iba a hacer ningún comentario sobre su nuevo aspecto. Tal vez no le gustaba, tal vez prefería su versión aburrida, la que no le causaba ningún problema, la que sabía el lugar exacto que ocupaba en el ordenado mundo de Yunho y no pensaba salir de él.
Jaejoong pensó que lo que tal vez le ocurría a Yunho era que no las tenía todas consigo, y experimentó una sensación de triunfo. Tal vez su pregunta fuera sincera.
-Y si estuviera pensando en salir, ¿qué harías? -le preguntó.
La pregunta provocó de nuevo la sonrisa irónica de Yunho. Al verla, Jaejoong se estremeció llena de frustración.
-Supongo que preguntarte con quién sales -respondió Yunho, que sabía jugar mejor que él al juego de las ambigüedades.
-¿Para ver si tu doncelito sale con buenas compañías?
-Pero, entonces, ¿vas a salir? -preguntó Yunho, apretando los puños- ¿Con quién? ¿Con un hombre?
Jaejoong no cabía en sí de satisfacción.
-Cuando tú sales, no me dices con quién, no sé por qué tengo que hacerlo yo -dijo con frialdad.
Yunho frunció el ceño y miró a Jaejoong como diciéndole «Ten cuidado».
-No te burles de mí -le dijo-. Dame un nombre, sólo quiero un nombre.
Era una conversación completamente estúpida -pensaba Jaejoong-, ya que él no iba a ninguna parte.
-No hay ningún nombre -murmuró, furioso por la facilidad con que Yunho había estropeado aquel día tan feliz para él. Paseó la mirada por los paquetes esparcidos por el suelo, sin encontrar en ellos ninguna satisfacción- Acabo de llegar, no iba a ninguna parte.
A Yunho le había bastado con ver los paquetes y las bolsas para darse cuenta. ¿A quién quería engañar, fingiendo con una pequeña mueca de sorpresa que no los había visto hasta aquel momento?
Yunho se acercó al paquete que tenía más próximo, una caja larga y plana que todavía estaba sin abrir. Aprovechando que Yunho le dejaba libre el paso, Jaejoong tomó su bolso nuevo y se dirigió hacia la puerta tristemente decepcionado.
-¿Qué es esto? -preguntó Yunho.
Jaejoong se encogió de hombros, tan arrogante como su hija cuando no obtenía la respuesta que quería.
-Un traje -respondió de mala gana.
-¿Y esto? -preguntó Yunho, señalando otra caja con el pie.
-Ropa interior -respondió Jaejoong ruborizándose, porque la caja rebosaba con la ropa interior más cara que Jaejoong había visto en su vida.
-¿Y esto?
-Dos conjuntos -replicó y lo miró con resentimiento-. ¿Por qué? No irás a echarme la bronca por haber gastado demasiado, ¿verdad? ¡Fuiste tú quien me dio todas esas tarjetas de crédito! Una para cada gran almacén de Seúl, creo.
Jaejoong no las había utilizado nunca. Hasta aquel día, no se había dado cuenta de las delicias que podían ofrecerle.
Yunho ignoró el comentario.
-Es un traje que merece una cena en uno de los restaurantes más caros de Seúl, tal vez con un poco de baile después, ¿no te parece?
Jaejoong se estremeció y miró a Yunho a los ojos, sin acabar de comprender.
-¿Me estás invitando a cenar? -preguntó con tanta inocencia que Yunho no pudo evitar una sonrisa irónica.
-Sí -asintió con cierta burla.
Jaejoong tuvo la impresión de que su ingenuidad le parecía algo muy divertido. Se sonrojó y deseó que lo tragara la Tierra antes que continuar con aquella tortura. Por lo visto, Yunho no podía tomar en serio nada de lo que él hacía.
-Sí, Jaejoong -repitió Yunho con mayor amabilidad, como si se hubiera dado cuenta de la inquietud de Jaejoong y lamentara haberla causado- Te estoy preguntando si te gustaría que saliésemos a cenar esta noche.
-Ah -exclamó Jaejoong desconcertado y sin saber qué responder.
Se alegró de oír a Hiro bajar corriendo por las escaleras, como un alud. Pasó a su lado como una exhalación y saltó a los brazos de su padre.
