domingo, 27 de octubre de 2019

Infidelidad

CAPÍTULO 3




Al llegar el fin de semana, los mellizos se dieron cuenta de que algo extraño sucedía. Y, como siempre, fue la observadora y callada Jiji quien quiso saber qué  era.

-¿Por qué estás durmiendo en la habitación de Leo, mamá? -preguntó el domingo   por la mañana mientras toda la familia estaba reunida en la cocina, desayunando.

La niña lo había descubierto porque aquella mañana Leo había dormido hasta más tarde de lo acostumbrado, con lo cual, su madre también se había despertado tarde. Después de pasar varias noches durmiendo mal en una cama demasiado pequeña y atormentado por sus pensamientos, estaba exhausto; la noche  anterior, para su alivio, había conciliado el sueño nada más meterse en la cama, y no se había despertado hasta que Hiro entró en la habitación. Pero no se sentía mucho mejor que los días anteriores, Porque, si dormir había servido para dar descanso a su cuerpo, su mente no había reposado en absoluto. Sabía qué había soñado, pero, desde luego, sus sueños no habían aliviado el peso de su corazón, ni su rabia, ni su amargura. Incluso se aborrecía    a sí mismo por no hacer nada para remediar la situación. Yunho le había aconsejado que no tomara ninguna decisión hasta que no estuviera un poco más tranquilo -hasta que dejara de ser la criatura patética en que se había convertido-, pero aquel consejo sólo le servía como excusa para no enfrentarse a la realidad.

Yunho no tenía mejor aspecto que él, su rostro reflejaba la misma tensión.  Desde la noche fatídica de la llamada de Boa, había estado llegando a las seis y  media todos los días. Jaejoong sospechaba que se debía más a que lo había criticado como padre que al deseo de demostrarle que su aventura había  terminado.

Llegaba a tiempo de bañar a los niños y meterlos en la cama mientras él preparaba la cena. En apariencia, su vida transcurría normalmente, y los dos hacían un gran esfuerzo por que los niños no se enteraran de sus  problemas.

Cada noche, durante la cena, Yunho hacía algún intento por mantener una conversación, pero Jaejoong permanecía en silencio, de modo que él desaparecía en su estudio en cuanto terminaban de cenar. Jaejoong recogía la mesa y subía a acostarse a la habitación de Leo, sintiéndose cada día un poco más solo, un poco más deprimido.

Saber que su marido lo engañaba había supuesto para él un golpe brutal que había conseguido anular su voluntad, de modo que su vida transcurría en una lenta monotonía y no se daba cuenta de lo que hacía. Yunho lo observaba, serio y en silencio, esperando que Jaejoong saliera de su letargo y  estallara.

En aquellos momentos, la pregunta de su hija lo devolvía a su cruda situación. Se sonrojó ligeramente, y se las ingenió para dar una respuesta  coherente.

-A Leo le están saliendo los dientes otra vez. 

Yunho arrugó ligeramente el periódico que estaba leyendo, y Jaejoong se dio cuenta de que estaba escuchando. Y puede que también lo estuviera mirando de reojo. Él no lo miró. En realidad, le importaba muy poco lo que pudiera hacer.

Rubia y con ojos azules, Jiji tenía, además, la misma mirada inteligente de su madre. Asintió, como si comprendiera perfectamente lo que decía Jaejoong. Los dientes  de Leo habían sido un tormento para todos en las noches anteriores. Aunque a Jaejoong no se le había ocurrido irse a dormir a su habitación. Pero aquello no se le había ocurrido a Jiji, que prestaba atención a su querido  padre.

-Seguro que echas de menos no poder abrazar a mamá, ¿verdad, papá? -dijo bajándose de la silla y acercándose a Yunho-. Si me lo hubieras dicho, habría ido a darte un abrazo -dijo y fue a sentarse sobre las rodillas de su padre, sabiendo que  sería bien recibida.

La tensión se apoderó de la habitación.

-Muchas gracias, mi reina -dijo Yunho, doblando el periódico para prestar  atención a su hija- Pero creo que puedo estar solo unos días más antes de que me  sienta completamente triste.

Si aquel comentario iba dirigido a él, Jaejoong lo ignoró, y  siguió sentado bebiendo café, sin revelar el esfuerzo que le costaba.

Observó a Yunho, allí sentado, con su albornoz azul, que dejaba al descubierto la mata de vello que le cubría el pecho. Besó a Jiji en la mejilla y esbozó una sonrisa tan encantadora que a Jaejoong se le hizo un nudo en el estómago, como si tuviera celos de su bija.

¿Celos de su propia hija! ¿Cómo era posible tanta amargura?

No pudo evitar dar un respingo mientras recogía los platos. Yunho lo miró y él le devolvió la mirada. Yunho debió ver algo en sus ojos azules, porque frunció el ceño. Jaejoong se dio la vuelta de inmediato. Estaba incómodo y  desconsolado.

Pero su marido y sus hijos parecieron ignorar su reacción. Hiro intervino en la conversación que Yunho estaba teniendo con Jiji, e incluso Leo insistió en que le sacaran de su silla. Yunho lo sacó y lo sentó sobre sus rodillas,  mientras el niño alegraba la conversación con sus particulares gorgojeos. Jaejoong no pudo soportarlo. Había algo en aquella atmósfera de cariño que le ponía los nervios de punta. Se sentía incapaz de unirse a ellos, como habría hecho normalmente. HyungJoong se lo impedía. Su  imagen era como un muro infranqueable que lo separaba de su familia, del afecto y el amor de los suyos.

Dejó de fregar los platos, porque corría el riesgo de romper alguno y salió de la cocina diciendo entre dientes:

-Voy a hacer las camas.

Nadie lo oyó y se sintió aún peor, más apartado de su familia.

Estaba en su dormitorio, el dormitorio de Yunho y él, mirando al vacío, cuando entró Yunho. Con un gesto nervioso se dirigió al baño, tratando de aparentar que eso estaba haciendo cuando Yunho abrió la puerta. Cuando salió, Yunho seguía allí, al lado de la ventana y con las manos metidas en los bolsillos. Era alto y gallardo y, en aquel momento, estaba tan atractivo que a Jaejoong le daban ganas de tirarle algo, de hacer cualquier cosa para mitigar su profundo dolor.

Haciendo un esfuerzo por ignorar su presencia, comenzó a arreglar la habitación. Se acercó a la cama, que, desde la llamada de Boa, se había convertido en el mueble más odioso de la casa. Cada día era más difícil estirar las sábanas, ahuecar las almohadas, cubrirla con la colcha. Olía a Yunho, a su olor limpio  y masculino. Despertaba sus sentidos, que creía dormidos. Al contrario de lo que había esperado, su deseo por Yunho no había disminuido, sino todo lo contrario. La traición de Yunho no había provocado más que la odiosa actitud de estar siempre pendiente de él. El odio alimentaba el deseo, y el deseo hacía su tormento todavía  mayor.

Yunho se dio la vuelta lentamente y observó a  Jaejoong.

Al cabo de un rato, cuando el silencio comenzaba a hacerse insoportable, se acercó a él y se interpuso en su camino. -Jaejoong... -dijo con suavidad.

Jaejoong permaneció con la cabeza agachada, sin querer mirarlo a los  ojos.

-¿Te acuerdas de que tengo que pasar la semana que viene en Tokio?

No, no se había acordado hasta aquel momento. Sirvió una ira repentina al comprobar que Yunho anteponía sus negocios a su vida privada, cuando ésta estaba en crisis

-¿Qué te meto en la maleta?

¿Iba a ir HyungJoong con él? ¿Iban a dormir en la misma habitación? ¿Iban a pasar    toda una preciosa semana sin que nadie les interrumpiera?

Le palpitaba el corazón, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no retroceder para apartarse de él. Retroceder habría sido como otorgarle una especie de victoria, así que se quedó donde estaba, sin mirarlo, con el semblante pálido.

Físicamente, no habían estado  más cerca desde la noche en que todo estallara por los aires. Jaejoong sintió escalofríos.

-Cualquier cosa -replicó Yunho con impaciencia. Jaejoong solía hacerle la maleta siempre que él se marchaba de viaje. Y le encantaba hacerlo, guardar sus camisas, contar los pares de calcetines, la ropa interior, meter algunos pañuelos, las corbatas y los trajes. Incluso en aquellos momentos, mientras rogaba que se apartara de su camino para poder alejarse y con ganas de decirle que se hiciera él la maleta, no podía evitar hacer, mentalmente, una lista con todo lo que necesitaba.

Yunho permaneció inmóvil, y la tensión entre ellos se hizo intolerable. No se atrevía a decir nada por miedo a que Jaejoong lo utilizara en su contra.

-¿Vas a estar bien? -preguntó por fin- Puedo llamar a mi madre para que se quede contigo, si no quieres quedarte solo, si te hace falta compañía, o…

-¿Y por qué me iba a hacer falta compañía? -le espetó Jaejoong, dirigiéndole una mirada penetrante- Nunca me ha hecho falta una niñera cuando te vas de viaje y no me va a hacer falta ahora.

Yunho apretó la mandíbula, pero mantuvo la tranquilidad.

-Yo no estaba poniendo en duda tu capacidad -dijo-, pero estás muy cansado y me preguntaba si, con todo lo que está pasando, no te vendría bien alguna ayuda.

«Muy cansado», se repitió Jaejoong, no estaba sólo cansado, estaba  agotado.

-¿Tu secretario va contigo?

Jaejoong se arrepintió de aquella pregunta nada más  hacerla.

-Sí, pero...

-Entonces no tengo por qué preocuparme por ti, ¿verdad?

-Jaejoong -dijo Yunho, dando un suspiro-, HyungJoong no...

-¡No quiero saberlo! --dijo Jaejoong empujándolo, prefiriendo rozar su cuerpo a permanecer  allí quieto por más tiempo soportando aquella conversación. 

-Entonces, ¿para qué me lo preguntas? -exclamó Yunho en voz alta e inmediatamente, hizo un gran esfuerzo por controlarse- ¡Jaejoong, tenemos que hablar!

Jaejoong estaba haciendo la cama. Apretaba los dientes y seguía con su trabajo porque era lo único que le quedaba por  hacer.

-No podemos seguir así -dijo Yunho-. ¡Tienes que darte cuenta! A Jiji le parece muy raro que duermas con Leo, lo que significa que, a partir de ahora, va a estar pendiente de nosotros, que va a vigilarte, a calcular los días que te quedas en la habitación de Leo...

-Y no debemos molestar a tu querida Jiji, ¿verdad? -exclamó Jaejoong, y se avergonzó al instante. ¿Cómo podía sentir celos de su propia hija? Pero era cierto, estaba horriblemente celoso de su hija, porque tenía el amor de su  padre.

-No pienso responder a eso, Jaejoong -dijo Yunho  sobriamente. Jaejoong terminó de hacer la cama, podía marcharse -Deja que te explique que  HyungJoong no... -dijo Yunho.

-¿Qué vas a hacer hoy? ¿Vas a quedarte en  casa?

-Sí -dijo Yunho, desconcertado-. ¿Por  qué?

-Porque yo tengo que salir y, si tú te vas a quedar, no tengo que llamar a tu madre para que se quede con los niños.

Por qué había dicho aquello, Jaejoong no podía saberlo.

Su decisión de salir no había sido una decisión consciente. Pero nada más decirlo pensó que pasar unas horas solo, completamente solo, era vital para su integridad mental.

Abrió el armario, impaciente por salir y alejarse de su familia, y sacó lo primero que encontró, su anorak impermeable. Yunho parecía un poco aturdido, y se limitó a quedarse allí de pie, observándolo.

-Jaejoong -dijo por fin-, si quieres salir, sólo tienes que decirlo.

Jaejoong no atinaba a cerrar la cremallera y se estaba poniendo cada vez más nervioso. «¿Es posible sofocar sus propias emociones?», se preguntaba. Porque creía que eso era precisamente lo que estaba  haciendo.

-Dame diez minutos y me voy contigo...

¡Los zapatos! ¡No se había puesto los zapatos! Se inclinó y revolvió en la parte baja del armario. Yunho seguía quieto en el mismo sitio, cada vez más  perplejo.

Jaejoong encontró sus botas de cuero negras y se sentó sobre la moqueta para ponérselas. Luego metió los pantalones en las botas con dedos  temblorosos.

-¡Jaejoong... no hagas esto! -dijo Yunho.

Jaejoong se dio cuenta de que estaba realmente afectado porque quisiera irse solo, su voz era grave y denotaba impaciencia.

-Nunca has salido sin nosotros, espera a que todos... -Jaejoong apenas lo oía. Pero Yunho tenía razón, nunca había salido solo. Si no con él, con los niños, o con su madre. Durante toda su vida adulta, había vivido bajo el amparo protector de otros. Primero sus padres, luego sus amigas y finalmente, Yunho. Sobre todo,  Yunho.

¡Pero por Dios, estaba a punto de cumplir veinticuatro años! Y allí estaba, convertido en ama de casa, cada día menos atractivo, con tres hijos y un marido que...

-¡Me voy solo! ¡No te va a pasar nada porque, por una vez, te quedes con los niños!

-¡No me estoy quejando de eso! -dijo Yunho, suspirando y  acercándose a él- Pero, Jaejoong, nunca habías...

-¡Exactamente -exclamó Jaejoong, apartándose de él-. Mientras tú te ocupabas de hacerte rico y de buscar a un amante, yo estaba sentadito en esta maldita casa, muriéndome de asco.

-¡No digas tonterías! -dijo Yunho, agarrándolo por la muñeca- Esto es ridículo, te estás portando como un niño.

-Precisamente, Yunho, de eso se trata, ¿no te das cuenta? -dijo Jaejoong, apelando a la comprensión a pesar de que lo que más deseaba era irse de allí cuanto antes- Eso   es exactamente lo que soy... un niño. Un niño al que han explotado, al que han herido profundamente. No he crecido porque no me han dado la oportunidad de crecer. ¡Tenía diecisiete años cuando me casé contigo! -le gritó- ¡No había terminado el colegio! Y antes de que aparecieras tú, mis padres me tenían entre algodones. Dios mío, qué decepción debió ser para ellos descubrir que su dulce y pequeño hijo se había estado acostando con el lobo feroz.- Yunho se rió. A Jaejoong no le sorprendió, sabía que su calificación era  tan acertada que no tenía más remedio que reírse si no quería llorar. -Y me quedé embarazado -prosiguió-, y cambié a unos padres por otros, tú y tu madre.

-Eso no es cierto, Jaejoong -protestó Yunho-. Yo nunca te he visto como un niño. Yo ...

-¡Mentira! ¡Eres un maldito hipócrita mentiroso! ¿Y sabes porqué sé que eres un mentiroso? Por el miedo que te da que yo quiera pasar algún tiempo solo.

-¡Esto es una locura! -dijo Yunho, negando con la cabeza, como si no creyera que aquella conversación pudiera tener lugar.

-¿Una locura? -repitió Jaejoong-. ¿Cómo crees que me siento sabiendo  que he dejado que me hicieras todo eso? Lo único que hice fue sentarme y dejar que me trataras como te daba la gana... y mira qué he conseguido. Veinticuatro años, tres hijos y un marido que se ha cansado de mí. Así que, por favor, deja que me vaya.

Con un sollozo, se apartó de él y salió de la habitación.

Corrió escaleras abajo, recogió el bolso de la mesita del recibidor y salió precipitadamente a la calle.

El BMW de Yunho cerraba el paso a su Ford Escort blanco, así que tuvo que irse a pie, alejándose de la moderna casa en la que vivían desde hacía cinco años. En una casa situada en una de las zonas más acomodadas de Seúl. Aquella  casa le encantaba porque les ofrecía mucho más espacio que el pequeño piso alquilado del centro de Seúl en el que vivían anteriormente.

Sin embargo, en aquellos momentos, lo único que quería era alejarse de allí lo más deprisa posible. Se apresuró por la acera, bajo la sombra de los árboles, sabiendo que Yunho no lo seguiría. Todavía tenía que vestirse y vestir a los niños, así que no podría detenerlo antes de que tomara el autobús.

El primero que llegó se dirigía al centro de Seúl.

Se sentó junto a la ventanilla y miró a través del cristal manchado de polvo y de gotas de barro. Se fijó en el parque al que solía llevar a los niños. ¿O eran ellos los que lo llevaban a él? No lo sabía, ya no estaba seguro de nada.