-¡Hola! -exclamó- Mamá me ha comprado un juego nuevo -prosiguió con excitación- ¿Puedo bajado y ponerlo en la televisión? Es un simulador de vuelo y hay que aterrizar y despegar en un tornado.
-¿Por qué no? -dijo Yunho sonriendo sin dejar de mirar a Jaejoong-. Si a tu abuela no le importa, puedes bajarlo. Tú madre y yo nos vamos a cenar.
-¿Os vais a cenar los dos juntos? -exclamó Hiro, tan sorprendido como Jaejoong- ¡Qué bien! -agregó mirando a su madre- Papá te lleva a cenar en vez de ir tú solo como el otro ...
-Hiro -dijo su padre. El niño se calló. Jaejoong se sintió muy incómodo.
-A lo mejor tu madre no puede quedarse -dijo.
Sabía que Yunho sólo lo había invitado a cenar al ver todas las molestias que se había tomado para cambiar de aspecto- Ha estado aquí todo el día y no me parece bien que ...
-No importa -dijo Hyori, viniendo por el pasillo. Jaejoong se dio la vuelta. Hyori y Jiji estaban allí.
Tuvo la sensación de que en aquella casa no había la menor intimidad.
-Por supuesto que importa -dijo- Has estado aquí todo el día y yo...
-Llévalo a un sitio bonito -dijo Hyori, ignorando las protestas de Jaejoong. Jaejoong suspiró con impaciencia, sabiendo que su opinión importaba poco.
-Creo recordar que no he dicho que quiera salir -dijo.
-Claro que quieres salir -intervino Hyori-. Así que recoge todas esas cosas y súbetelas. ¡Jiji y Hiro, ayudad a vuestra madre!
Jaejoong exhaló un suspiro de resignación. A no ser que quisiera contarles a todos sus razones para no salir con Yunho, no tenía más remedio que hacerlo.
Los niños obedecieron inmediatamente. Recogieron varios paquetes y salieron, dejando que Jaejoong recogiera el resto. Cuando estaba al pie de la escalera, oyó la voz de Hyori.
-Si quieres saber mi opinión, Yunho, ya era hora de que salieseis juntos. Y no estaría de más que empezaras a llevarlo a esas cenas donde conoces a tanta gente del mundo de los negocios.
Jaejoong se había detenido en las escaleras y esperaba con curiosidad la respuesta de Yunho, pero cuando habló no pudo distinguir sus palabras.
Sin embargo, a Hyori se le entendía perfectamente. -¡Tonterias! -replicó-. ¿Cómo sabes que no le va a gustar cuando no le has dado la oportunidad de averiguarlo? Tu problema, Yunho, es que lo tienes tan envuelto entre algodones que no le dejas descubrir lo que realmente quiere de la vida.
¿Era eso lo que Hyori pensaba?, se dijo Jaejoong. En realidad, él creía que siempre había sabido lo que quería de la vida, ser una buena madre y un buen esposo. Eso era todo. No era algo ni muy excitante ni muy ambicioso. Sólo quería ser un buen esposo para el hombre al que amaba y una buena madre para unos hijos a los que adoraba. ¿Qué tenía eso de malo?
-y te digo algo más -continuó Hyori-. No sé qué es lo que ha pasado para que ese pobre chico tenga roto el corazón, pero sé que ha sufrido mucho y me imagino de quién es la culpa.
A Jaejoong le dio un vuelco el corazón. Lo invadió una terrible sensación de desolación, como ocurría siempre que recordaba la llamada de Boa.
-Sigue mi consejo, hijo, y sé muy cuidadoso a partir de ahora, porque si alguna vez Jaejoong… Jaejoong subió las escaleras precipitadamente. No quería saber lo que podría ocurrir «si alguna vez Jaejoong...» Lo que le ocurría era ya bastante doloroso como para preocuparse si alguna vez...
Como dice la Trevi, "y me solté el cabello, me puse tacones... 🎶🎵🎼"..., Jae demuéstrale a Yunho y todas (os) esos ofrecidos que no hay quien te iguale en belleza, ni Yunho siquiera... 😆😆😆🤗❤️
ResponderEliminarGracias!!! ❤️💕💞