Se subió el cuello del anorak para protegerse del frío aire de septiembre, se metió las manos en los bolsillos y comenzó a pasear por Seúl, cuyas calles siempre estaban solitarias los domingos por la tarde. Estaba perdido en un mar de tristeza. Un mar más profundo a medida que un ojo interior se abría cada vez más para mostrarle cómo era el verdadero Jaejoong Jung.

Un doncel de veinticuatro años que se había estancado emocionalmente a la edad de diecisiete. Pensó que Yunho lo amaba porque había hecho el amor con él, y nunca se preguntó si lo quería realmente.

Pero había llegado la hora de hacerlo. Y, aunque la idea lo mortificaba, se daba cuenta de que sólo se había casado con él para aceptar su  responsabilidad por haberlo dejado embarazado.

Puede que Yunho considerara que estaba en su derecho de  llevar otra vida, aparte de la que ya llevaba con él. No cabía duda, se trataba de eso. Yunho quería llevar otra vida, una vida aparte de la que llevaba con  él.

Jaejoong se dio cuenta, en aquellos momentos en que su vida estaba al borde del precipicio, de que Yunho nunca había compartido con él aquella otra vida excitante y apresurada. Sólo había construido su matrimonio para él, para que  jugara a ser esposo y madre de sus hijos, porque era lo que él quería ser.

Pero, ¿acaso se trataba sólo de un juego, de una fantasía? No lo sabía, no podía saberlo.

Caminó durante horas. Horas y horas, sin darse cuenta del tiempo que pasaba. Tristes horas de reflexión, contemplando la intensidad de su propio dolor. Hasta que el más completo agotamiento lo obligó a regresar a casa. Estaba agotado y hacía frío, así que tomó un taxi.

De repente, su casa  se convirtió en el único lugar del mundo en el que quería estar.

Pero, al darse cuenta, experimentó una sensación de derrota, porque aquello significaba que sus horas de libertad no le habían hecho ningún bien.

lunes, 21 de octubre de 2019

Infidelidad

CAPÍTULO 2


Pasaron algunos minutos antes de que Yunho, se reuniera con él en el cuarto de estar. Necesitaba algún tiempo para prepararse para lo que iba a ocurrir. Jaejoong lo esperaba sentado pacientemente.

Curiosamente, estaba muy tranquilo. Su corazón latía a  un ritmo normal y tenía las manos apoyadas relajadamente sobre el  regazo.

Yunho entró. Se había quitado el abrigo y la chaqueta, y se había desanudado la corbata y desabrochado el cuello de la camisa. No miró a Jaejoong y se dirigió al mueble bar para servirse un whisky.

-¿Quieres uno? -le preguntó a Jaejoong.

Él negó con la cabeza. Yunho no repitió la pregunta, tampoco lo miró. Se sirvió una generosa cantidad de whisky y se sentó en el sofá, frente a  Jaejoong.

Dio un largo trago.

-Tienes una amiga muy fiel -dijo. «y un marido infiel», pensó  Jaejoong.

Yunho cerró los ojos. No lo había mirado desde que entrara en la habitación.  Estiró las piernas y tomó el vaso con ambas manos. Jaejoong se fijó en sus dedos: largos, fuertes y con las uñas perfectamente  cortadas.

Era un hombre fuerte y alto, y siempre aseado. Buenos  zapatos, trajes elegantes, camisas a medida y corbatas de seda. Estaba más pálido que de costumbre, pero su semblante, que reflejaba tensión, seguía siendo atractivo.  Sus rasgos eran bien formados y suaves, tenía la nariz recta y la boca delgada, en un gesto de determinación. Iba a cumplir treinta y dos años y siempre había sido muy masculino, aunque, con el paso de los años, habían ido aflorando otras facetas de su carácter.

Había adquirido una fuerza interior, que, tal vez, suele aparecer siempre con la madurez, y una nueva confianza y conciencia de la propia valía. Su rostro reflejaba su personalidad, es decir, la de un hombre acostumbrado a ejercer el poder y con la capacidad de superar eficazmente las dificultades. En su compañía, se tenía  la sensación de estar ante un hombre especial.

Otro rasgo eminente de su personalidad, pensaba Jaejoong, era su dominio de sí mismo. Yunho siempre había poseído una gran capacidad para controlar sus emociones, raramente perdía los nervios, raramente se irritaba cuando las cosas no marchaban como él quería. Ante los problemas, tenía la rara habilidad de olvidar los aspectos negativos y extraer lo más positivo de la  situación.

Aquél era el rasgo más sobresaliente de Yunho Jung, presidente de una organiYoochunión que, en pocos años, había crecido de  un modo extraordinario. Compraba pequeñas empresas que no marchaban bien y las reconvertía en filiales de la suya, logrando que obtuvieran grandes  beneficios.

y lo había hecho todo con sus propios medios. Manteniendo un delicado equilibrio entre el éxito y el desastre, aunque sin llegar a poner en peligro el bienestar de su familia, había construido un pequeño imperio. Por el  contrario, lo había rodeado de lujo, tanto como podía desear.

-Y ahora, ¿qué? -preguntó de repente, levantando los párpados y revelando la belleza de sus ojos grises y profundos.

Así que no iba a tratar de negar nada, se dijo Jaejoong.

Deseaba encontrar algo que decir, pero no sabía qué. -Dímelo  tú -dijo, todavía con aquella tranquilidad asombrosa.

Boa debía haberle dicho que temía que cometiera una locura como colgarse de una lámpara. Qué melodramático, qué novelesco. Pobre Boa, pensaba Jaejoong con simpatía, qué mal tenía que haberlo pasado.

-Es una zorra -gruñó Yunho.

La idea que tenía de Boa, obviamente, no se parecía a la de Jaejoong. Se inclinó hacia delante apretando el vaso de whisky entre las manos. Tenía el ceño fruncido y le temblaba un músculo de la mandíbula. Apoyaba los codos en las rodillas y no apartaba     la vista de la alfombra.

-Si no hubiera metido las narices, podrías haberte ahorrado todo esto. ¡Ya había terminado! -espetó- ¡Si supiera cerrar la boca, se habría dado cuenta de que todo había terminado! Esa zorra me la tenía jurada. Ha estado esperando a que cayera para hincarme el diente. Pero nunca pensé que caería tan bajo como para hacerlo a través de ti.

Era cierto, pensaba Jaejoong. Maldita Boa, ¿por qué se había metido donde no la llamaban?

-¡Di algo, por Dios! -gruñó Yunho.

Jaejoong parpadeó, porque Yunho nunca le había levantado la voz, y se dio cuenta de que, desde que Yunho había entrado, tenía los ojos fijos en él, pero sin verlo. Sólo se fijó verdaderamente en él en aquellos instantes, como si necesitara que sucediera algo para darse plena cuenta de lo que estaba ocurriendo. Aunque, en realidad, no deseara que sucediera por temor a echarse a llorar y derrumbarse.

«Así debe sentirse uno», se decía, «cuando muere un ser  querido».

-Quiero el divorcio -dijo.

Fue lo primero que le vino a la cabeza y se sorprendió tanto de oírlo como el propio Yunho.

-Tú puedes marcharte, yo me quedaré con la casa y los niños. No creo que tengas dificultades para mantenernos -añadió y se encogió de hombros. No cabía en sí de asombro ante su propia tranquilidad, cuando lo normal era gritarle como un esposo ofendido.

-¡No seas estúpido! -gruñó Yunho- Eso no es posible y tú lo  sabes.

-No grites, vas a despertar a los niños.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Yunho se puso en pie y dejó el vaso sobre la repisa de la chimenea con un sonoro golpe y derramando el líquido sobre el mármol de la repisa.

 

Yunho miró a Jaejoong con furia, pero no pudo sostener por mucho tiempo su   mirada. Agachó la cabeza apesadumbrado y se metió las manos en los bolsillos.

-Mira... -dijo al cabo de unos instantes, tratando de recobrar la calma- No era lo que tú crees, lo que esa zorra te ha hecho creer. Sucedió sólo... por casualidad... y se acabó casi antes de empezar -dijo haciendo un seco ademán.

«Pobre HyungJoong», pensó Jaejoong, «guillotinado de un  plumazo».

-Tenía mucha presión en el trabajo. La compra de TVXQ’S ha sido  muy arriesgada y amenazaba todo lo que he conseguido -prosiguió Yunho, y tomó el vaso de whisky y dio un largo trago- He tenido que trabajar día y noche. Tú has tenido que ocuparte de Leo y he pasado más tiempo con él que contigo. Luego, los mellizos tuvieron sarampión y no quisiste que contratáramos a una enfermera. Estabas  agotado, casi enfermo, y yo estaba preocupado por ti, por los mellizos, por Leo, que no dormía más de media hora seguida, y con más dificultades que nunca en la empresa. Creí que lo mejor para ti era que no te preocupara contándote mis problemas en la oficina...

Yunho hablaba de los meses anteriores. Un periodo en que Jaejoong pensó que todo lo que podía ir mal había ido mal. Pero no se le había ocurrido añadir a su lista de problemas que su marido lo engañaba con otro doncel.

-Jaejoong... -dijo Yunho con voz grave- no era mi intención. Ni siquiera  quería hacerlo. Pero él estaba allí cuando yo necesitaba a alguien, y tú no estabas, y yo...

-¡Cállate! -exclamó Jaejoong.

Le dieron náuseas y tuvo que llevarse la mano a la boca para no. vomitar sobre su preciosa y carísima alfombra. Se levantó, Yunho hizo intención de ayudarlo y él le dirigió una mirada hostil. Fue dando tumbos hasta el mueble bar y, con manos temblorosas, se sirvió whisky. Era una bebida que detestaba, pero, en aquellos momentos, sentía la angustiosa necesidad de beber algo  fuerte.

Yunho seguía de pie. Lo miró con desconsuelo al veda beberse el whisky de un  trago y cerrar los ojos echando la cabeza hacia atrás.

Jaejoong trataba de mantener la calma, pero la tormenta se había desencadenado. Su cuerpo fue sacudido por un mar de emociones violentas. Le palpitaba el corazón y trató de respirar profundamente, pero tenía la sensación de tener los pulmones encharcados. Tenía paralizados los músculos del estómago, su cerebro, al contrario, estaba sumido en un torbellino de angustia y  dolor.

-¡Se ha acabado, Jaejoong! -dijo Yunho con una voz grave que él nunca le había oído-. ¡Por Dios, Jaejoong, se ha acabado!

-¿Cuándo se acabó? -le preguntó mirándolo a los ojos- ¿Cuando te permitiste el lujo de volver a hacer el amor conmigo? Pobre HyungJoong.

El whisky comenzaba a hacer el efecto deseado. 

-¿Me pregunto a quién de los   dos tomas por imbécil? -Yunho sacudió la cabeza negándose a aceptar la lucha.

-Simplemente, ocurrió -dijo tristemente, pasándose la mano por el pelo-. Ojala     no lo hubiera hecho, pero no puedo echar marcha atrás, aunque sea lo que más deseo. Por si te sirve de algo, te diré que me avergüenzo de mi mismo. Pero, y te lo juro por Dios, te doy mi palabra de que no volverá a suceder de  nuevo.

-Hasta la próxima vez -dijo Jaejoong y fue a salir de la habitación antes de que los sentimientos  sombríos que se agolpaban en su interior estallaran con amargura.

-¡No!-exclamó Yunho, agarrándolo del brazo y atrayéndolo hacia sí- ¡Tenemos que arreglarlo! Por favor, sé que te he hecho daño pero necesitamos...

-¿Cuántas veces? -le espetó Jaejoong, perdiendo el control- ¿Cuántas veces has venido oliendo a su perfume? ¿Cuántas veces me has hecho el amor por obligación después de haberte acostado con él?

-¡No, no, no! -dijo agarrándolo por ambos brazos mientras él trataba de liberarse- ¡No, Jaejoong! ¡Nunca! ¡No he dejado que llegara tan  lejos!

Se puso pálido ante la mueca de incredulidad de Jaejoong.

-¡Te quiero, Jaejoong! -dijo con voz grave- ¡Te  quiero!

Por alguna razón, aquella declaración desesperada lo enervó y, llevado por la violencia, le dio una bofetada.

Yunho se quedó de piedra. Jaejoong se apartó de  él.

Nadie que lo conociera lo habría creído capaz de sentir tanto odio  como revelaban sus ojos. Yunho estaba atónito, tratando de digerir el horror que contenía aquella mirada.

Sin decir nada más, Jaejoong dio media vuelta y salió de la habitación. Se detuvo en la puerta de la habitación que compartía con Yunho y luego, se dirigió a la habitación de Leo.

El niño ni se movió cuando entró. Jaejoong se acercó se inclinó sobre la cuna y se quedó mirando a su hijo preguntándose si el intolerable dolor que sentía en su interior lo haría enfermar.

Luego, el dique que contenía sus emociones se rompió y con un sollozo cayó sobre la cama que sería de Leo cuando creciera. Se arropó con la manta y ahogó su llanto en la almohada, para que nadie lo oyera.


La mañana comenzó con el gorjeo de Leo, que, completamente despierto, pataleaba alegremente en su cuna. Jaejoong tardó unos instantes en darse cuenta de por qué estaba durmiendo en aquella habitación.

Sintió que algo se rompía en su interior al recordar la noche anterior, pero, a los pocos instantes, experimentó una gran calma, se sentía vacío, hueco.

Se levantó y frunció el ceño al darse cuenta de que llevaba la misma ropa del día anterior. Se llevó la mano a la cabeza. Tenía aún el pelo recogido con una goma. Se la quitó y sacudió la melena. Tenía un aspecto desastroso y se sentía muy mal. Ni siquiera se había molestado en quitarse las zapatillas de deporte para dormir. Se sentó en la cama y se las quitó. En aquel momento, el niño se dio cuenta de su presencia y dio un gritito de alegría.

Jaejoong se inclinó sobre la cuna. La sonrisa de su hijo fue como un bálsamo para su triste corazón. Por unos instantes, se sumergió en la alegría que suponía disfrutar de su hijo. Le dio unos golpecitos en el vientre y murmuró las cosas que las madres suelen decirles a sus hijos, y que sólo ellas y sus hijos  entienden.

Aquello le pertenecía, se dijo. No importaba qué cosas querría arrebatarle o concederle la vida, jamás podría quitarle el amor de sus hijos. «Esto», se dijo, «es sólo mío».

Leo estaba empapado. Jaejoong le quitó el pañal antes de sacarlo de la cuna. Leo siempre estaba alegre por las mañanas. No dejó de gorjear y moverse cuando lo llevó al baño, para limpiarlo y refrescarlo.

Lo sacó, lo envolvió en una toalla y volvió a su habitación para vestirlo. Normalmente, lo habría llevado a la cocina para darle el desayuno sin siquiera vestirlo y sin vestirse él. Normalmente, lo hacía cuando los niños se habían ido al colegio y su marido a trabajar, pero no podía despertar a los mellizos con aquel aspecto. Le preguntarían por qué tenía una pinta tan desastrosa sin el menor rubor.

Hizo acopio de valor y abrió la puerta de su habitación. Sabía que Yunho sólo estaría medio dormido. Entró sin hacer ruido y miró hacia la cama, sumido en la penumbra del amanecer.

No estaba allí. Oyó ruido en el baño y Yunho apareció al cabo de un instante. Llevaba una camisa blanca y pantalones grises. En cuanto lo  vio, se detuvo bruscamente.

Desde que lo conocía, Jaejoong nunca se había sentido tan vulnerable en su presencia. Era consciente de su desamparado aspecto: de sus ojos enrojecidos por el llanto, de la palidez de su semblante y de sus cabellos  enredados.

También estaba alerta ante él. Observaba lo alto que era, la fortaleza de su cuerpo. y sus músculos esbeltos. El ancho pecho, las caderas estrechas y las piernas largas y poderosas ...

Tragó saliva y levantó la vista. Cruzaron una mirada. Tampoco él tenía buen aspecto. Parecía cansado, como si no hubiera dormido mucho. Debía haber estado pensando, tratando de encontrar una solución, la salida a una situación imposible. Era  una de sus virtudes convertir los fracasos en éxitos. Era la causa principal de su prosperidad.

Acababa de afeitarse, su barbilla parecía limpia y suave .. Jaejoong absorbió el familiar aroma de su loción de afeitar y se dio cuenta de que sus sentidos respondían. La atracción sexual no conocía límites, reconoció amargamente. Incluso en aquellos instantes, sin dejar de odiarlo y despreciarlo, sabía que era el hombre al que había amado ciegamente durante muchos  años.

Se acercó a la cama, apoyó la rodilla en el colchón y dejó a  Leo sobre la colcha. Entonces, se dio cuenta de que Yunho no había dormido en aquella cama, la única evidencia de que la había utilizado era la huella de su cuerpo sobre el edredón de color melocotón.

Leo se puso a patalear, tratando de captar la atención de su padre, que, sin embargo, no apartaba los ojos de Jaejoong. El niño gritó con frustración y se puso colorado del esfuerzo de tratar de sentarse sobre la cama. Jaejoong sonrió al ver sus dificultades y le tendió una mano, que el niño usó para  equilibrarse.

Yunho se acercó al otro lado de la cama e inconscientemente, estiró el brazo para ayudar a Leo.

-¡Pa! -dijo el bebé triunfalmente, librándose de ambas manos  para prestar toda su atención a la colcha.

Jaejoong mantuvo la vista fija en su hijo, dándose cuenta de que Yunho no apartaba los ojos de él.

-Jaejoong, por favor, mírame -dijo Yunho con una súplica que conmovió las entrañas de Jaejoong.

-No -dijo él con un susurro, tratando de mantener la  calma.

Yunho profirió un suspiro. Levantó a su hijo, le dio un beso en la mejilla y lo volvió a dejar sobre la cama.

Jaejoong fue a levantarse, pero Yunho fue más rápido que él. Lo agarró por la cintura y tiró de él hasta que pudo estrecharlo entre sus  brazos.

A Jaejoong le dieron ganas de sumergirse en el calor que Yunho le ofrecía. Se puso tenso y tuvo que hacer esfuerzos por no  llorar.

-No llores -le dijo Yunho.

Era lo peor que podía haber dicho, porque, al ver el gesto de ternura de Yunho, Jaejoong comenzó a sollozar sobre su hombro. Yunho lo estrechó con fuerza y enterró la cabeza entre sus cabellos.

-Lo siento -dijo una y otra vez- Lo siento, lo siento, lo siento... 

Pero no era bastante. No podía ser bastante. Yunho había acabado con todo. El amor, la fe, la confianza, el respeto, todo se había desvanecido, y las disculpas no iban a devolvérselo.

-Estoy bien -murmuró Jaejoong, haciendo un esfuerzo monumental por recobrar la calma y apartarse de él.

Pero Yunho lo estrechó con fuerza.

-Sé que te he hecho mucho daño -dijo, tratando de contener sus  propias lágrimas. Jaejoong podía sentir la tensión de su pecho, el ritmo errático de su corazón- Pero no tomes ninguna decisión precipitada mientras... Lo tenemos todo  para ser felices si nos das otra oportunidad. No lo tires todo por la borda sólo porque he cometido un error estúpido. ¡No puedes tirarlo todo por la borda!

-No he sido yo quien lo he hecho -replicó Jaejoong. Aquella vez, Yunho dejó que se separara de él. Tenía una mirada triste y desolada. 

Jaejoong, buscando algo que ponerse, fue del armario a la cómoda y vuelta al armario, sin saber realmente lo que estaba eligiendo.

Había pasado muchos años comprendiendo sus ambiciones, teniendo una fe ciega en él. Muchos años aguardándole en casa, esperando sus caricias como un perro o un gato, como una mascota, mientras él alimentaba en casa sus necesidades básicas: comida, bebida y un paseo de vez en cuando, y él lo había aceptado con  alegría.

«¡Qué criatura más patética eres!»pp se  dijo.

Leo dejó escapar un chillido. Los dos dieron un respingo. El niño, aburrido de jugar solo, reclamaba su desayuno.

Jaejoong se quedó inmóvil en el centro de la habitación, con la ropa en las manos, preguntándose  qué hacer a continuación. Vestirse o atender a Leo. Era una elección muy sencilla, pero no parecía en condiciones de tomarla.

Fue Yunho quien finalmente levantó al niño. 

-Yo me ocupo de él. Vístete tranquilamente, todavía es temprano -dijo y se marchó por la puerta. Jaejoong suspiró, sintiendo que la tensión de la habitación se relajaba.

El desayuno fue horrible. Jaejoong veía una provocación en cada gesto. En Jiji porque comía demasiado, en Hiro porque se comió los cereales con muy poca leche, él llenó demasiado la cafetera y su café estaba demasiado amargo. Al final, se enfadó consigo mismo por reaccionar contra todo, frustrado por no saber lidiar con su propia desgracia. La emprendió con Hiro porque Se había dejado el ordenador encendido la noche anterior, con todos los juegos esparcidos sobre la alfombra. Cuando terminó de reñirlo, el pobre niño estaba pálido y rígido, Jiji sorprendida, Leo callado  y Yunho... Yunho simplemente estaba sombrío. El resto del desayuno transcurrió en silencio. Los niños se mostraron visiblemente aliviados cuando su padre los mandó a recoger sus cosas para irse al colegio.

-¡No tenías por qué tratar así a Hiro! -le espetó Yunho en cuanto Hiro y Jiji no podían oírlo- ¡Sabes muy bien que normalmente es muy ordenado! Vas a convertirlos en un manojo de nervios si no pones más cuidado. Son unos chicos estupendos y se comportan muy bien la mayor parte del tiempo. ¡No voy a  dejar que la tomes con ellos porque estés enfadado conmigo!

Jaejoong se dio la vuelta hecha una furia.

-¿Y desde cuándo estás aquí el tiempo suficiente para saber cómo se comportan? -le dijo, viendo con gran satisfacción que se ponía tieso como un clavo-  :Los ves durante el desayuno, ¡pero sólo cuando dejas de leer tu precioso Financial Times! ¡La mayoría del tiempo ni siquiera te acuerdas de que tienes tres hijos! Los quieres como quieres a esa pintura de Lowry que compraste, eso cuando piensas en ellos. ¡Así que no me digas cómo tengo que educar a mis hijos cuando como padre eres un completo inútil!

¿Qué le ocurría? Se preguntó dando un paso atrás mientras Yunho se ponía en pie y se acercaba a él. Me puedes acusar de muchas cosas, Jaejoong -dijo Yunho entre dientes- Y, probablemente, la mayoría de ellas me las merezco, ¡pero no me puedes acusar de no querer a nuestros hijos!

-¿De verdad? -le preguntó Jaejoong con sarcasmo- ¡En primer lugar, te diré que sólo te casaste conmigo porque estaba embarazada de los mellizos! ¡Incluso Leo fue un error al que te costó acostumbrarte!

Yunho dio un puñetazo sobre la mesa. Jaejoong parpadeó al verlo levantar la mesa, apartarla para levantarse y acercarse a él. La violencia casi se podía palpar. A Jaejoong se le secó la garganta al ver cómo Yunho se aproximaba a él con la intención, creía él, de estrangularlo.

En el último momento, cambió de opinión y lo agarró por los hombros. Jaejoong se dio cuenta de que estaba temblando.

-Es demasiado pequeño para comprender lo que estás diciendo -dijo con una voz ronca y señalando a Leo con la cabeza-, pero si los mellizos te oyen, si les das alguna razón para que piensen que no los quiero, te...

No terminó la frase. No hacía falta, Jaejoong sabía exactamente cómo   continuaba.

Yunho siguió mirándolo por unos instantes, luego lo soltó y salió de la cocina.

Tragó saliva y dio un profundo suspiro, y sólo entonces, se dio  cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Sólo por pura necesidad de consuelo, levantó a Leo y lo meció en sus brazos.

Se avergonzaba de sí mismo. Y también estaba furioso, porque,  al haberle gritado de aquella manera, le había dado el derecho a meterse con él, cuando, hasta ese momento, era él el que tenía todo el derecho a meterse con Yunho.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Infidelidad

Sipnosis

Jaejoong y Yunho tenían tres hijos y formaban un sólido matrimonio, o al menos eso era lo que Jaejoong pensaba. Pero su feliz existencia se hizo añicos cuando supo que Yunho tenía una aventura. Entonces se dio cuenta de que, a lo largo de los años, sus vidas se habían separado cada vez más. Quería salvar su matrimonio, pero tal vez fuera ya demasiado tarde, si Yunho había llevado su infidelidad hasta sus últimas consecuencias, ¿podría perdonarlo alguna vez?









CAPITULO 1

El teléfono empezó a sonar cuando Jaejoong, después de dejar a los mellizos acostados, bajaba las escaleras. Maldijo entre dientes, se colocó sobre la cadera al pequeño Leo y bajó apresuradamente los últimos escalones para descolgar el teléfono del recibidor. Se detuvo paralizado al verse reflejado en el espejo que había sobre la mesita del teléfono.

«¡Dios mío, estás hecho un desastre!», se dijo con desconsuelo.  El pelo, de un rubio pálido despeinado, estaba húmedo y le caía sobre la frente. Tenía las mejillas coloradas y la camisa azul claro mojada en varios sitios, allí donde sus tres hijos, a los que acababa de bañar, lo habían salpicado. Leo empeoraba el aspecto de su madre todavía más tirando de los botones de su camisa, esforzándose por descubrir su pecho. Si ya normalmente era un niño inquieto, en aquellos momentos estaba, además, cansado e impaciente.


-No -le dijo Jaejoong con dulzura pero con firmeza, quitándole la mano de la camisa- Espera.


Besó su cabecita y descolgó el teléfono, sin dejar de fruncir el ceño ante lo que veía en el espejo;


-¿Diga? -dijo distraídamente, sin darse cuenta de la pequeña pausa que hizo la otra persona antes de responder.


-¿Jaejoong? Soy Boa.


-¡Hola, Boa!


Jaejoong hizo un gesto de sorpresa y se relajó al escuchar a su amiga, y, al hacerlo, se dio cuenta de que, hasta ese momento, había estado muy tenso, lo que hizo que volviera a ponerse tenso de nuevo. Estaba perplejo, últimamente, se había sorprendido muy tenso demasiadas veces.


-¡Leo, por favor! ¡Espera!


El niño gruñó y él, en broma, le devolvió otro gruñido. En sus ojos azules se reflejaba todo el amor y la alegría que sentía por su hijo. Era el más exigente de sus hijos y el de peor carácter, pero lo quería tanto como a los gemelos. ¿Cómo no iba a quererlo si tenía los mismos ojos grises de su padre?


-¿Todavía no has acostado a esos mocosos? -dijo Boa con un suspiro.


No se molestaba en ocultar que, para ella, los niños eran un incordio. Aunque era el modelo de mujer triunfadora, no tenía tiempo para los niños. Era alta y pelirroja, y su vida transcurría en un nivel muy diferente al de Jaejoong. Boa era la sofisticada mujer de mundo, mientras que Jaejoong era el abnegado amo de casa y madre de familia.

Pero era la mejor amiga de Jaejoong. En realidad, era la única amiga que Jaejoong  había conservado desde los tiempos del instituto. La única que vivía en Seúl, como Yunho y él. Los demás, por lo que él sabía, seguían viviendo en  Incheon.


-Dos ya están en la cama y uno está a punto -dijo Jaejoong- Leo tiene hambre y está impaciente.


-¿Y Yunho? ¿Todavía no ha llegado?


Jaejoong detectó el tono de desaprobación de su amiga y sonrió. A Boa no le gustaba Yunho. Saltaban chispas entre ellos cada vez que se veían.


-No -respondió Jaejoong, y añadió con cierta tristeza-: así que puedes meterte con él cuanto quieras, que no te va a oír.


En realidad, era una vieja broma entre los dos.


Jaejoong nunca se había molestado porque Boa le manifestara su opinión acerca de Yunho. Siempre había permitido que le dijera a él lo que no se atrevía a decirle a Yunho a la cara. Pero, aquella vez, un extraño silencio siguió su  comentario.


-¿Ocurre algo? -le preguntó a Boa.


-Maldita sea -dijo Boa entre dientes- Sí, la verdad es que sí. Escúchame, Jaejoong. No me siento muy mal por hacer esto, pero tienes derecho a...


Justo en aquel momento, un diablillo en pijama apareció en lo alto de la escalera y la bajó a toda velocidad, convertido en piloto de caza y disparando la ametralladora de su avión.


-Necesitamos agua -informó el piloto a su madre, desapareciendo por el pasillo en dirección a la cocina. 


-Mira... -dijo Boa con impaciencia-, ya veo que estás ocupado. Te llamo después... o mañana. Yo...


-¡No! -intervino Jaejoong de repente- ¡No cuelgues! 


Estaba distraído, pero no tanto como para no darse cuenta de que lo que quería decirle era importante.


-Espera un momento que voy a ocuparme de estos mocitos. Dejó el auricular sobre la mesa y fue a buscar a su hijo mayor.


Jaejoong no era alto, pero era esbelto y tenía una bonita figura. Sorprendentemente bonita, teniendo en cuenta que había dado a luz a tres niños. Sin embargo, no era del todo extraño porque, siempre que encontraba tiempo, acudía al gimnasio local, donde nadaba, hacía aerobic y jugaba al  badmington,


-¡Te pillé con las manos en la masa! -dijo sorprendiendo a su hijo con la mano en la lata de las galletas. Lo miró con severidad y el niño se puso colorado- Está bien, pero llévale una a Jiji. Y no quiero ver ni una miga en la cama -dijo viéndolo salir corriendo, con una sonrisa triunfal, por si su madre cambiaba de  opinión.


-¡A que estás casado con un sinvergüenza! -exclamó Boa- ¡Maldita sea, Jaejoong, te está tomando el pelo! ¡No está trabajando, está saliendo con otro doncel!


Aquellas palabras golpearon a Jaejoong como un látigo.


-¿Qué? ¿Esta noche? -se oyó decir, sintiéndose como un estúpido.


-No, no esta noche en particular -respondió Boa con pesar- Algunas noches, no sé si muchas o pocas. Lo único que sé es que tiene una aventura. ¡Y todo Seúl lo sabe menos tú!


Se hizo el silencio. A Jaejoong se le heló el aire en los pulmones, fue como si le clavaran alfileres en el pecho.


-Perdóname, Jaejoong... -dijo Boa con voz grave, tratando de hablar con suavidad- No creas que me gusta esto, no importa que...


Boa iba a decir qué poco le gustaba Yunho y cuánto le gustaría verlo caer, pero se contuvo. No era ningún secreto que no se gustaban mutuamente, y que sólo se soportaban por Jaejoong.


- Y no creas que te digo esto sin estar segura -añadió- Los han visto en varios lugares. En algún restaurante... ya sabes, demasiado intimidad para que se tratara de una reunión de negocios. Pero lo peor es que los he visto con mis propios ojos. Mi último novio vive en el mismo bloque que HyungJoong, los he visto salir y entrar muchas veces...


Jaejoong había dejado de escuchar. No dejaba de recordar ciertas cosas, indicios que convertían lo que Boa decía en algo demasiado probable para que pudiera tomárselo como si fuera una simple habladuría. Detalles en los que debía haber reparado hacía semanas. Pero había estado demasiado ocupado, demasiado absorto en sus propios asuntos para darse cuenta. Nunca había  desconfiado del hombre cuyo amor por él y por sus hijos no había puesto en duda jamás.

En aquellos momentos, se daba cuenta de muchas cosas. El frecuente mal humor de Yunho, su irritación con él y con los niños, las numerosas veces que se había quedado en su estudio en lugar de subir a acostarse con él.

Se estremeció de la cabeza a los pies. Cerró los ojos y recordó que, otras veces anteriores, Yunho había querido hacer el amor y él le había respondido que estaba demasiado cansado.

Pero él creía que habían solucionado aquel problema. Pensaba que, desde hacía un par de semanas, desde que Leo dormía sin despertarse en toda la noche y él estaba más descansado, todo había vuelto a la normalidad.

Sólo habían pasado unas noches desde que hicieran el amor con tanta ternura que Yunho se había estremecido entre sus brazos al despertar. ¡Dios...!


-Jaejoong...


¡No! ¡Ya no podía seguir escuchando a su amiga!


-Tengo que colgar -dijo con voz grave-, tengo que dar de comer a Leo.


En aquel momento, recordó algo mucho más doloroso que el mal humor de Yunho. Recordó el delicado aroma de un caro perfume que una mañana descubrió en una de las camisas de su marido al recogerla para echarla a la lavadora. Estaba impregnado en el algodón de la camisa. En el cuello, en los hombros, en la pechera. El mismo delicado aroma que Jaejoong había detectado sin reconocerlo desde hacía algunas noches, cada vez que su marido volvía a casa tarde y lo saludaba con un beso. En su mejilla, en el cuello, en el pelo... ¡Qué estúpido había sido!


-No, Jaejoong, por favor, espera...


Colgó bruscamente y el auricular se le cayó de las manos, golpeó sonoramente sobre sus piernas y sobre el suelo y quedó a los pies de la escalera. Imaginaba a Yunho. Lo imaginaba con otro doncel, teniendo una aventura, haciendo el amor, ahogándose en suspiros...

Le dieron náuseas y se cubrió la boca con una mano, apretando el puño contra sus fríos y temblorosos labios.

El teléfono sonó otra vez. Un llanto cansado que provenía de la cocina se mezcló con el sonido del teléfono. Se puso de pie. Poseído de una extraña calma, levantó el auricular y lo volvió a colgar. Luego, con la misma calma, que no era más que una manifestación del profundo choque que acababa de sufrir, lo agarró,  lo dejó descolgado y se dirigió a la cocina.

Nada más terminar su cena, Leo se durmió. Se tumbó boca abajo, hecho un ovillo, abrazado a un osito de peluche. Jaejoong se quedó mirándolo un buen rato, aunque sin verlo realmente, sin ver nada en absoluto.

Se le había quedado la mente en blanco.

Echó un vistazo a las habitaciones de los mellizos.

Hiro estaba dormido, con las sábanas arrugadas a los pies de la cama, como siempre, y los brazos cruzados sobre la almohada. Se acercó, le dio un beso y lo tapó.  De sus hijos, Hiro era el que más se parecía a su padre, moreno y con una barbilla prominente, señal de su carácter decidido, como el de su padre. Era alto y fuerte,  igual que Yunho a la misma edad, tal y como había visto fotos del álbum de su suegra.

Luego, fue a ver a su hija. Jiji era muy diferente a su hermano mellizo. Al entrar por la mañana en su habitación, se la encontraba siempre en la misma posición en que se había dormido. Jiji tenía el pelo sedoso y rubio, esparcido sobre la almohada. Era el ojito derecho de Yunho, que no ocultaba su adoración por su princesa de ojos azules. Y la pequeña lo sabía y explotaba la situación al  máximo.

¿Cómo podía Yunho hacer algo que le pudiera doler a su hija? ¿Cómo podía hacer algo que pudiera rebajarlo a ojos de su hijo mayor? ¿Podía ponerlo todo en peligro sólo por el sexo?

¿Sexo? Le dieron escalofríos. Tal vez era algo más que sexo, tal vez era amor, un amor verdadero. La clase de amor por la que un hombre lo traiciona todo.

Pero, tal vez, fuera todo mentira. Una mentira sucia y estúpida, y estaba cometiendo con él la mayor de las indignidades con tan sólo suponerlo capaz de algo así.

Pero recordó el perfume, y las muchas noches que había pasado fuera, echandole las culpas al contrato de TVXQ’S. ¡Maldito contrato!

Se tambaleó y salió de la habitación de Jiji para dirigirse a su cuarto, donde, la semana anterior, se habían encontrado de nuevo y habían hecho el amor de una manera muy tierna por primera vez en muchos meses.

La semana anterior. ¿Qué había pasado la semana anterior para que Yunho volviera a él de nuevo? Que Jaejoong había hecho un esfuerzo, eso es lo que había ocurrido. Él había estado muy preocupado por cómo iba su matrimonio y había hecho un esfuerzo. Había dejado a los niños con su madre y había cocinado el plato favorito de Yunho. Se había puesto un traje de seda negro y habían cenado con velas. Sin embargo, recordó la tensión del rostro de Yunho al estar desnudos en la  cama, una tensión que él achacaba a menudo al estrés, y sintió un escalofrío.

Cerró la puerta y se dirigió al cuarto de estar. Se daba cuenta de muchas cosas, cosas que en su estúpida ceguera no había visto hasta  entonces.

La fuerza con que lo había agarrado por los hombros, en un intento desesperado, pero evidente de guardar distancias. La triste mirada de sus ojos grises mientras observaba su boca. El suspiro con que había recibido su confesión: «Te quiero, Yunho»,  le había dicho, «siento mucho que haya sido muy difícil vivir conmigo».

Yunho había cerrado los ojos y. tragado saliva, frunciendo los labios y apretando los puños sobre sus hombros hasta que él sintió dolor. Luego, lo había estrechado entre sus brazos y había hundido el rostro en su cuello, pero no había  dicho una palabra, ni una sola palabra; Ni una disculpa, ni una declaración de amor, nada.

Pero habían hecho el amor con mucha ternura, recordaba con un dolor que  recorría todo su ser. Fuera cual fuese su relación con el otro doncel, todavía lo deseaba con pasión, con una pasión que no podría sentir por ningún otro  hombre.

¿O tal vez sí? ¿Qué sabía él de los hombres? Había conocido a Yunho con diecisiete años. Había sido su primer amante, su único amante. Él no sabía nada de  los hombres.

Y, por lo visto, nada de su marido.

Vio su rostro reflejado en el espejo que había sobre la chimenea de mármol y lo miró fijamente. Estaba pálido y tenía un rictus de tensión en los labios, pero, por lo demás, su aspecto era el normal. Ni sangre ni cicatrices. El mismo Jaejoong Jung de siempre. Veinticuatro años, madre y esposo, por ese orden. Sonrió amargamente. Aquella era una verdad a la que nunca se había atrevido a  enfrentarse.

«Lo querías», se dijo, «y lo conseguiste, en el corto espacio de seis meses. No  está mal para un ingenuo muchacho de diecisiete años». Pero Yunho tenía veinticuatro años, pensó con cinismo, y la suficiente experiencia como para dejarse atrapar por el truco más viejo del mundo.

Pero, entonces, el cinismo lo abandonó. No había sido ningún truco, no  tenía derecho a denigrarse a sí mismo llamando truco a algo que en absoluto lo fue. Tenía diecisiete años cuando conoció a Yunho, y era muy inocente. Era la primera vez que iba a una discoteca, acompañado de un grupo de amigos que se rieron de su miedo a que les preguntaran la edad y no les dejaran pasar.

-¡Oh, vamos! -le dijeron- Si te preguntan cuántos años tienes, miénteles, como hacemos nosotros.

Fue consciente de la presencia de Yunho desde el momento de entrar. Era fuerte, delgado y moreno, y muy atractivo, tanto como una estrella de cine. Sus amigos también advirtieron su presencia, y se rieron tontamente al comprobar que no ocultaba su interés por ellos. Pero, en realidad, era a Jaejoong a quien estaba mirando. Jaejoong, con su pelo largo, rubio y ondulado, que le caía hasta los hombros y enmarcaba  su preciosa cara.

Su amigo lo había maquillado y le había prestado uno de sus minishorts ajustados y un pequeño top que dejaba al descubierto su ombligo cada vez que giraba al ritmo de la música. Si sus padres lo hubieran visto así vestido, se habrían muerto del susto. Pero estaba pasando el fin de semana en casa su amigo, mientras sus padres  se habían ido a visitar a unos parientes, así que no podían ver cómo su único hijo pasaba el tiempo mientras ellos estaban fuera.

Y fue a Jaejoong a quien Yunho se acercó cuando pusieron una canción lenta. Le dio un toquecito en el hombro para que se volviera y sonrió, con gracia y confianza en sí mismo. Consciente de la envidia de los otros chicos, dejó que lo tomara entre sus  brazos sin una palabra de protesta. Jaejoong todavía podía recordar aquel hormigueo al sentir su tacto, su proximidad, su suave pero firme masculinidad.

Bailaron durante mucho rato antes de que él hablara. 

-¿Cómo te  llamas?

-Jaejoong -le respondió él con timidez- Jaejoong  Kim.

-Hola, Jaejoong Kim -dijo Yunho con un murmullo-. Yunho Jung.

Cuando estaba absorbiendo todavía las dulces resonancias de su voz suavemente modulada, Yunho le puso la mano bajo el top y él se estremeció al sentir su tacto  sobre la piel desnuda de la espalda, Yunho lo atrajo hacia sí, pero no hizo ningún Intento de besarlo, tampoco le dijo que saliera del local con él y dejara a sus amigos. Tan sólo le pidió el número de teléfono y prometió llamarlo muy pronto. Jaejoong pasó la semana siguiente pegado al teléfono, esperando con impaciencia su llamada.

En su primera cita, lo llevó en coche. Un Ford rojo. 

-Es el coche de la empresa -le dijo con una sonrisa que no llegó a comprender bien.

Amablemente, pero con una intensidad que le hacía contener el aliento, Yunho le dio confianza para que le hablara de sí mismo. De su familia, de sus amigos, de sus gustos. De su ambición de estudiar Arte para dedicarse a la publicidad. Al decirle aquello, Yunho frunció el ceño y le preguntó su edad. Incapaz de mentir, Jaejoong se sonrojó y le dijo la verdad. Yunho frunció el ceño todavía más y él se mordió el labio porque sabía que lo había echado todo a perder. Yunho lo llevó de vuelta a casa y se despidió con un escueto «Buenas noches». Jaejoong se quedó  destrozado. Durante muchos días, apenas comió y no pudo dormir. Estaba a punto de tener un problema serio de salud cuando Yunho lo llamó una semana más tarde.

Lo invitó al cine. Jaejoong se sentó a su lado en la oscuridad y no dejó de mirar la pantalla, pero no vio nada, sólo podía concentrar su atención en la proximidad de Yunho, en el sutil aroma de su colonia, en su rodilla a unos centímetros de la suya, en el tacto de sus hombros, que se rozaban. Con la boca reseca, tenso y con temor a hacer cualquier movimiento por no echarIo todo a perder una segunda vez, no pudo evitar un gritito cuando él le agarró la mano. Con expresión seria entrelazó sus  dedos.

-Tranquilo -murmuró-. No voy a  morderte.

El problema era que él estaba deseando que lo mordiera. Incluso entonces, ingenuo como era, sin saber cómo debía comportarse con un hombre, lo deseaba con una desesperación que debía ser patente en su rostro. Yunho murmuró algo y apretó su mano entre la suya mientras volvía a concentrarse en la película. Aquella noche lo besó con tal deseo que Jaejoong sintió cierto temor antes de que lo dejara  marchar.

En su siguiente salida, lo llevó a un restaurante muy tranquilo  y no dejó de mirarlo durante la cena, mientras le contaba cosas acerca de sí mismo. Acerca de su trabajo como vendedor en una gran empresa de ordenadores que le obligaba a viajar por todo el país. Acerca de su ambición de tener su propia empresa, de cómo ahorraba todas sus comisiones para poder hacerlo algún día. Hablaba con tal calma y suavidad que Jaejoong tenía que inclinarse hacia delante para no perderse palabra de lo que decía. No dejaba de mirarlo, no para observarlo, sino para absorberlo. Cuando lo llevó a casa, Jaejoong estaba en peligro de explotar por la tensión sexual acumulada. Sin embargo, se limitaron a darse un beso. Lo mismo sucedió otra media docena de veces, hasta que un día, inevitablemente, en vez de llevarlo al cine lo llevó a su apartamento.

Después de aquel día, apenas iban a otros lugares.

Estar solos y hacer el amor se convirtió en lo más importante de sus vidas. Yunho se convirtió en lo más importante, por encima de sus notas, de sus ambiciones, de la opinión de sus padres, que no paraban de manifestarle su desaprobación sin menoscabar lo que sentía hacia Yunho.

Tres meses más tarde, y  después de que Yunho estuviera fuera dos semanas, él le estaba esperando en el  apartamento.

-¿Qué haces aquí? -le preguntó Yunho.

Sólo en el momento de recordarlo, siete años más tarde, se daba cuenta de que no le había gustado encontrarlo allí. Tenía el rostro serio y cansado, igual, pensaba Jaejoong sentado en el cuarto de estar de su casa, que en los últimos  meses.

- Tenía que verte -le dijo, agarrándolo de la mano y arrastrándolo al interior del apartamento. Inevitablemente, hicieron el amor, luego él hizo café y lo bebieron en silencio. Yunho, que sólo llevaba un albornoz, se sentó en su viejo sillón de orejas y él se hizo un ovillo a sus pies, y se abrazó a sus  rodillas.

Entonces, le dijo que estaba embarazado. Yunho no se movió ni dijo nada y él no lo miró. Yunho le acarició el pelo y él apoyó la cabeza en la  pierna.

Al cabo de unos momentos, Yunho dio un largo y profundo suspiro. Agarró a Jaejoong y lo sentó en su regazo. Él encogió las piernas, como un niño, como Jiji cuando se sentaba en brazos de su padre para buscar  consuelo.

-¿Estás seguro?

-Completamente -dijo Jaejoong, asiéndose a él, asiéndose al eje sobre el que giraba su vida- Me sentía un poco mal y compré una de esas pruebas que venden en la farmacia. Ha dado positiva. ¿Crees que puede ser incorrecta? ¿Voy al médico antes de que decidamos algo?

-No  -dijo  Yunho-.  Así que estás  embarazado. Me pregunto  cómo ha ocurrido -añadió pensativamente.

Jaejoong se rió nerviosamente.

-Es culpa tuya -le dijo- Eres tú el que tiene que tomar  precauciones.

-Y eso he hecho -replicó él- Bueno, al menos tenemos tiempo de casarnos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo  hacemos.

Y aquello fue todo. La decisión estaba tomada. Yunho se ocupó de todo, evitando que él sufriera cualquier pregunta indiscreta, cualquier inconveniente, ayudándolo a soportar la decepción que suponía para sus padres.

Una vez más, fue siete años más tarde, cuando se dio cuenta del verdadero significado de sus palabras: «Al menos tenemos tiempo de casamos antes de que toda la ciudad se entere de por qué lo hacemos». Y, por primera vez, pensó que, tal vez, en otras circunstancias, Yunho no se habría casado.

Él lo había atrapado. Con su juventud, su inocencia, con su confianza infantil y su ciega adoración. Yunho se había casado con él porque creía que era lo que tenía que hacer. El amor no tenía nada que ver con el  asunto.

El sonido de una llave en la puerta principal lo devolvió al presente. Se dio la vuelta. Sentía una extraña calma, un extraño alivio. Miró al reloj de pared. Eran las ocho y media. Yunho no iba a volver a casa hasta varias horas después. Tenía una cena  de negocios, le había dicho. Qué burda le pareció aquella excusa, se dijo sonriendo amargamente y acercándose a la puerta del cuarto de estar.

Yunho le daba la espalda. Jaejoong se dio cuenta de la tensión de los músculos del cuello y de la rigidez de su espalda bajo la tela de su abrigo  negro.

Se dio la vuelta lentamente y sonrió. Jaejoong observó su rostro cansado, pálido. Yunho miró al teléfono descolgado. Se acercó, dejó la cartera de cuero en el suelo, y levantó el auricular. La mano le temblaba ligeramente al dejarlo en su  lugar.

Boa debía haberIo llamado. Debía haber sentido pánico al ver que él se negaba a contestar al teléfono y lo había llamado para decirle lo que había hecho. Le habría gustado oír aquella conversación, pensaba Jaejoong. La acusación, la defensa, la confesión y el veredicto.

Yunho lo miró, y él dejó que lo observara durante unos instantes. Luego, sin  decir nada, se dio la vuelta y volvió al cuarto de estar.

Era culpable. Lo llevaba escrito en su aspecto. Culpable sin atenuantes.

Gracias a todos

Tanto en Wattpad como en Amor Yaoi me han borrado la cuenta.
En Wattpad me eliminan el contenido y por eso he dejado de publicar, sin embargo hace poco leí el mensaje de alguien que me preguntaba si tenía un blog para seguirme y me pareció que era una buena idea!
He aquí el blog con las historias Yaoi que tanto gustan!!!!!
Pasen y lean conejitos ;3